Tuesday, April 29, 2008

FOTOS DE OTRO TRAIDOR


Igual que hemos subido a esta pagina su libro, como los de Salas, para que nadie mas lo compre y no gane mas dinero a nuestra costa, y también igual que os pusimos fotos de la verdadera cara de Antonio Salas http://antonio-salas.blogspot.com/2006/09/le-quitamos-la-mascara-antonio-salas.html de la de su amigo el policia David Madrid http://antonio-salas.blogspot.com/2006/07/identificamos-al-infiltrado-david.html o de otros amigos suyos como Juan Cantarero http://antonio-salas.blogspot.com/2007/01/juan-cantarero-otro-antonio-salas-de.html o Jose Mata http://antonio-salas.blogspot.com/2007/03/otro-traidor-amigo-de-antonio-salas.html todos ellos igual de traidores a sus camaradas de Valencia, os pasamos ahora gracias a los camaradas valencianos, mas fotos de este traidor que ahora esta profugo de la policia gracias a la ayuda que le presto Gabriel Lopez para que se fugase de la carcel http://antonio-salas.blogspot.com/2006/11/juanma-crespo-en-busca-y-captura-por.html


Quedaros con su careto


Monday, April 21, 2008

INDICE "MEMORIAS DE UN ULTRA" ¡¡GRATIS, NO LO COMPRES!!!

Agradecimientos

Prologo de Antonio Salas (Gabriel López)
http://antonio-salas.blogspot.com/2007/11/agradecimientos-y-prologo-de-gabriel.html

CAPITULO 1
http://antonio-salas.blogspot.com/2007/12/capitulo-1-son-un-ligero-chasquido-casi.html

CAPITULO 2
http://antonio-salas.blogspot.com/2007/12/capitulo-2-inici-con-paso-presuroso-mi.html

CAPITULO 3
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/01/capitulo-3-t-idiota-ya-me-ests-dando-la.html

CAPITULO 4
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/01/capitulo-4-la-noticia-nos-lleg-de.html

CAPITULO 5
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/01/capitulo-5-aquella-tarde-de-1983-que-me.html

CAPITULO 6
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/02/capitulo-6-fines-de-los-ochenta-el.html

CAPITULO 7
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/02/capitulo-7-un-viejo-dicho-espaol-dice-y.html

CAPITULO 8
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/03/capitulo-8-paralelamente-al-discurrir.html

CAPITULO 9
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/03/capitulo-9-la-noche-en-que-vaciamos-la.html

CAPITULO 10
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/02/capitulo-10-por-qu-me-encuentro-ahora.html

EPILOGO
http://antonio-salas.blogspot.com/2008/03/epilogo-si-tienes-este-libro-en-tus.html

Wednesday, April 02, 2008

EPILOGO

Si tienes este libro en tus manos, significa que yo estaba equivocado.
Significa que, a pesar de los controles de los funcionarios y de los responsables de prisiones, he encontrado la manera de escribirlo dentro de prisión y que he podido sacarlo de estas paredes para hacérselo llegar a la editorial. Y significa también que tanto Antonio Salas como Temas de Hoy tienen más valor del que yo pensaba.
Sé que, posiblemente, se vertirán descalificaciones personales hacia mí. Los cobardes siempre aprovechan las desventajas del contrario para arremeter, pero no me importa... si lo referido pica a alguien, ¡que se rasque!
Con este escrito aspiro a dos cosas: mostrar la parte negativa de los movimientos radicales, sean del signo que sean, para que nadie perpetre los errores que yo consumé; y que el artículo 14 de la Constitución Española, en el cual se afirma que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, sea una realidad y no papel mojado. Quisiera, ante todo, que mis denuncias y vivencias no cayeran en saco roto.
Doy mi palabra de honor, ¡y lo tengo!, de que todos y cada uno de los sucesos descritos son tristemente reales.
Es cierto lo de la conspiración para asesinar a Albert Boadella cuando la representación del Teledeum; la implicación de sectores ultraderechistas españoles en el atentado a la estación de ferrocarriles de Bolonia; la sombría historia negra de José Luis Roberto; la oferta de traficar con cocaína realizada por Enrique Tomás Segarra, así como la implicación del grupo de la comisaría de Abastos en este asunto. También es verdad el pasotismo que mostraron determinados fiscales en investigar lo aquí expuesto y la tremenda persecución que, tanto mi familia como yo, hemos pasado y estamos soportando.
Quizá haya cometido algún error cronológico o de fechas en la exposición de ciertas situaciones vividas mientras militaba en las diversas organizaciones ultras. Pido al lector que entienda la falta de medios, así como la imposibilidad de recurrir a hemerotecas. Pero, salvando esos detalles, todo lo expuesto es rigurosamente verídico, como lo son las conversaciones con etarras, el comandante Cortina, Pilar Primo de Rivera, García Juliá, Ynestrillas, Eduardo Arias y José Luis Roberto, entre otros. Evidentemente, no son diálogos literales, pero garantizo que muy poco se va de lo contado por sus protagonistas y que todas las afirmaciones expuestas fueron realizadas en los mismos términos, salvaguardando fielmente el contenido original.
Continúo en la cárcel. Con la ley en la mano, hace mucho tiempo que debería estar en régimen abierto y disfrutando de permisos de salida, pero no es así. A mi condena inicial de tres años y diez meses por los inexistentes delitos narrados, se sumó un año por no poder satisfacer el importe de la multa impuesta en el mismo procedimiento y otro año por haber empleado ochocientas mil pesetas de las facturas de un cliente en abonar parte de los salarios que la empresa Ombuds adeudaba a los trabajadores. Ésa es la verdad y quien quiera comprobarlo cuenta con mi total apoyo. Ahora llevo tres años y medio preso. Aun con esta pena debería estar en la calle, pero <> impide por todos los medios mi salida. Sin embargo, no han podido impedir que mi voz se filtre entre los barrotes y llegue a todos a través de estas páginas.
Sé que algunas de mis afirmaciones son graves e incluso pueden sentirse ofendidos determinados colectivos, créanme que no es esa mi intención. He vivido muchísimos años inmerso en el mundo de la seguridad privada y conozco a multitud de policías, también a algunos jueces y fiscales. No dudo para nada de la importancia del trabajo que desempeñan, ni de la profesionalidad de la mayoría de los componentes de estos colectivos; pero en todas partes existen manzanas podridas que perjudican la imagen de los gremios a los que pertenecen y, por el bien de todos, merecen, por lo menos, ser apartados de sus puestos.
Por fortuna, la prisión no ha anulado mis sentimientos. Continúo emocionándome cuando observo por televisión los bellos paisajes naturales ibéricos o al contemplar un gorrión parado sobre el alféizar de mi enrejada ventana y, evidentemente, sigo lamentando intensamente cada vez que algún agente de la ley muere asesinado por los disparos de delincuentes o terroristas...
¡Y hablando de terroristas! Supongo que debe haber quedado claro la vida tan intensa que he llevado. Igualmente, con seguridad algún lector pensará que justifico, aunque sea levemente, a determinados grupos o comportamientos fanáticos. Se equivocan. Soy español, patriota y falangista, y precisamente por eso ya jamás volveré a entender que se utilice la violencia contra NINGÚN ser humano. La muerte de una sola persona debería ser considerada penalmente un crimen contra la humanidad. Simplemente, me he limitado a exponer, lo más imparcialmente posible, aspectos y conversaciones que he creído interesantes.
Al finalizar la redacción de estas páginas solicité a una docena de compañeros su opinión personal y elegí a aquellos con afición a la lectura. El elenco de mi <> lo formaban: dos etarras, un grapo, un militante del grupo nazi Armagedón y el resto, gente más normalita, socialistas y peperos a partes iguales. ¡Vamos, nada que ver con una representación tipo! Esto dio lugar a alguna situación curiosa, como por ejemplo un miembro de ETA que se mosqueó por la imagen que transmito sobre Idoia López Riaño y afirmó que, para él y otros muchos compañeros, se trataba de una chica muy simpática, abierta y excelente luchadora. También me dijo que especificara que el sobrenombre de la Tigresa no les gusta en absoluto a los miembros de la organización terrorista vasca, porque se trata de un seudónimo puesto por la policía española para identificarla.
Otra curiosidad vino de Joaquín, un histórico militante de los GRAPO. Al leer el capítulo en donde hago referencia a mi afiliación a Fuerza Nueva y a las conmemoraciones del 20-N, indicó:
-Oye, Juan... ¿Recuerdas un 20-N, allá a principios de los ochenta, en que el Ayuntamiento de Madrid colocó unas enormes vallas publicitarias en la plaza de Oriente a favor de la Constitución Española?
Hice memoria y recordé ese detalle.
-¡Anda, pues es cierto! Recuerdo que tiramos las vallas y se montó una buena con la policía...
-¡Cierto, lo tomasteis como una provocación y después de derribarlas os liasteis a palos con los antidisturbios!
-Es verdad... es verdad, ¿cómo lo sabes? ¿Estabas ahí, Joaquín?
-¡Hostias... claro! Si no llega a ser por las cargas policiales, os hubiéramos <> un <> de los que hacen historia...
-¡No me jodas! ¿Y eso?
-Unas semanas antes, un comando de los GRAPO acudimos para estudiar el terreno. Al contemplar los andamios que sujetaban los carteles, encontramos un sitio perfecto para colocar los veinte kilos de Goma-2 que teníamos dispuestos. Durante la semana lo preparamos todo; únicamente quedaba instalar el explosivo. Decidimos hacerlo el mismo día de la concentración para evitar que la policía lo detectase. Cuando llegó el momento, un compañero ataviado con la camisa azul fascista se preparó para ponerlo... ¡Y entonces es cuando se lió el follón, cargó la policía y se jodió el invento! ¡Hala, <>, a freír espárragos!
El destino es caprichoso. Aquel GRAPO podía haber sido mi asesino si aquella bomba antifascista hubiese llegado a funcionar, y ahora era mi compañero en prisión. No diré que el terrorista no mereciese estar entre rejas, ni yo tampoco. Pero quizá si hubiésemos sabido que el destino nos reservaba este guiño, el de terminar compartiendo coincidencias en la misma celda, el odio que nos profesábamos en aquellos tiempos, literalmente mortal, no habría existido.
Quién sabe, quizá a los lectores más jóvenes, pertenecientes al extremo izquierdo o derecho de la violencia, estas líneas les resulten útiles. Me hubiese gustado que mi padre también las hubiera leído. Pero la muerte se lo llevó antes de tiempo. Ojalá a otros padres les ayude a comprender mejor a sus hijos y a evitar que lleguen a redactar sus recuerdos desde la celda de una prisión, cuando ya es demasiado tarde para no cometer los mismos errores.

Saturday, March 22, 2008

CAPITULO 10
¿Por qué me encuentro ahora en la cárcel? ¿Acaso habré matado a alguien o tal vez atizado una paliza? ¿Seré un psicópata racista condenado por agredir a magrebíes? ¿Un violador maníaco sexual? ¿O puede que mi delito se deba a motivos terroristas? La realidad es más simple y aburrida. Aunque no puedo negar que, de alguna manera, mi entrada en prisión se debe a las personas que he conocido, con las que me he relacionado, y las situaciones en las que me he visto envuelto durante toda mi vida. No intento disculparme ni justificarme. Sé que soy inocente del delito por el que se me condenó en esta ocasión, pero soy culpable de otros pecados, los que estoy confesando a lo largo de estas páginas. Tal vez alguien evite cometer los mismos errores que yo.
A lo largo de mi vida había coexistido con las situaciones más radicales. Conocía y llegué a ver como algo rutinario el apreciar el frío contacto de la pistola en mi cintura; de hecho, esa sensación llegó a resultar tan habitual que no concebía salir de casa sin antes acoplarme mi <> de nueve milímetros entre camisa y espalda.
En mi ajetreada juventud sentí en innumerables ocasiones la llamada de la manada, manifestada en las monstruosas palizas que propinábamos a los que no pensaban como nosotros; contribuí a disolver manifestaciones a golpe de bate y percibí el poder que proyectan las armas de fuego cuando, en compañía de otros camaradas, obligábamos a cantar el Cara al sol a militantes comunistas, después de asaltar sus sedes. Es cierto: soy culpable.
También experimenté la adrenalina creciendo en mi interior ante cada bombazo que colocábamos en librerías y locales políticos y conocía todos los prolegómenos que conllevaban estas acciones: preparar cuidadosamente en casa la Goma-2 o el explosivo a base de cloruro potásico, hasta acabar rematando la faena colocándolos en el lugar convenido y esperar, con un pitillo en los labios, que todo saltara por los aires.
He visto a chavales destrozados por palizas, orejas arrancadas de cuajo a golpes de cadena, miembros fragmentados, decenas de navajazos y las macabras piruetas que ejecuta un hombre al recibir los impactos directos de varios proyectiles del nueve largo.
Yo tuve suerte y nunca maté a nadie, doy mi palabra, aunque conocí a no pocas personas con las manos manchadas de sangre. Pero, quizá, las enseñanzas católicas que recogí de mis padres provocaron que nunca llegara a traspasar la línea y que, en el ultimísimo instante, optara por no matar. A estas alturas, sé que no podría vivir con ese peso en mi conciencia y que nunca cruzaré esa siniestra meta.
Hace ya dos décadas que ocurrieron todos estos acontecimientos. Desde el día de la salvaje paliza que le propiné a aquel hombre inocente, al que rematé dentro de la mismísima catedral de Valencia, quedé tan hastiado que prometí no emplear jamás la fuerza sino para defender la justicia; y aun así, en el último extremo... He de decir que cumplí fielmente mi palabra, aunque eso no me exculpe de nada de lo anterior.
Durante los años que ejercí de vigilante, equipado con un revólver del treinta y ocho especial, pude recurrir a éste para solventar conflictos graves, pero no lo hice... Y los hechos hablan por sí mismos. En las múltiples intervenciones que tuve contra delincuentes armados jamás esgrimí el poder mortífero que la ley puso en mis manos.
Siempre he sido una persona sensible, incluso a pesar de mi aparente dureza. Jamás probé droga alguna ni acudí a un burdel. Las drogas y la prostitución no son cosas que cuadren con mis principios. Sin embargo, he vivido una intensa vida amorosa, llena de relaciones largas... Y fue precisamente en una de ellas en donde se juntaron mis males.
Había salido más en serio con un par de chicas a las que siguieron varios amoríos, hasta que en 1988 conocí a Mati; una bonita, trabajadora, dulce e inteligente chica quien, año y poco más tarde, pasó a convertirse en mi esposa. Vivimos tiempos difíciles debido a mi intenso trabajo en Levantina de Seguridad, pero siempre nos llevamos muy bien; convivimos nueve años hasta que el estrés, unido a mi infidelidad, condujeron a la ruptura. De ella me queda una amistad verdadera y una hija que lo vale todo. Su profunda paz interior acabó por apartarme del lado tenebroso de la fuerza.
Mi siguiente novia, Iris Aparicio Tomás, y mi pasaporte a prisión, llegaron en medio de una época de vacas gordas. Éramos la pareja perfecta: nunca discutíamos, nos queríamos mucho e intentábamos hacernos felices; por mi parte, no hubo un solo día, en que no la obsequiara con un presente... al igual que ella también me los hacía siempre que le era posible. Nunca llegamos a convivir: Iris paraba en casa con su familia y yo en un chalé de mi madre a una hora de la capital.
Nos llevábamos de perlas hasta que, como demuestro en el documento adjunto, denuncié a través de mi padre la propuesta ilegal que me hizo su tío, Enrique Tomás Segarra, para traficar con drogas.
Yo había sobrevivido a mis enfrentamientos (a veces armados) con los rojos y antifascistas; a las denuncias motivadas por las peleas y palizas en las que participé; a las amenazas de supuestos <> de otros partidos ultra derechistas, etc., pero esta vez me enfrenté a un hueso demasiado duro.
Merecería todo un libro detallar esos acontecimientos, pero baste decir que la misma fortuna que hizo que en tantas ocasiones saliese absuelto de delitos de los cuales yo era culpable ahora decidió que pagase, y muy caro, por algo que no había hecho.
Mi denuncia retumbó en la familia como una piedra al caer en la superficie de un lago: las ondas se expandían por la superficie llegando a miembros muy lejanos, y a otros implicados en el negocio.
Sé que parecerá una justificación absurda, un intento por defender mi inocencia, pero no es así. Sé que un libro no cambiará la sentencia judicial. Sé que no voy a salir de la cárcel ni a mejorar mi situación penal por estas líneas, sino más bien todo lo contrario. Despertaré más odios y pagaré un precio por cada acusación que dirijo a jueces y policías. Y, además, ya he reconocido que he utilizado la violencia injustamente y que soy culpable de palizas y agresiones violentas injustificadas. Sin embargo, lo sorprendente es que en la sentencia que me ha traído a la cárcel nadie me acusa de haber ejercido esa violencia explícita. Así que no hay justificación posible.
Tras mi denuncia, la familia de mi ex hizo un frente común. Primero intentaron convencerme, luego amenazarme y luego desacreditarme, para que retirase mi denuncia. Después mi novia tuvo que elegir entre su familia y yo, y la decisión no fue difícil. Aliada contra los nuevos enemigos, Iris utilizó su situación en mi empresa en mi propia contra, y lo hizo con gran eficiencia: Su acceso a mis cuentas, archivos, facturas, etc., se lo puso fácil para hacerse con documentación que me era imprescindible, profesionalmente hablando, y que supuso el primer golpe de su familia contra mi denuncia
El segundo era evidente. La mejor forma de desacreditarme era utilizar contra mí el pasado falangista y ultra derechista, que no oculto. Y lo hicieron.
Reconozco que se lo puse bastante fácil al intentar llegar hasta ella por mi cuenta para razonar lo que había ocurrido. Con mi pasado político era sencillo convertirme en un individuo peligroso a ojos de la sociedad. Pero todo iba a ir aún peor de lo que imaginaba.
Los acontecimientos se precipitaron. Rompimos y cada uno de mis intentos por comunicarme con ella para dialogar fue hábilmente convertido por la familia en una denuncia por amenazas, calumnias o acosos.
A estas denuncias de la familia se unieron la de los policías implicados en el negocio que yo había denunciado y, para hacer leña del árbol caído, a la cascada de acusaciones se unieron algunos de los viejos camaradas que me la tenían guardada hace años, como José Luis Roberto.
Al no conseguir comunicarme con mi ex novia para solucionar los trastornos que habían supuesto a mi empresa los documentos que ella robó al dejarla, me vi obligado a interponerle una denuncia. Ella respondió poniéndome inmediatamente otra por acoso; eso sí, con todo el apoyo de su familia mafiosa y sus contactos policiales en una de las comisarías más corruptas de España: la comisaría de Abastos en Valencia. Y empezó mi cacería. Fui sometido al placaje más brutal. Amenazas a mi familia, seguimientos y, por fin, la detención a cargo de los funcionarios de dicha comisaría. En ese momento ignoraba que dichos funcionarios, entre los que estaba el inspector Almagro, estaban siendo investigados por un sinfín de irregularidades y delitos. Yo no era su primera víctima.
A mis denuncias y las de un detective contra los policías de la comisaría de Abastos, se sumó la agresividad, cada vez más latente, que los miembros del grupo dirigían contra nosotros. Un día recibí una llamada.
-¿Es usted Juan Manuel Crespo?
No conocí la voz, aunque supuse que sería otra intimidación de cualquier agente de los habituales.
-Sí, ¿quién es esta vez?
-Verá, soy Joan Cantarelo... un periodista de Interviú. Estuve hablando con Juan de Dios y me comentó que estabais recibiendo amenazas de algunos miembros de la comisaría de Abastos, ¿es cierto?
-Sí, es tal y cómo te lo ha contado.
-Verás, estoy realizando un reportaje de investigación sobre esa comisaría, ¿Sabes que es la segunda de España con mayor número de denuncias contra sus agentes?
-No, ignoraba ese detalle.
-Pues así es. De hecho, un gran número de policías de Abastos están involucrados en detenciones ilegales e incluso por tráfico de drogas.
Al escuchar esta segunda aseveración abrí los ojos como platos y mi mente comenzó a razonar a mil por hora, atando cabos que podrían explicar el acoso que estaba padeciendo.
-¿Has dicho tráfico de drogas?
-Sí... Verás, el motivo de mi llamada es el siguiente: había pensado acceder a la comisaría haciéndome pasar por amigo tuyo para solicitar información sobre tu causa y el motivo de tu detención; pienso llevar una cámara oculta y grabar sus reacciones y comentarios sobre las denuncias que has presentado contra ellos... pero, claro, precisaría de tu autorización.
-Por mi parte lo veo perfecto. Oye, ¿no irán a pillarte?
-Espero que no. Bueno, haré eso y te informaré del resultado.
Esa misma tarde recibí una llamada con número oculto. Descolgué pensando que sería el periodista, pero se trataba del inspector Almagro.
-¿Quieres joderme? ¡Eh, cabrón! ¿Quieres joderme con la prensa? ¡Lo tienes claro, chaval! ¡Cuándo te pille no te va a reconocer ni la madre que te parió!
No dejé que siguiera amenazándome y colgué el móvil; posteriormente supe que cuando Cantarelo preguntó por mí, lo cachearon y descubrieron la cámara; pensaron detenerlo, pero al identificarse como periodista sintieron miedo y lo dejaron ir. Ahora iban a por mí a saco.
Las denuncias seguían lloviendo; las últimas se referían a unas cartas mecanografiadas que mi ex afirmaba que le llegaban constantemente y donde se vertían amenazas; jamás mandé ni una sola de las que dijeron recibir; únicamente al principio remití dos o tres manuscritas solicitando a buenas lo que era mío.
A principios de junio volvió a detenerme la policía cuando circulaba en coche cerca de mi casa. En esta segunda detención me acusaban de quebrantar la orden de alejamiento que prohibía acercarme a menos de doscientos metros del domicilio de Iris, pero la misma se produjo a varios kilómetros de su vivienda y muy próxima a la de mi ex mujer, que es a donde yo acudía para recoger a mi hija. Entonces se sacaron de la manga una nota mecanografiada y dijeron que atestiguarían que me habían observado colocarla en su automóvil, con lo cual supuestamente yo habría quebrantado la orden de no comunicarme. Todo se trataba de una maniobra más falsa que Judas, pero la sorpresa vino cuando el agente de la comisaría de Zapadores que me detuvo resultó ser un viejo conocido mío al que solamente trataba por teléfono debido a mi trabajo; al identificarme se sorprendió.
-¡Joder, no sabía que eras tú! La putada es que ya he comunicado al juzgado de guardia tu detención y ahora no puedo hacer nada... de haberlo sabido antes, no te hubiera detenido. ¡Pues no sé que has hecho…! Pero te advierto que el dispositivo que hemos realizado para detenerte viene desde muy arriba. Ignoro a quién le has tocado los cojones de esa manera, pero ándate con cuidado que van a por ti.
Esta afirmación me hizo comprender que mis veladas denuncias ante fiscalía contra colegas suyos habían topado con alguien importante que quería callarme la boca a toda costa. ¿Cómo podrían haberse filtrado mis revelaciones?
El agente, del grupo de Zapadores, se comportó como un señor y permitió que mi hija viniera a verme un buen rato e incluso que saliera a tomar un refresco con ella sin vigilancia policial, un gran favor máxime tratándose de un detenido bajo su custodia. Aunque, desde otro punto de vista, se trataba de una postura normal, máxime cuando tenía la certeza de que lo mío era una trampa muy bien orquestada.
Una vez en el juzgado, <> estaba de guardia el mismo juez que la vez anterior y amplió la orden de alejamiento de doscientos a mil metros; del mismo modo, ordenó el ingreso en prisión eludible bajo pago de una fianza de doce mil euros. Como evidentemente, no llevaba ese dinero encima y se trataba de un sábado, entré en prisión un par de días hasta que mi familia depositó ese importe. Salí en libertad y me propuse poner punto y final a tan truculenta historia de horror.
Al salir de la cárcel me encontré con una desagradable sorpresa: el juzgado que desde el principio llevaba la causa contra mí era el de Instrucción número dieciocho y el juez no encontraba muchos indicios de delito. A lo sumo, y basándose en las acusaciones policiales, un quebrantamiento de la orden de alejamiento que llevaría aparejada una multa... Pero el sumario apareció en el juzgado de mi vieja amiga: Josefina Tarodo Ortí, aquella que años atrás me condenó absurdamente en el único juicio que he perdido en mi vida; la misma que sentía un odio visceral hacia todo lo que significara Levantina de Seguridad o ultraderecha y que, para colmo de las casualidades, era vecina e íntima de unos tíos de la denunciante. Esta jueza consideró como delitos de lesa humanidad lo que su colega contemplaba como faltas.
Asesorado por mis abogados, decidí desplazarme al nuevo juzgado y permanecer en él durante todo el tiempo que permaneciera abierto, hasta que la juez descubriera una solución a mi problema. Así lo hice: por las mañanas madrugaba y me instalaba en los bancos de la entrada hasta que cerraban… del mismo modo un día tras otro, pero no sirvió de nada.
Las cartas mecanografiadas seguían llegando, aunque menos que antes, e incluso salió mi ex en la televisión autonómica diciendo textualmente: <>.
Roberto se sumó al carro de la prensa tomándose la revancha que me guardaba desde que mi partido lo abandonó; la policía de la comisaría de Abastos prosiguió atosigando a mi familia cada vez más insistentemente y siguieron las llamaditas anónimas coaccionando a mis clientes para que rescindieran los contratos conmigo. Pero esa absurda e injusta situación provocó que todos los empleados, amigos míos y de ella, así como los responsables de las empresas con las que trabajaba, se posicionaran de mi lado.
-Te han cogido como cabeza de turco no sabemos por qué -coincidían en señalar.
¿Pero quién ponía tanto interés en azuzarles? A fin de cuentas, no había pasado nada más que lo descrito: nunca existió violencia ni conatos de la misma y todo se debía a unas cartas mecanografiadas que cualquiera podía haber escrito. No tenía sentido.
El 19 de junio seguía sentado en el juzgado, como todos los días, cuando un amigo me informó que mi ex estaba poniéndome a caer de un burro en la radio autonómica; al finalizar la emisión llamé a Radio Nou y me invitaron a acudir al día siguiente. Así lo hice y el 20 permanecí durante una hora en directo, en un programa presentado por el popular periodista Ximo Rovira y que contaba con la presencia de Jerónimo Boloix, inspector de policía retirado y habitual en esos debates. Solo los tres cara a cara. Y, por línea telefónica, nos acompañó mi bella denunciante.
Me defendí de las imputaciones y culpé a algunos policías de Abastos de hostigarme, acosarme y amenazarme. Tras escuchar mi versión, probada con numerosa documentación, Ximo me dio públicamente la razón y aconsejo a mi denunciante que la solución perfecta pasaba por sentarnos los dos frente a un abogado para solucionar los problemas. ¡Que era justo lo que pedía yo! Posteriormente me entrevistó la televisión valenciana.
Al salir de la emisión, conecté el móvil y encontré tropecientas llamadas perdidas de la comisaría de Abastos. Al inspector Almagro no debió de gustarle lo que dije sobre él... o puede que alguien se hubiera puesto nervioso al ver que empezaba a declarar públicamente contra ciertos agentes… ¿Y si me atrevía a contar pormenores de otras situaciones más graves?
A lo largo de todo ese día y el siguiente recibí avisos amenazantes del entorno familiar de mi ex novia y de la policía.
Ahí no quedó el asunto. A casa de Paco, mi amigo guardia civil, acudieron cinco personas armadas y ocultas con pasamontañas que huyeron cuando la mujer de éste avisó a la policía. Un coche alquilado a la empresa AVIS, que utilizábamos en mi empresa para visitar clientes y que tenía estacionado frente a mi despacho, fue destrozado a golpes; y la tarde del 21, un grupo de enmascarados, probablemente los que amenazaron a Paco, me esperaron en la puerta de casa de mi hija y me persiguieron por la calle esgrimiendo pistolas automáticas y porras, hasta que pude refugiarme en el coche y salir a toda pastilla hacia la comisaría de Zapadores. Eso no evitó que abollaran el vehículo y que me llevara un par de trancazos en piernas y espalda. No lograron hacer uso de las armas porque la calle estaba llena de personas que acudían a recoger a sus hijos al colegio. Mientras conducía recibí una nueva llamada: <>.
Todos estos hechos, incluida la llamada, los denuncié la tarde de 21 de junio de 2002 en la comisaría de la policía nacional de Zapadores, en Valencia. Lo que no dije al agente que me tomó declaración es que entre los atacantes reconocí claramente a uno de los policías de Abastos que participó en mi primera detención. ¿Cómo iba a denunciarlo ante sus colegas?
Esa misma noche, mi madre estuvo recibiendo amenazas telefónicas, ininterrumpidamente, por parte del jefe del grupo, hasta las dos de la madrugada... al igual que mi ex mujer. Al final, harto de esa situación de pesadilla, marqué el número de comisaría y pregunté por el responsable. Me contestaron que a esas horas no quedaba nadie.
-¡Alguien quedará! ¡Acaban de llamar a mi familia desde este mismo número hace menos de un minuto! -exclamé airado.
En pocos segundos una voz distinta preguntó quién era yo.
-Soy Juan Manuel Crespo, ¿Es usted el inspector Almagro?
-No, Almagro no lleva ya este caso... soy su sustituto.
-¿Qué coño quiere, que no dejan en paz a mi familia?
-Le queremos a usted. Tiene que venir inmediatamente para que procedamos a su detención.
-¿Y eso por qué?
-Usted ya lo sabe.
-No tengo ni idea. ¿Qué ocurre, no le gustó lo que dije sobre ustedes? -inquirí.
-Si no viene inmediatamente, volveremos a molestar a los suyos -amenazó.
Quedé en pasar antes del viernes y telefoneé a mi nuevo abogado, Juan Carlos Navarro, para ponerle al día. Viendo el cariz que tomaban los hechos, un par de días antes opté por contratar a este conocido penalista valenciano.
-Esto es un absurdo y hay que ponerle fin. Mañana hay huelga general pero los juzgados trabajan. A las diez en punto nos vemos en la entrada -señaló.
A la hora marcada acudí. En seguida reparé en Juan Carlos.
-La jueza está ocupada, pero he hablado con ella y nos atenderá en media hora -indicó.
Marchábamos a tomar un café para matar el tiempo, cuando dos hombres nos interceptaron a la vez que mostraban placas de policía:
-Queda detenido -señaló escuetamente uno de ellos-. No intente resistirse o ya sabe... -añadió mientras enseñaba disimuladamente la culata de la pistola que llevaba al cinto.
-¡Hombre...! -exclamé irónicamente-. Pensaba que hoy ustedes no trabajarían... ¿O es qué no tenían nada mejor que hacer que ir a por gente honrada?
Me condujeron a la comisaría, en donde me negué a prestar declaración. Al día siguiente fui trasladado al juzgado de guardia para comparecer ante el juez.
Cuando llegó mi turno, dos agentes uniformados me sacaron de los calabozos y, después de esposarme, me subieron al juzgado. Allí estaba esperándome mi letrado; al verme, se acercó y dijo:
-Ha estado hablando conmigo la abogada de la otra parte... quiere hacerte una proposición, yo que tú la escucharía.
Instantes después se aproximó la letrada. Yo la conocía por coincidir, por la misma causa, en alguna otra ocasión. Pidió permiso a los policías que me custodiaban para parlamentar conmigo y expuso:
-He estado hablando con la jueza y la fiscal durante un buen rato y hemos decidido llegar al siguiente acuerdo: como no existen agresiones ni violencia y en todo caso de lo que se le podría acusar es de amenazas, la fiscal está conforme en que si retiramos las denuncias ella no actuará de oficio y usted quedará libre. Además, llamaré a la familia de esta chica y su madre le restituirá lo que su hija cogió sin querer...
-¿La documentación?
-La documentación y el dinero. A cambio, tiene que comprometerse a retirar la querella que presentó y a no mover más las cosas en relación con su tío. ¡Bueno! ¿Qué hago? ¿Los llamo y se acaba todo?
Me quedé inmóvil mirando seriamente a sus ojos y le dije, pausadamente:
-Escuche, los papeles que cogió... a estas alturas me importa un bledo que los devuelvan, porque ya es tarde para solucionar ese lío de Hacienda y de la Seguridad Social; que sus clientes entreguen lo que me pertenece no es un favor... es lo que deberían haber hecho desde un principio. Pero... ¿quién va a compensarme por los perjuicios morales y económicos ocasionados? ¿Y por los meses que me han hecho pasar? Llame a sus clientes y dígales que no hay trato, que de la cárcel saldré y que la justicia se encargará de poner los puntos sobre las íes.
Mi decisión cayó cómo un jarro de agua fría. En verdad he de decir que no pensé que estaría más de una semana en la cárcel e incluso que ahí estaría más seguro que en la calle; además, soy excesivamente orgulloso y cuando tengo razón, voy hasta el final, cueste lo que cueste.
Tras una breve vista oral y viendo que no habíamos alcanzado ningún acuerdo, la jueza decretó mi ingreso en prisión. Comenzaba el 23 de junio de 2002 y España entera seguía pendiente de los resultados de la huelga general convocada en la jornada anterior. Para mí comenzaba una larga pugna en la que trataría de demostrar que se había perpetrado un colosal error y para hacer valer a la justicia.
-Pase aquí y desvístase -dispuso el joven funcionario de prisiones, al tiempo que abría una puerta de hierro repintada de un avivado verde oliva.
Atendí la orden y penetré en el cuartucho. Remisamente, ante la mirada inquisidora del <>, fui quitándome, una a una, todas las prendas que me cubrían, hasta quedar en ropa interior.
-¿No piensa quitarse los calzoncillos? -interpeló el carcelero.
Tragué saliva y procedí a quedarme totalmente desnudo ante aquel desconocido que me observaba con tanta indiferencia y un gran sentimiento de impotencia y rabia comenzó a invadirme.
-Vaya hacia la pared, abra las piernas y flexione el tronco hasta el suelo -ordenó.
Satisfice su mandato, mientras sufría un profundo bochorno ante aquella situación tan desagradable. ¿Cómo podía ser posible que eso me estuviera pasando a mí? No hacía mucho, menos de una hora, estaba sentado frente a la jueza en su despacho y ahora me hallaba en pelotas frente a un extraño que se entretenía en revisar cuidadosamente mi ropa.
Mis sueños se habían esfumado de golpe: el incipiente negocio, los proyectos de expansión... Lo tenía todo: familia, amigos, una hija estupenda, buen trabajo, excelente coche... ¿Qué me quedaría después de esto?
-Entre ahí y dúchese -indicó señalando hacia un recinto en donde un par de oxidados grifos pendían del techo.
-Por favor, ¿podría proporcionarme una toalla y jabón?
-¿Cree que está en su casa? ¡Venga, dúchese y salga en un minuto... no tengo todo el día! Y si quiere secarse, utilice la camisa.
Seguí las indicaciones y me quité, bajo el frío chorro, el desagradable olor de los calabozos. Tras vestirme, me encerraron en una celda repugnante, llena de pintadas, cucarachas y manchas de sangre por las paredes, donde pasaría mi primera noche junto a un sicario colombiano. Un par de días después transité al módulo dispuesto a convivir con el resto de presos.
La vida en la prisión es, sencillamente, insoportable. Para que el lector pueda hacerse una idea, supone pasar instantáneamente de la vida habitual con tu trabajo y gente, a una inmensa y tétrica casa del Gran Hermano, donde convives con los protagonistas de los sucesos de los últimas décadas. Aquellos personajes que salieron en los titulares informativos comienzan a formar parte de la vida cotidiana. Los primeros días son los peores, hasta que te acostumbras a los nuevos

vecinos y eliges amigos; no se tarda mucho en comprender que detrás de esas fachadas existen personas que sufren y sienten... quizá no todos, pero sí la mayoría.
Porque en las cárceles se junta gente de todo tipo: desde el psicópata que asesinó a
su familia hasta el abogado que provocó un accidente de tráfico y que, por no llamarse Farruquito, se enfrenta a varios años de condena.
Policías, médicos, empresarios, trabajadores normales que algún día cometieron un error, en ocasiones insignificante, comparten espacio con delincuentes profesionales, yonkíes robabolsos y miembros de ETA. Personas que ingresan por quebrantar órdenes de alejamiento o impago de multas juegan al dominó con sicarios y atracadores. Es el absurdo mundo de la prisión.
Desde el principio tenía esperanza de salir rápidamente y así me lo confirmaba mi abogado cada vez que venía a visitarme.
-La jueza me ha dado su palabra de que antes de irse de vacaciones te dejará libre. Realmente no has hecho nada, pero conoce tu pasado y quiere cubrirse las espaldas; así que antes de agosto saldrás a la calle.
-¡Agosto! ¡Pero si queda un mes y medio!
-El tiempo pasa rápido; además, cinco semanas es muy poco... Ten paciencia y ve pensando en lo que harás este verano con tu hija.
La visita de Juan Carlos Navarro me dejó hundido... ¡Mes y medio!
La cárcel no ofrecía muchas elecciones, aparte de andar por el patio como animales enjaulados de un zoo y con idéntico resultado... ¡Todo el día caminando para no llegar a ninguna parte! Mi única ilusión consistía en hablar con mi hija, pero eso no era sencillo. La dirección autorizaba dos llamadas al mes de cinco minutos cada una, aunque los carceleros les permitían alguna extra a aquellos que colaboraran en la limpieza de las instalaciones; así que, cada vez que abrían las celdas, yo corría a coger escoba y recogedor para barrer el sucio cemento. A la semana me enteré de que el centro editaba una revista mensual y precisaban colaboradores; rellené una instancia y tuve la suerte de que me admitieran. Eso implicaba un triunfo: salir diariamente del módulo y conocer nueva gente. Simultáneamente inicié un nuevo trabajo que consistía en repartir la comida al resto de mis compañeros. Aunque no pagaban nada, la cuestión consistía en estar ocupado.
Entre pitos y flautas llegué a finales de julio; fecha en la que, en teoría y según la juez, saldría en breve. En mi casa se preparaban contentos para ese día y planificaban las vacaciones.
Llegó la fecha prevista y estaba impaciente esperando que me llamaran para salir. Al mediodía, y con el corazón en un puño, solicité permiso al funcionario para telefonear a mi ex mujer para que me informara del resultado de la vista.
-Mati, soy yo... ¿Te ha llamado Juan Carlos? ¿Sabes algo? -solté atropelladamente.
El doloroso silencio detrás de la línea indicaba que algo no iba bien.
-Hola, Juanma. Acaba de telefonearme tu abogado... La jueza ha denegado la libertad -pronunció intentando disimular los sollozos.
Al escuchar esa frase sentí una impotencia infinita y un horrible pesar.
-No te preocupes, Juanma, he quedado con Juan Carlos dentro de cinco minutos en el Juzgado. Hablaré con la jueza para que nos dé una explicación.
Noté un tremendo pesar en el tono de su voz. Tenía suerte de contar con alguien como ella a mi lado.
Posteriormente supe que acudió al despacho de la jueza y que ésta accedió a verla si la acompañaba un abogado.
-Entiendo su preocupación –le explicó a Mati-. Realmente no ha hecho nada para estar en prisión, pero no quiero sufrir riesgos innecesarios y aventurarme a que a esta chica pueda pasarle algo. Mire, existe una solución: si su ex marido acepta ser tratado durante el verano por un psiquiatra, no tengo ningún inconveniente en dejarlo en libertad condicional tan pronto yo vuelva de vacaciones... Evidentemente, siempre que el informe descarte cualquier tipo de peligrosidad.
Así quedó el asunto. Mi familia, destrozada, se movilizó buscando un psiquiatra experto en estos problemas. En pocos días el juzgado autorizó a don Rafael Muñoz Conde para que me atendiera en prisión.
El psiquiatra me visitaba varias veces por semana; se trataba de un buen perito que años atrás estuvo preso por sus ideas políticas contrarias a Franco. En seguida reconoció que no entendía cómo podían haberme ingresado en prisión basándose únicamente en denuncias sin consistencia.
-Les da miedo tu militancia ultra. La jueza hizo mucho hincapié en ese tema.
Para mitigar un poco ese temor, negué haber participado en acciones violentas durante mi afiliación política. ¡Total, de eso hacía veinte años y con el tiempo la gente cambia! Sin embargo el estigma fascista te acompaña para toda la vida.
A principios de septiembre, y después de un concienzudo trabajo por parte del profesional de la psiquiatría, éste llegó a las siguientes conclusiones: yo no presentaba ninguna patología psiquiátrica y no se apreciaban síntomas ni signos que pudieran presagiar comportamientos violentos hacia mi ex compañera, y añadía: <>. Igualmente matizó con lo siguiente: <>.
Una vez presentado el informe sólo faltaba que la jueza cumpliera su palabra, pero no lo hizo y sus mentiras cayeron como una pesada losa sobre los míos.
Mi padre continuó concurriendo a la fiscalía para intentar profundizar en las denuncias presentadas.
-Tu hijo dispara muy alto -señaló Luis Beltrán-. Seguiremos las investigaciones, pero debes saber que es una indagación ardua y no caerán todos los que son.
Mi progenitor intentó que emitieran un informe favorable para facilitar mi puesta en libertad, pero Beltrán se opuso.
-No interesa hacerlo, he estado viendo el sumario y no existen motivos para retener a tu hijo demasiado tiempo. Si realizáramos un informe positivo, la familia de esta chica podría suponer que habéis puesto una denuncia y fastidiarnos el operativo.
Mi padre comentó la relación de amistad entre la jueza y otro familiar de la denunciante, pero el fiscal jefe la defendió.
-Conozco a esta jueza desde hace tiempo y no creo que actúe basándose en su amistad con la familia, en todo caso, lo que está perjudicando a tu hijo es su pasado político.
Estaba abatido por permanecer injustamente encerrado y opté por cometer una medida drástica: realizaría una huelga de hambre. Elegí el seis de diciembre, Día de la Constitución, para iniciarla, y me preparé para cumplir esa dura prueba.
Antes de emprenderla me asesoré con los mejores expertos: los etarras y Grapos. Me dieron varios consejos: beber diariamente, aunque no tuviera sed, entre seis y nueve litros de agua, y realizar el menor ejercicio posible; igualmente recomendaron que renunciara inmediatamente si me resfriaba o cogía la gripe; ignoro los motivos de estas advertencias pero me dispuse a hacerles caso.
En la fecha designada, después de notificar mis intenciones por escrito a los responsables de la prisión, comencé la huelga. Los primeros días resultaron insoportables: únicamente pensaba en comer a toda hora, pero después de la primera semana el estómago se me cerró y no sentí más hambre. Lo más duro fueron las Navidades, pero estaba decidido a llevar a cabo mi protesta y seguí sin probar bocado a pesar de los intentos por hacerme renunciar. Pedía dos cosas para concluirla: mi libertad, pues no existía ni un solo motivo para tenerme encarcelado, o fecha para el juicio oral. Después de un mes sin ingerir alimentos, empecé a encontrarme mal y el juez de vigilancia penitenciaria ordenó mi alimentación forzosa, la que no pudo realizarse debido a mi negativa.
Lo peor ocurrió cuando no quedaba grasa en mi organismo y éste empezó a asimilar músculo; el elegido fue el de la pierna derecha y permanecí cojo durante varios meses. Después de cuarenta y cinco días de huelga de hambre recibí la notificación en donde se anunciaba que mi juicio tendría lugar del 21 al 25 de julio de 2003; viendo medio cumplido mi objetivo, finalicé la medida de presión. En total perdí treinta kilos y sufrí lesiones musculares permanentes, hoy en día, éstas todavía me provocan un entumecimiento en las extremidades y un dolor agudo en invierno que me impide conciliar el sueño.
Pocos días más tarde acudió a verme Juan Carlos Navarro: tenía en su poder la petición del ministerio fiscal. ¡Por fin sabría de qué se me acusaba! En total pedían cuatro años de prisión menor por los siguientes delitos: un año por amenazas, un año por coacciones, un año por lesiones psíquicas y un año por quebrantar la orden de alejamiento. La acusación particular solicitaba once años.

Con la fecha del juicio a la vista, me preparé para afrontar esos días. Faltando un par de semanas para sentarme ante el juez, cometí un error imperdonable: prescindí de los servicios de mi abogado y contraté a otro, José Antonio Prieto Palazón, quien, aunque buen profesional, careció de tiempo material para preparar la defensa.
Una semana antes del proceso acudieron a verme dos fiscales y me hicieron una propuesta: si me declaraba culpable, rebajarían su petición a dos años y así podría salir en libertad el mismo día del juicio, ya que al carecer de antecedentes penales, me aplicarían la suspensión de pena.
-¿Y si la acusación particular se opone? -cuestioné.
-No lo harán, hemos hablado con la abogada y está dispuesta a llegar a este acuerdo.
Se trataba de la segunda vez que pretendían un arreglo para sacarme de la cárcel. No hizo falta pensar mucho mi respuesta, reafirmé mi inocencia y aseguré que no quería pacto alguno con nadie.
-De no hacerlo, se arriesga a una condena superior -aconsejó una fiscal.
-Me arriesgaré. Si me condenan por lo que no he hecho, significa que la justicia española es una bazofia.
Me arriesgué, sí, y perdí la apuesta. Podría explicar todas las irregularidades de mi proceso, pero el lector pensaría que eso es lo que decimos todos los procesados. Podría proclamar mi inocencia, como la mayoría de los condenados. Pero no haré nada de eso, porque ya no tiene sentido. Sin embargo, invito al lector a solicitar al Juzgado de lo Penal número 6 de Valencia las copias del acta del juicio oral: PA 184/03, dimanante del Juzgado de Instrucción número 13 de Valencia, PA 240/02, DP 1747/02, y también el acta del Juzgado de lo Penal número 7 de Valencia, PA 364/04 F, dimanante del Juzgado de Instrucción número 13 de Valencia PA Nº 36/04, y a juzgar por sí mismo las absurdas pruebas que se utilizaron para condenarme.
La mañana del 28 de julio de 2003, un par de días después del juicio, mi nuevo letrado recibió un fax del juzgado en donde se indicaba que en esa fecha yo sería puesto en libertad condicional. Tan pronto mi padre se enteró de esto, visitó al juez para darle las gracias. Lo encontró en su despacho trabajando y preparándose para iniciar las vacaciones; ya habían tratado anteriormente debido a mi situación penal.
-Dejo en libertad a su hijo porque, sinceramente, dudo que exista riesgo para esa chica. No he finalizado todavía la sentencia, pero en todo caso la pena que podría aplicarle no excedería el tiempo que ya ha pasado en prisión. Sólo quiero que le transmita un mensaje: me estoy mojando por él porque pienso que este asunto se ha sacado de quicio, pero... ¡que no se pase un pueblo!
Aquella misma tarde salí a la calle después de más de trece meses en cautiverio.
El reencuentro con los míos fue emocionante, varios amigos acudieron a recogerme y posteriormente me llevaron a casa de mi ex mujer e hija, en donde pasamos una agradable velada. El día siguiente permanecí con mi pequeña: la llevé a visitar tiendas, a pasear y por la noche al cine; minutos antes de la medianoche la dejé en casa con su madre. No hacía ni diez minutos que me había marchado cuando Mati se sobresaltó al oír el timbre de la puerta. ¿Quién llamaría a esas horas? Se asomó por la mirilla y observó a dos hombres de paisano.
-¿Qué desean? -preguntó.
-¡Somos la policía! ¿Se encuentra su marido en casa? Tiene que acompañarnos...
El mundo se resquebrajó a sus pies; mi hija sintió pánico al escuchar la palabra <> y mi ex se pasó más de una hora intentando razonar con los agentes. No sabían los motivos, pero tenían orden de detenerme y trasladarme a la comisaría de Abastos. Un día escaso había durado nuestra felicidad.
Puse el hecho en conocimiento de abogados y me aconsejaron solicitar amparo al Tribunal Constitucional. La pega es que estábamos en agosto y casi todo el mundo permanecía de vacaciones. A los pocos días me llamaron del juzgado de guardia. Acababa de salir una ley para la protección de víctimas de la violencia doméstica y mi denunciante la había solicitado. Tenía que comparecer antes de veinticuatro horas para una vista oral. Intenté defenderme explicando que mi caso no correspondía a violencia de género alguna, pero el secretario judicial fue claro: <<¡O acude hoy o decretaremos una orden de detención!>>. Mi ex se comprometió a acompañarme.
Horas más tarde se celebró la vista y la acusación particular solicitó, por si las moscas, el ingreso en prisión. El interrogatorio practicado por esta letrada y por la jueza versaba sobre mi empleo en Levantina de Seguridad y mi conocida pertenencia a organizaciones políticas de extrema derecha. La magistrado acordó que en veinticuatro horas debería presentarme para conocer su decisión.
Puesto que pensaba irme con mi familia a Segorbe, se convino que comparecería a las once del día siguiente, ante el juzgado de dicha población castellonense.
En las dependencias judiciales observé tan sólo a un funcionario. Al verme, preguntó:
-¿Es usted Juan Manuel Crespo?
-Sí, soy yo.
-Lo estaba esperando.
Aprecié que abandonaba su despacho, entraba en otro anexo y descolgaba el teléfono. Me acerqué a él y agarré el auricular.
-¿A quién va a llamar? -pregunté.
Permaneció callado y noté que miraba de refilón unas hojas de fax.
-¿Qué pone en esos folios? -apremié.
-Son del juzgado de Valencia, ordenan su ingreso en prisión...
No le di tiempo a acabar la frase. Salí pitando del recinto, salté por una ventana de la planta baja y marché a esconderme al monte. Permanecí en rebeldía un par de semanas, acrecentando con ello mi pena. Pero, como era de esperar, finalmente me encontraron. Que nadie crea que puede burlar la persecución policial por mucho tiempo.
La detención fue pacífica, peo en cuanto me metieron en el furgón recibí la mayor paliza de mi vida. Quizá como las que propinábamos mis camaradas y yo a los rojos y antifascistas en otros tiempos. Ahora sé lo que se siente al ser la víctima y no el agresor.
Nada más entrar en la cárcel, inicié una segunda huelga de hambre hasta que alguien diera solución a mi problema.
Durante cuarenta y siete días permanecí sin probar bocado. Los mismos funcionarios afirmaban que lo que estaba ocurriendo clamaba al cielo.
-Tanto cabrón que anda suelto... y a ti, por chorradas, te están jodiendo la vida -decían.
Los presos opinaban igual y los etarras se sorprendieron al volver a verme.
-¿Es que no sabes cómo es la policía española? No te van a dejar en paz; cuando vuelvas a salir aparecerás en cualquier descampado con dos balazos en la cabeza... Ni investigarán. ¡Ajuste de cuentas... y caso cerrado!
Finalicé mi protesta debido a los ruegos familiares, sobre todo de mi madre, que bastante pesar tenía sabiendo que su marido se estaba muriendo por culpa de un cáncer de páncreas que acababan de diagnosticarle.
Por efecto de la huelga de hambre tuvieron que sacarme cuatro piezas dentales... ¡Esta vez a mi organismo le dio por el calcio!
A mitad de la huelga, me llegó la sentencia del juicio: me habían condenado a los tres años y diez meses que solicitaba el fiscal, a la prohibición de volver a Valencia durante cinco años, a dieciocho mil euros en concepto de daños y perjuicios y a otros tantos de multa. Al enterarse, mi padre visitó al juez: el fallo no correspondía a lo indicado.
-Mire, lo siento mucho, pero si usted hubiese visto los informes remitidos por la policía, entendería que no quiera arriesgarme a absolverlo. No obstante, con el tiempo que permaneció en prisión, probablemente salga en tercer grado en cuestión de semanas...
Sigo en la cárcel, así que obviamente eso no sucedió.
La mañana del 31 de diciembre de 2004 hablé con mi padre por última vez. Su salud había empeorado, pero nunca dejó de luchar por mí. Creía en mi inocencia y dejó la vida, literalmente, en defenderme. Pero al final su salud dijo basta. Aquella mañana èl estaba ingresado en la clínica La Salud y aproveché para felicitarlo por las fiestas. Las últimas semanas fueron un continuo trasiego de casa al hospital y del hospital a casa... Deseaba que al menos no sufriera.
Por la tarde del día siguiente telefoneé a mi madre. Al escuchar <>, dije lo típico en esas fechas:
-Mamá, feliz año nuevo.
-¿Es que no te han dicho nada? -dijo suavemente.
Al sentir esa frase imaginé lo peor y aprecié un tremendo nudo en el estómago que me dejó sin habla. Casi sin fuerzas acerté a decir:
-¿Ha pasado algo?
Suponía la respuesta, pero me negaba a creerla.
-Papá ha muerto esta mañana.
Mi padre nunca sintió estima hacia los presos. Lo recuerdo en las cenas despotricando cada vez que acudía a la cárcel a visitara a algún cliente; y de entre los reclusos, a los que odiaba con todas sus fuerzas, era a los etarras. Estoy convencido de que hubiera soltado una sonrisa irónica desde su tumba de haber sabido que decenas de compañeros míos, entre ellos miembros de ETA, me dieron el más sincero pésame cuando falleció. Sabían que era hombre de leyes y padre de un <>, pero eso no fue óbice para que alguno de éstos dejara escapar alguna lágrima furtiva cuando vinieron a darme un abrazo. Así es como funciona el surrealista mundo del <>, en donde, ante el sufrimiento, los malhechores se transmutan en hombres.
Después del segundo juicio aguardé a que la junta de tratamiento me concediera permisos de salida, pero continuamente me los negaban basándose en mi pasado político.
-¡Es qué eres el jefe de los skins! -afirmaban los muy imbéciles.
<>
Por aquellas fechas todo el mundo hablaba de dos libros de éxito: Diario de un skin y El año que trafiqué con mujeres. Un tal Antonio Salas se había infiltrado entre los cabezas rapadas durante un año y había radiografiado fielmente ese mundo que yo había conocido tan bien. Me fascinó leer sus incursiones en locales y lugares que yo mismo había conocido, como los circuitos de Ultrassur en Madrid. Si hubiéramos coincidido en el tiempo, tal vez yo mismo habría sido grabado por su cámara oculta.
Y si Diario de un skin me sorprendió, El año que trafiqué con mujeres me hizo quitarme el sombrero. Por primera vez alguien se atrevía a desenmascarar a Roberto y a mi ex empresa Levantina de Seguridad. Por primera vez un periodista publicaba la siniestra relación entre el mundo de la prostitución y la extrema derecha. Y es que parecía claro que Antonio salas, el autor de esos libros, los tenía bien puestos. El mero hecho de atreverse a entrar solo, y con una cámara oculta, en el local de Levantina de Seguridad, cuando todos los nazis de España lo estaban buscando, demostraba la pasta de la que estaba hecho. Pero una cosa es arriesgar la vida y otra, arriesgar la credibilidad. ¿Se atrevería Antonio Salas a ayudar a contar mi historia? ¿Osaría la editorial Temas de Hoy darle voz al jefe de los skins? ¿Un fascista con un pasado de violencia como el mío, y condenado por un delito de acoso, podría tener derecho a contar su historia?
A lo largo de mi vida he cometido muchos errores, algunos injustificables, y habría sido justo que pagara por ellos, pero la justicia se equivocó y eso no ocurrió. Tengo esperanza de que se revise mi juicio y, si es preciso, vuelva a repetirse; porque es injusto sufrir condena por algo que no he hecho y, encima, que los culpables se salgan de rositas. Pero, si por una de ésas se demostrara que miento y soy culpable, exijo que se aplique la ley hasta el final, sin misericordia alguna. Hace años la justicia erró a mi favor, ahora lo ha hecho en contra.
Soy falangista, sigo creyendo en la belleza del auténtico pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, considero que representa la más perfecta expresión de justicia, aunque haya sido manipulado por muchos... pero cada cual es libre de pensar lo que quiera.
Hace muchos años llegué al convencimiento de que por encima de las ideas están las personas que, en definitiva, son las que las hacen grandes. Respeto a quienes saben respetar y a los que no, los compadezco. Mis experiencias en ambientes violentos han determinado que sienta animadversión hacia toda forma de violencia y la considere como la expresión de la incultura más burda.
Entre mis ídolos hay uno por el que siento especial admiración. Se trataba de un hombre de talla menuda, aspecto delicado y miope... ¡Nada similar al típico ídolo ario! Sin embargo, nadie sospechó que con ese aspecto, y sin medios de comunicación a su servicio, sería quien consiguiera movilizar a la mayor cantidad de personas, cientos de millones, en el siglo XX.
Gandhi, sin más armas que sus argumentos, venció al imperio británico y obtuvo la independencia de su patria, la India.
Fue el creador del pacifismo militante, y su lucha, sin una sola pistola, el ejemplo más claro de heroicidad. ¡Porque hace falta tenerlos bien puestos para enfrentarse con las manos abiertas al mejor ejército del mundo! ¡Porque no es sencillo ocupar ciudades defendidas por regimientos con el poder que da la palabra, la razón y la forma de ser!
Anteponer mensajes a fusiles y, encima, conseguir la victoria. ¡Ahí radica el heroísmo!
Puede que yo descubriera eso demasiado tarde. Probablemente me dejé enredar con falsas arengas que incitaban al odio, y lo triste es que muchos jóvenes siguen haciéndolo.
¡Sí, señor! Me gusta Gandhi, admiro a José Antonio y siento muy dentro las estrofas del Cara al sol, que no sólo no tiene ni una sílaba que hable de odio ni rencor, sino que transmite un mensaje de esperanza y paz.
Quizá aquellos que cantan este himno antes de marchar a la <> o después de un partido de fútbol ignoran que están profanando la idea que tuvo el Jefe de crear una organización que avanzara en pos de la Justicia y la igualdad.
Igual desconocen que <> del Magreb y otros, negros como el carbón, entonaron ese mismo himno con orgullo. Puede que con este razonamiento esté perdiendo el tiempo; tal vez no saben siquiera quién fue José Antonio y sus ideas abiertas hacia los sudamericanos, como hermanos de la Hispanidad. Pero si con estas letras he conseguido que tan sólo uno se plantee el uso de la violencia, habré conseguido mi objetivo.

Monday, March 10, 2008

CAPITULO 9

La noche en que vaciamos la sede me acosté tarde. A las ocho de la mañana, el teléfono de casa y el móvil comenzaron a sonar a rebato. No los descolgué. Por el número sabía que se trataba de Roberto, quien de esa forma tan agobiante pretendía pedirme explicaciones.
Me imaginé la escena: él circulando tranquilamente por la avenida rumbo al despacho y volviéndose a admirar el rótulo, como hacía cada vez que pasaba por ahí, frenando en seco y alucinando con lo que ya no veía. ¡Debía de llevar un cabreo enorme!
En las jornadas posteriores contactaron conmigo antiguos compañeros de Levantina de Seguridad. Venían a avisarme de que Roberto había puesto precio a mi cabeza. Lo surrealista del asunto es que ellos eran precisamente los que tenían el encargo de darme una paliza.
-¡Es que eso de ser siempre el machaca del jefe al final cansa! -dijeron.
El resto de los camaradas de FE-FNS no estaban mejor que yo. Unos cuantos siguieron mis pasos y abandonaron <>, y éstos eran precisamente los que más amenazas seguían recibiendo. Les aconsejé que anduvieran con cuidado, no fuera que se toparan con algún cabrón que les amargara la existencia.
El que no tuvo suerte fue Lucas, el skin del partido. Dos de los matones de Roberto le propinaron una brutal paliza.
Supe que estos mismos matones me buscaban junto con unos cuantos más, pero debían de ser muy estúpidos o no lo hicieron con suficiente esmero, ya que un par de días después de abandonar <> comencé a trabajar en un local público a escasos doscientos metros de sus oficinas.
De vez en cuando me juntaba con la gente del partido para tratar de encontrar una nueva sede, pero mis empleos no daban tiempo para nada y, con el tiempo, postergamos la idea. Durante un año trabajé dieciocho horas diarias sin descanso.
Por otra parte, Arias viajaba constantemente a Valencia para despachar con su nuevo jefe, el capo. Por terceras personas me enteré de la elección en Falange de un nuevo jefe nacional. Se llamaba Jesús López y anteriormente había ejercido de jefe provincial en Toledo, su ciudad natal. Yo lo conocía y creí sinceramente que se trataba de la persona idónea para ese puesto.
Gustavo Morales, su predecesor en el cargo, se encontraba muy liado como para ejercer la jefatura. En los últimos tiempos había triunfado: fue nombrado director del periódico YA en su última etapa, y posteriormente contratado por Mario Conde para codirigir su revista MC. La transformación de Morales resultó ejemplar: de los <> al guapo sin ponerse colorado.
Mis últimas informaciones referían que Eduardo Arias había sido llamado a ocupar una secretaría en FE-JONS. Quedé un poco sorprendido por aquel cambio de ideas tan radical, aunque supuse que López no habría querido prescindir de alguien tan representativo.
No tenía tiempo para nada, salvo para trabajar; sentía cierta añoranza por lo que pudo ser y no fue, pero en los momentos difíciles toca levantar la cabeza y seguir adelante sin mirar atrás; me encontraba satisfecho de salir sin ayuda. Mi empleo en Protecsa me permitió conocer lo que se nos tenía vedado. ¡Por fin una empresa que cumplía rigurosamente con la ley!
Por las noches doblaba en un pub llamado Haddock y en Suso´s. En el primer local me encontraba precisamente para protegerlos de los cabezas rapadas, que habían ocasionado algún que otro problema al dueño; por fortuna, los <> me conocían y nunca montaron follón mientras yo prestaba servicio.
Aquella nueva etapa me traía sensaciones diferentes y por primera vez estaba satisfecho. En la sala de fiestas pronto conseguí la confianza de los responsables y, aunque no libraba nunca, me aplicaba a gusto.
Trabajaba de paisano y sin ningún tipo de arma; algo anormal, puesto que estaba acostumbrado a portar defensa y el pesado revólver reglamentario.
Los encargados del local percibieron mi satisfacción de estar de cara al público y me encargaron otra labor: actuar como relaciones públicas; eso implicó el complemento final de mi carrera como profesional de la noche valenciana.
La discoteca era una institución en la ciudad y por ella desfilaban figuras habituales de la televisión. Jimmy Jiménez Arnau era una de esas figuras. Se trataba de una persona muy inteligente y directa; solía acudir después de participar en tertulias de Canal Nou y, en ocasiones, las proseguíamos los dos juntos.
El periodista Carlos Dávila venía de vez en cuando. Nunca hablé con él, pues siempre se encontraba demasiado ocupado en sus cosas. Sin intención de entrar en detalles morbosos, baste decir que lo admiraba hasta entonces.
Lidia Lozano, también periodista, frecuentaba el local los jueves. Pocos famosos irradiaban tanta simpatía como ella con los clientes.
José Sancho, María Jiménez, Imanol Arias, Espartaco Santoni, el genial humorista Eugenio, las espléndidas The Supremes y un largo etcétera, compartieron conmigo, quizá sin saberlo, retazos de sus vidas. El mundo de la noche te permite esas licencias. Incluso durante un par de meses mantuve un idilio con una conocida actriz. ¡Lo que son las cosas!
Llevaba algún tiempo en ese puesto y algunas noches veía a Roberto caminando por la cercana Gran Vía; sabía que él estaba informado de mi presencia y, aunque al principio mantenía la guardia, conforme transcurrían las semanas, me descuidé.
Sucedió un jueves. En aquella velada la discoteca estaba repleta y me hallaba charlando con el portero junto al único acceso. De improviso aprecié que alguien entraba como una exhalación sin dirigirnos la mirada. Lo reconocí sin dudarlo: se trataba de Roberto, acompañado por un par de espectaculares chicas.
Permanecí alerta. Sabía que por fuerza él tendría que salir por mi lado. Al cabo de media hora se acercó directamente y profirió en plan cínico:
-¡Hombre! ¡Qué pequeño es el mundo! ¡Si tenemos aquí al jefe de Falange!
Lo conocía de sobra y supuse que esa ironía reflejaba un intenso deseo de hablar.
-Qué tal, José Luis... ¿Todo bien?
Me repasó lentamente con la mirada mientras las comisuras de sus labios dejaban ver una mueca de asco.
-No sé que hago parado frente a ti. Deberías estar muerto.
No me asustó. La vida me ha enseñado que quien piensa en quitarte del medio no suele avisar.
-¡Venga, José Luis! ¿Vas a matarme tú?
-Yo no, pero hay muchos que pagarían por verte en un ataúd.
-¡No digas chorradas! ¡El único inconsciente que lo haría eres tú y no lo has hecho! ¿Qué has venido a contarme? ¡Por qué no me digas que tu visita es casual!
Noté que se ponía nervioso: lo había pillado.
-¡Te invito a una copa! –apunté, para calmar el ambiente.
-¡Yo no tomo nada con traidores!
Cogí su ocurrencia en plan de broma e insistí:
-Venga, sólo una copa. ¡Joder, José Luis... no estarás asustado!
-¿Asustarme tú? ¡Bueno, una copa! ¡¡Pero pago yo!!
-Vale... vale... No te preocupes, que no lo impediré.
Pasamos al interior y pedí un par de whiskies; en seguida comenzó a hablar:
-Lo que hiciste no tiene nombre, ¿Sabes cómo quedé ante G. T. y Zaplana? ¡Debieron pensar que soy idiota!
-Mira... Cometiste un error imperdonable al amenazarme. Conmigo, por buenas lo tienes todo... pero por las malas me da igual lo que pase. Podría entender que me manipularas en tu empresa, a fin de cuentas explicaste las condiciones y acepté. Lo que no puedo y jamás consentiré es que pretendas hacer un negocio de la política y mucho menos si el partido lo he creado yo.
De pronto, me sorprendió con una propuesta inesperada.
-¿Quieres volver a Levantina de Seguridad? Hay una plaza vacante de subinspector y quizá te interese.
-Te lo agradezco, pero no. Además, el asunto no está resuelto. ¿Crees que voy a olvidar la paliza que le metieron a Lucas?
-Yo no la autoricé, sólo dije que le avisaran; es más, alguno ha querido venir a reventarte y se lo he impedido.
-No querrás encima que te dé las gracias. Escucha... estás rodeado de pelotas impresentables que se ríen de tus gracias, y yo no soy de ésos. Tengo orgullo y, al igual que sé reconocer mis errores, cuando tengo razón la defiendo hasta el final, ¡caiga quien caiga!
-¿Sabes una cosa?
-Qué.
-Nunca me ha vacilado nadie tanto como lo hiciste tú con el tema del partido. ¡Joder, quedé como un estúpido! Te juro que de haber sido otro, estarías bajo tierra... lo que ocurre es que te sigo considerando como parte de <>. Hazme un favor, piensa en la oferta y hazme llegar la respuesta... De todos modos, sabiendo que estás aquí, pasaré a visitarte de vez en cuando.
-Puedes venir cuando quieras.
Le acompañé a la salida y se despidió dándome la mano.

Lo que jamás imaginé que acontecería había sucedido, ¿Qué nuevas sorpresas me aguardarían? Comenté los pormenores del encuentro a los camaradas; se quedaron confusos.
-No te fíes, seguro que se trata de una trampa -expuso uno.
-Estaré con los ojos bien abiertos. Tranquilos, que el que me la hace una no me la hace dos.
Por esa época, principios de 97, un camarada de Patria Libre, llamado Ernesto Cortina, me ofreció empleo en la empresa familiar. La compañía pertenecía a la familia del comandante Cortina, famoso por estar implicado en el 23–F. Mi amigo era su sobrino y yo conocía a su tío de pasada, por haber coincidido en alguna ocasión.
El tiempo transcurría deprisa y desde mi lugar en Suso´s vivía la que entendía como mi última etapa en la noche. Seguía compaginando empleos hasta que una tarde recibí una llamada desde Madrid. Se trataba de mi camarada Ernesto Cortina.
-Muy buenas, ¿qué tal por Valencia?
-¡Hombre! ¡Cuánto tiempo! Pensé que te habías olvidado de mí...
-¡De eso, nada! ¿Puedes venir el jueves de la semana que viene? Mi hermano precisa hablar contigo urgentemente.
-¿Sabes de qué?
-Asuntos de trabajo. Quiere que te incorpores a la empresa como delegado en Valencia... aunque yo no te he dicho nada.
-Entendido. ¿A qué hora tengo que estar y dónde?
-Sobre las seis de la tarde en las oficinas de López de Hoyos.
-Ahí estaré.
-¡Perfecto! Venga, un abrazo y nos vemos el jueves.
Me marché contento. Parecía que empezaba a ver una luz al final del túnel.
Unos días después me encontraba en Suso´s, cuando volvió a aparecer Roberto; esta vez vino directamente a saludarme y me ofreció una copa.
-¿Has sopesado la oferta de empleo que te hice?
-Sí, y aunque la agradezco, me han hecho una mejor.
-¿Puede saberse quién?
-Se trata de una empresa madrileña, pertenece a la familia del comandante Cortina, el del 23-F. Me han ofrecido un puesto de delegado en Valencia.
-¿Los conocías de algo?
-Traté bastante con un sobrino suyo por el tema político.
-Creo que te equivocas al optar por esa gente; de todos modos, te igualo la oferta económica y las condiciones.
-Gracias, pero no es cuestión de dinero.
-Siempre lo es.
-En mi caso puedo asegurarte que no, y lo sabes.
-Mira, Juanma, piénsalo y ya me responderás; pero quiero que tengas algo en claro: has estado con nosotros durante mucho tiempo y sabes cosas que no deberías conocer... Te aprecio y por eso te aviso de que mientras todo vaya bien entre los dos no habrá problemas, pero si alguna vez pretendes tirar de la manta o contar a terceras personas algo que me implique en asuntos turbios... Valencia será demasiado pequeña para que puedas esconderte. No te lo tomes como amenaza...
-¿Que no me lo tome como amenaza? ¡Joder, ésa sí que es buena! ¿Entonces debo entenderlo como un cumplido? ¡Venga, José Luis! ¡Si no sabes hablar sin amenazar!
-Se trata de un aviso. La gente con la que vas a estar se halla muy ligada al Cesid y tendrán interés en averiguar cosas...
-¿Has venido a intimidarme?
-No, es un aviso. Supongo que es hablar por hablar y nunca te irás de la boca. Te aprecio y respeto; no falles y tómate en serio la oferta. Sabes dónde localizarme.
Se despidió dejándome un mal sabor de boca, ¿A qué se debía esa actitud? Dispuse no tomármelo en serio y seguir con la mía. Lo que estaba claro es que jamás trabajaría junto a él.
El jueves siguiente acudí puntualmente a la cita en la capital. Me volví loco buscando la dirección hasta que logré dar con ella; subí a las oficinas, me esperaban Ernesto y su hermano Rodrigo, director general de la empresa. A este último no lo conocía de antes; sabía que era abogado y, de entrada, no me causó buena impresión. Se le veía demasiado estirado.
-Buenas tardes, señor Crespo. Lo he hecho venir con premura porque tanto mi hermano como mi tío, José Luis, han insistido en ello y creen que usted es la persona que precisamos en Valencia.
Le estreché la mano, sorprendido por lo que consideré un trato demasiado escrupuloso, ¡A fin de cuentas teníamos la misma edad!
-Es un placer conocerlo.
Nos sentamos en su despacho y acordamos mi incorporación en aproximadamente un par de meses, para principios de junio. Antes, ellos tenían que solucionar unos temas y buscar instalaciones.
-Mi padre es el Presidente; y mi tío, José Luis, uno de los principales consejeros. Ellos me han dicho que le transmita su propósito de acudir en breve a visitarlo.
-Me parece perfecto, así intercambiaremos impresiones.
Después de despedirme, fui a cenar con Ernesto. Esa misma noche yo regresaría a mi ciudad.
Proseguí la vida con normalidad aunque con los ojos bien abiertos por si Roberto volvía a cambiar de idea y pretendía perjudicarme. Pero la suerte me acompañó y a los pocos días recibí una llamada.
-Buenos días, ¿Es usted Juan Manuel Crespo? -preguntó la voz.
-Sí, ¿de parte de quien, por favor?
-Soy Antonio Cortina. Estoy con mi mujer y mi hermano en el hotel Astoria. ¿Podríamos quedar para comer hoy mismo?
-Por mi parte, encantado.
-¿Le parece bien a las dos en La Marcelina? Me apetece comer una buena paella y ver el mar...
-Estaré puntual.
La comida fue seria, aunque los tres se mostraron afables. La conversación versó sobre la futura delegación y las esperanzas que ponían en ella. Luego tratamos sobre política y se refirieron a mi experiencia con la fundación del partido y su final.
-Una de las causas que nos impulsan a emplearlo es precisamente debido a la entrega que demostró con su proyecto. Tenemos el deber moral de apoyar a quienes sobresalen -dijo Antonio Cortina, el padre de mi amigo.
Agradecí el detalle y me comprometí a hacer que funcionara la delegación. El comandante fue conciso y parco en palabras. Nos despedimos tras quedar en Madrid para un par de semanas después: había que ultimar detalles.
Ese mismo día comuniqué a los propietarios de Suso´s que en breve finalizaría mi compromiso con ellos, pero que hasta entonces seguiría al pie del cañón. Del mismo modo solicité la baja en Protecsa. Aunque siempre se comportaron impecablemente, decidí no ir tan agobiado de cara a mi próxima incorporación.
La segunda cita en la capital fue distinta. Acudí a las instalaciones de López de Hoyos y, desde ahí, Ernesto me llevó a un restaurante donde me aguardaban su padre y su tío; Rodrigo excusó su ausencia debido a un juicio donde ejercía de abogado. ¡Qué alivio!
Nos sentamos en un reservado y comenzaron a referirme las ventajas de la empresa: pagaban salarios según convenio, responsabilidad ante todo, eran los mejores del sector... y toda la serie de lindezas que suelen decirse cuando de lo que se trata es de vender un producto. Su lista de clientes también era buena: Construcciones Vallehermoso, Museo militar del aire, Partido Popular...
Antes de los postres seguimos hablando un buen rato y el padre de mi amigo me dio un consejo:
-De la relación con los clientes no quiero que diga ni una palabra a nadie. A partir de este instante usted es nuestra persona de confianza y se debe a nosotros, lo mismo que a la inversa; por eso le hemos otorgado un puesto de tanta importancia. Y otra cosa: evite que se conozca que mi hermano José Luis forma parte de la estructura de la empresa; eso podría perjudicarnos...
-Lo haré, pero no entiendo muy bien por qué eso debería afectar. Él resultó absuelto en el proceso y, aunque no lo hubiera sido, cada cual tiene derecho a pensar lo que quiera.
-No es tan sencillo. Verá, éticamente no resulta claro explicar por qué la empresa de seguridad de la familia de un golpista realiza la vigilancia en instalaciones militares. Es cierto que la adjudicación se hace mediante concurso público, pero algunos de los responsables de la adjudicación tienen lazos demasiado estrechos con mi hermano como para pasar inadvertidos... Por otra parte, somos una de las pocas empresas de seguridad españolas contratadas para escoltar a los concejales populares en las provincias vascongadas. ¿Puede suponer qué escándalo se produciría si se supiera que los del PP contratan los servicios de un militar enjuiciado en el 23-F? ¡Y no es un oficial cualquiera! ¡¡Es el comandante Cortina, uno de los jefes del Cesid!! ¿Entiende lo que le digo?
-Sí, supongo que sí... Aunque no comprendo cómo, sabiendo eso, los del PP han contratado sus servicios.
-Precisamente ahí radica el problema... ¡Muchos lo ignoran! Pero tienen mucho que callar...
-¿Por ejemplo?
-No se lo podemos decir.
-¿No decían que soy su hombre de confianza? Podrían demostrarlo...
Cayeron en su propia trampa. Noté que los ojos del padre de mi amigo se movían buscando una señal. Fue su hermano, el famoso militar, quien respondió a la pregunta.
-En el entorno del PP hay mucha gente noble y buena, pero, como en todas partes, también existen vividores que buscan hacer de la desgracia ajena un negocio. En este caso, hay algunos que están llenándose los bolsillos con el tema de las escoltas, se han montado sus propias empresas de seguridad y cobran comisión por adjudicar servicios.
-¿Esta empresa también paga comisiones?
- No voy a contestar a esa pregunta. Pero todas las compañías lo hacen; esos clientes reportan mucho capital a la empresa y resultaría impensable acceder a ellos sin pagar un tributo a determinados personajes... ¡Los negocios son así!
En mi interior comenzó a desarrollarse una pequeña batalla interna. ¿Es que todo radicaba en el maldito dinero? ¿Y los ideales? ¿Sería cierto que no servían para nada? Pensé en José Antonio, Ramiro, Onésimo... e incluso en el Ché y en Durruti... Todos ellos murieron defendiendo sus principios, y caí en la cuenta que prefería mil veces estos ejemplos que el de los otros, cegados por la ambición y la riqueza. Supongo que seré diferente; puede incluso que sea un gilipollas soñador, pero así es como pienso.
Mientras se desarrollaba el coloquio sentí curiosidad por hablar con el comandante sobre otros asuntos más interesantes. Decidí entrar a trapo.
-Durante muchos años he estado carteándome con el teniente coronel Tejero.
-¿Ah, sí? Hace tiempo que quedó libre -afirmó.
-Lo sé. Empecé a escribirle unos meses después del 23-F, cuando él estaba encerrado en el castillo de San Fernando, y mantuvimos una relación epistolar hasta poco antes de que él saliera del castillo militar. De hecho, llegó a invitarme a la ordenación sacerdotal de su hijo.
-Sí, tiene un hijo cura y otro militar -confirmó lacónicamente.
Percibí que la conversación no era de su agrado. Yo, por mi parte, ya estaba a punto de tirar la toalla, cuando Ernesto prosiguió el diálogo:
-Mi tío resultó el único absuelto en el proceso, no pudieron probarle nada.
-Igualmente no tendría nada que ver –expuse, con el propósito de tirarle de la lengua.
-¿Que no? -clamó su sobrino, riéndose-. Tío, cuéntale a Juan lo de los americanos...
El comandante dirigió a Ernesto una mirada seria.
-Si quieres hablar de este asunto baja la voz, las paredes oyen, ¡y sé muy bien lo que digo!
Decidí derivar la tertulia hacia otros derroteros menos comprometidos. El tiempo y el vino dirían el resto.
-Un íntimo de mi familia participó en los sucesos de Valencia, estaba de ayudante de Milans del Bosh -comenté.
-¿Mas Oliver? -interrumpió el militar.
-No, era otro teniente coronel. Después de la intentona lo postergaron a un cuartelucho de Castellón.
-Sí, se tomaban con frecuencia esas medidas.
-El golpe acabó en una chapuza; y eso que estaba muy bien preparado, ¿No, tío? -intervino Ernesto.
-No fue ninguna chapuza, como se ha dado en entender. Al contrario, estaba todo calculado al milímetro. Lo malo es que la fecha tuvo que adelantarse a la inicialmente prevista debido a las circunstancias políticas y sociales; de haberse realizado un par de semanas después, habría salido perfecto.
-Usted estaba como jefe del Cesid, ¿no?
-Más o menos... pero sí, gozaba de cierto poder en <>.
-¿Y si te dijese que mi tío acudió a la embajada de los Estados Unidos para anunciarles lo que iban a hacer, para no pillarles por sorpresa?
-Entonces, ¿es verdad que se pidió permiso a los norteamericanos?
-El 23-F ni fue ni el golpe ni la vacuna de nada. Luego resultó de todo un poco. En esos momentos existía un enorme caos en España, ETA asesinaba a diario y la crisis social era crítica. Muchos pensaban que no quedaba más remedio que preparar algo que pusiera un poco de orden ante tanto desenfreno y que, de paso, mantuviera en su puesto al rey, quien representaba la única garantía de unión. A la embajada norteamericana se acudió para plantear nuestros propósitos ante los responsables de <>.
-¿<>? ¿Se refiere acaso a los jesuitas? –inquirí, sorprendido.
El comandante soltó una carcajada.
-¡No, ni mucho menos! <> es el nombre en clave que utilizamos para referirnos a la CIA. No podíamos plantearnos nada sin antes ponerlo en su conocimiento... Bueno, retomando la conversación, te decía que incluso un par de generales viajaron a Washington para entrevistarse con Reagan. Cada detalle se cuidó al dedillo y no tenía porqué fallar nada.
-¿Y qué es lo que falló?
-Realmente nada y todo. Los americanos nos dejaron hacer, aunque sin demasiada ilusión. Suponte que los generales que viajaron a ver a Reagan hubieran sido recibidos por un mando militar norteamericano que hubiese transmitido el beneplácito de su gobierno y poco más. En España se cometió un error contando con Tejero. Él es un hombre de valor demostrado, pero no tenía que haberse encargado de ocupar el Congreso, ahí metió la pata Milans.
-¿Se lo encargó él?
-Milans confiaba en Tejero. Lo que sobrevino es que el guardia civil tenía un sentido muy especial de la disciplina; atendía las órdenes que le interesaban y las que no, las contravenía. Se trataba de un oficial de acción que hubiera servido como geo, pero no como mando militar. Me jode decirlo, porque lo considero un patriota y una persona de honor, pero así es.
-¿Usted sigue en el ejército?
-Uno es militar si lo siente; llevar uniforme es lo de menos. Varios miembros de la familia siguen con la vocación, e incluso algunos trabajan en <>; por mi parte, estoy desarrollando una empresa que creé y, junto con el proyecto de la empresa de seguridad, la verdad es que no tengo tiempo para aburrirme.
-¿A qué se dedica su otra empresa?
- A cuestiones informáticas...
-¡Anda ya! -dijo Eduardo-. Nuestra empresa se encarga de conseguir información para nuestros clientes. ¡En estos tiempos todo el mundo quiere saber cosas sobre la competencia!
<>, pensé.
-¡Hombre! No parece ser muy legal... -expuse.
-¡Ernesto! -clamó su tío-. Ya te he dicho que esas cosas no deben hablarse fuera de casa -dirigió la mirada hacia mí-. No lo digo por usted, pues merece nuestra absoluta confianza, pero no me fío de las paredes...
-Supongo que tiene razón -afirmé.
-Siempre hay cosas que deben permanecer ocultas. Poseer información significa tener poder -explicó el militar.
-Es lo mismo que dice siempre José Luis.
-¿José Luis? -repitió el comandante.
-Sí, tío... el de Levantina de Seguridad; se llama José Luis Roberto. Ya te he hablado de él...
-¡Ah, sí! Lo he oído nombrar.
-Él afirma que es del Cesid -comenté.
-¿Ése de <>? ¡Ya le gustaría! Seguro que no... ¡Vamos, eso se lo garantizo! Puede que sea un confidente, pero nada más.
Faltaban días para comenzar en la empresa de los Cortina cuando reapareció Roberto en Suso´s. Me llamó para invitarme a una copa; en esta ocasión se le veía simpático.
-Dentro de poco es el 18 de julio -comentó-. ¿Piensas venir a Serra?
-No sabía que pensabas organizar algo. ¿Puede saberse qué grupo convoca?
-Salva Gamborino ha dado su DNI a la delegación del gobierno para pedir autorización. Será un éxito, pienso llamar a todos los empleados y servirá de prueba de fuego.
-¿Prueba de qué...?
-Tengo la idea de montar un partido tal y como ideaste el tuyo, sin referencias al pasado y con discursos nuevos; lo de Serra servirá de carta de presentación. ¿Te interesa participar en el proyecto?
-No te lo tomes a mal, pero contigo no.
-En parte te entiendo, pero esta vez será distinto... Pienso llevarlo como una empresa. De entrada, todos los cargos deberán trabajar en Levantina de Seguridad, para evitar que se repita lo que hiciste... Además, he retomado las conversaciones con G. T. y espero poder reunirme pronto con Zaplana. Si tú vinieras daríamos una sensación de unidad y fuerza que nos beneficiaría a todos.
-¿Cómo? ¿Cogiendo más servicios para Levantina de seguridad?
-Ese asunto es indiscutible. Además, es más seguro que ir recogiendo dinero por aquí y por allá. Si te interesa, hallaré la forma de que ganes mucho más de lo que has soñado; piénsatelo.
-Lo tengo pensado; de todos modos, te lo agradezco.
-El nuevo partido no se llamará Falange ni nada parecido. Tiene que transmitir ideas nuevas para que vean que suponemos un riesgo real de cara a unas elecciones.
-¿Pensarás alguna vez en los demás aparte de en tu beneficio?
-Escucha... ¡Soy tan sindicalista como tú! Predico con el ejemplo proporcionando empleo a los camaradas...
-¡Menudo ejemplo!
-¡Déjate de idealismos baratos, la única forma de que te siga la gente es teniéndolos bien cogidos por el bolsillo!
-¡Pues tendrás que crear una empresa capaz de emplear a cuarenta millones!
-¡No seas absurdo! La cuestión no es ganar, sino vender la idea de que podemos conseguirlo. Sé que no me entiendes, pero algún día comprobarás que tengo razón.
-Lo dudo, José Luis.
La madrugada del 18 de julio de 1998 yo seguía en mi puesto de Suso´s; unas semanas atrás había comenzado en mi nuevo puesto y entre unas cosas y otras andaba bastante liado. A las cuatro entró Ángel Mayor, el de las escuchas de la diputación, se acercó a mi lado y, sin más preámbulos, dijo textualmente, en tono amenazante:
-Vengo a advertirte, de parte de Roberto, que no te extrañe si dentro de poco vienen un par de personas a hacerte una visita.
Me quedé inmóvil. No me esperaba una amenaza... además, ¿a cambio de qué? ¡Y encima en mi trabajo! La extrañeza abrió paso a la ira. Me acerqué a Ángel hasta situar mi rostro a un centímetro escaso del suyo y exclamé:
-Pues escucha atentamente el mensaje porque quiero que se lo transmitas literalmente. Le dices a José Luis que bastante liado estoy, trabajando como un burro, como para tener que aguantar sus memeces... ¿Lo has cogido?
-Sí.
-Pues sigue tomando nota, que aún no he acabado... Luego le dices que, como venga alguien a tocarme las narices o note una abolladura en el capó del coche o incluso una cagada de paloma, iré a su empresa y, por muchos machacas que tenga, le arrearé tal somanta que se va a acordar de mí. ¡¡Entendido!!
-Sí, pero...
-¡Todavía no he acabado, gilipollas! También quiero que le comentes que no le tengo ningún miedo, y que, como siga en ese plan, acudiré a denunciar sus tejemanejes con la policía a la Audiencia Nacional o al Tribunal de Estrasburgo, si hace falta... ¡Ya hay bastantes muertos en el armario como para que quede impune ese puto cabrón! ¡¡Y eso también va por ti!! ¿Comprendido, o quieres que te lo deletree?
Asintió, pálido como la cal: sabía perfectamente que yo conocía datos precisos sobre algunos turbios asuntos que no me interesaba descubrir.
-Sí, pero creo...
-¡Te equivocas! ¡¡Tú no crees nada!! ¡¡Haz lo que te he dicho y punto!! ¿Entendido?
-Sí.
-Muy bien, ahora vas a salir por donde has entrado y no quiero volver a verte en mi vida. Y no dudes de que hablo en serio. ¡Estoy harto de soportar a impresentables mafiosos de mierda!
Acabado mi discurso, Ángel salió sin volver la vista atrás. No suelo enfadarme y odio hacerlo, pero tanto cúmulo de amenazas me tenían más que harto y acabé explotando. Sabía que Mayor, como siervo fiel, daría el recado. Y yo tendría que estar con los ojos bien abiertos.
En informaciones posteriores me enteré de que el cabreo de Roberto venía motivado porque al acto de Serra no acudieron ni media docena de personas. Su frustración se la cobró conmigo, aunque lo peor aún estaba por llegar.
No había transcurrido ni una semana desde que Ángel Mayor vino a amenazarme y desde entonces no había sabido nada, aunque esperaba respuesta del de Levantina de Seguridad.
Aquel jueves quedé en ir a cenar con un par de amigos al restaurante de VIPS, en la Gran Vía Marqués del Túria. Las manecillas del reloj marcaban las diez cuando conseguimos mesa justo al lado de la puerta; me senté de espaldas a la misma, mirando hacia el comedor y frente a mí se acomodaron mis acompañantes. No llevaríamos ni diez minutos cuando percibí de refilón a alguien cuyo inconfundible caminar me resultaba familiar. Giré con disimulo y observé a Roberto: iba acompañado de una chica rubia y de un hombre alto y fornido. A ella la conocía de vista y sabía que se trataba de su nueva novia, una prostituta del este; al otro no lo había visto jamás, aunque por su aspecto también semejaba un ciudadano del este... probablemente un matón de Roberto.
No repararon en mí, aunque sería cuestión de tiempo que lo hicieran. La casualidad quiso que les ofrecieran sitio justo delante de nosotros, a escasos tres metros; y que Roberto se aposentara de frente a nosotros. Cuando curioseara en mi dirección me vería de lleno.
Proseguí comiendo como si tal cosa, cuando lo inevitable acaeció.
El de Levantina de Seguridad acababa de fijar sus ojos en los míos y noté que se le transformaban las facciones; musitó algo al oído del otro y, tras escrutarme, se levantaron marchando en mi dirección.
-¡Hombre, Juan! -pronunció cínicamente-. ¡Qué ganas tenía de verte! Precisamente vengo con un amigo ruso que lleva varios días buscándote...
Sin pensar muy bien por qué, me levanté y anduve hacia el gorila a la vez que le ofrecía la mano. El pobre chico no entendía nada y me la estrechó con cara de circunstancia, ante la mirada asombrada de Roberto, quien, enfurecido, se acercó en plan amenazante:
-¿Vas de listo, pringao? ¡Quién coño te crees que eres para amenazar con denunciarme! ¡No tienes ni idea de con quién te estás metiendo! -soltó.
Noté que el cachas se situaba discretamente a mi izquierda para controlarme, mientras su amo avanzaba con los ojos desencajados. Me puse en guardia e increpé:
-¡No des un paso más, te lo advierto, José Luis! ¡¡No quiero líos, pero no me busques las cosquillas!!
La presencia del otro proporcionó agallas a Roberto, que anduvo hasta colocar su cara rozando la mía.
-¡Esta vez no escapas! -amenazó-. ¡Lo que le dijiste a Ángel vas a pagarlo!
Observé que el resto de los clientes contemplaban la escena, atemorizados. En una esquina distinguí el uniforme verde del vigilante de Prosesa disponiéndose a intervenir y comprendí que no podía dejar que el macarra que tenía enfrente siguiera chillándome sin más. Decidí plantar cara... ¡Y a por todas!
Preparé la estrategia de defensa. A escasos centímetros de mi mano tenía un vaso de cristal. Si el ruso se acercaba un milímetro, se lo estrellaría en la nariz, en donde no hay músculos. El de Levantina de Seguridad no me preocupaba: patada en la entrepierna seguida de un fuerte cabezazo en el tabique nasal y caería redondo. Con el plan trazado y la adrenalina a punto de salir por las orejas, lo reprendí:
-¡¡Escucha gilipollas!! ¡¡O te apartas de mí antes de un segundo o de la leche que te arreo van a sacarte de la pared con escoplo!! ¡¡Si tienes lo que hay qué tener, sal conmigo a la calle!! ¡¡Tú y yo solos, sin mirones ni machacas!!
Mi inesperada reacción provocó que José Luis retrocediera un par de pasos. Debió pensar que iba a atacarlo. Rápidamente metió la mano bajo la chaqueta y empuñó, sin sacarlo del cinto, un pistolón plateado.
Se sintieron gritos de pánico y el vigilante corrió hacia mi agresor. Viéndolo llegar, Roberto gritó:
-¡Estate quieto, hijo de puta! ¡Si das un paso más, estás acabado!
El de seguridad se quedó indeciso a un par de metros y al instante apareció una segunda persona vestida con traje y corbata.
-Soy el encargado del local... Por favor, esconda el arma.
-¡Tengo autorización para portarla! ¡Soy jefe de seguridad de Levantina de Seguridad y esta pistola es legal!
-De acuerdo... de acuerdo... es legal. Sé quien es usted y créame que sólo quiero evitar problemas.
-¡No pienso salir de aquí! ¡Y dile a ése que como se acerque un paso lo frío a tiros! -dijo refiriéndose al de Prosesa.
-Tranquilo que nadie lo va a echar ni a ponerle la mano encima. Por favor... -indicó al vigilante-. Márchate a la puerta, el señor es un cliente conocido.
Mientras éste obedecía la orden y volvía a su puesto, Roberto, un poco más tranquilo, sacó la mano de la <>.
-Voy a sentarme, ¡pero no pienso irme!
-De acuerdo... no se vaya... pero, por favor, siéntese en esta otra mesa que le hemos preparado –dijo, señalando a una más apartada.
Roberto accedió y, tras lanzarme una mirada amenazante, acudió a instalarse en su nuevo emplazamiento.
Mis amigos estaban más blancos que la cal. No se esperaban esa película.
-¡Oye! Acabamos de cenar y nos vamos, ¿vale? -dijo uno.
-No. Si os queréis marchar os vais, pero yo me quedo. Si salgo antes que él pensará que le temo.
Roberto debió de cavilar lo mismo y aguantó a largarse hasta las tres, hora del cierre. Salí tras él sin aparentar nervios. La guerra acababa de comenzar. En lo sucesivo intentaría actuar con cabeza y no caer en nuevas provocaciones.

Luego comenzaron a llegarme rumores sobre José Luis, en relación al enfrentamiento de VIPS.
-Debes andarte con mucho ojo, ayer convocó a varios de sus hombres de confianza para tratar sobre ti. Van a quitarte del medio; no estaría de más que te agenciaras una pistola -me avisó un amigo, trabajador de Levantina de Seguridad.
-Ya veremos lo que hago; de todos modos, gracias por el consejo.
Acentué la guardia para prevenir posibles <> y, tras mucho meditarlo, decidí prescindir de llevar arma. Emplearla sólo empeoraría las cosas, y la experiencia me decía que, si alguien va a por ti, por muchas pistolas que lleves acaban pillándote, y el resultado suele ser peor.
En esos días, Suso´s se convirtió en un centro de cotilleos respecto a la disputa que manteníamos con Roberto. Muchos ex compañeros de <> acudieron a prevenirme, desatendiendo las órdenes de su jefe. A todos vosotros, compañeros, muchísimas gracias, de corazón.

Durante un año y medio permanecí en la nueva empresa de seguridad. Uno de los primeros clientes que capté poseía una discoteca. Éste, además de contratar la seguridad, pidió que le proporcionara camareras para las barras. Recurrí a una amiga que trabajaba en una agencia dedicada a proveer profesionales para estos menesteres y ésta me facilitó un listado de chicas; mi mujer telefoneó a varias y quedó con dos que se encontraban dispuestas a incorporarse inmediatamente. Una de ellas, llamada: Iris Aparicio Tomás, preciosa rubia de ojos verdes, me prendó desde el primer momento e iniciamos una relación. Lo que pretendí que fuera rollo de una noche acabó convirtiéndose en un noviazgo de más de tres años. Siempre supuse que salía conmigo porque económicamente me iba bien, pero yo era feliz y no me importó. Al poco de conocerla, y comportándome como un verdadero canalla con la persona que un día llevé al altar, me separé legalmente de mi mujer y decidí volcarme en mi nueva pareja.
Paralelamente, me entregué a la empresa buscando servicios y trabajadores para cubrir los puestos. Hacía de todo: delegado, secretaria, jefe de personal, señora de la limpieza y chico de los recados.
En Madrid ponían mucho interés, pero la delegación les venía grande... y no precisamente por exceso de clientes, sino porque se ahogaban en un vaso de agua y no estaban preparados para afrontar el reto de la expansión.
A mí me faltaba experiencia comercial e intentaba suplir esa carencia doblando en el trabajo; cada día visitaba a no menos de diez posibles interesados. A los seis meses trabajábamos en Castellón, Valencia y Benidorm.
En la empresa había buenas intenciones, pero poco más. Rodrigo Cortina estructuró la empresa como un ministerio: muchos formalismos pero poca iniciativa. Para atender cualquier petición de clientes, como, por ejemplo, una ampliación de horarios, tocaba realizar tal maraña de gestiones que, cuando la ampliación se autorizaba, el contratante ni se acordaba de que la había solicitado.
Encontré el gran inconveniente de buscar vigilantes en una época en la que prácticamente estaban todos ocupados y nadie se arriesgaba a dejar su empleo fijo para ir a una empresa a la cual no conocía ni la madre que la parió. Los trabajadores acudían fiándose de mi palabra.
Al cabo de un año, la situación era insostenible. Los empleados cobraban tarde y mal; la administración era sencillamente patética y amenazaron con dejar de trabajar hasta que les pagasen lo acordado.
Para solventar el problema me tocó hacer a la vez de representante de empresa y delegado sindical; al final, para evitar que la gente se marchara, tuve que adelantarles de mi sueldo lo que la empresa les adeudaba.
Cuando se cogieron los servicios de Benidorm, el asunto empeoró. Los vigilantes acudían diariamente desde Valencia para cumplir con doce horas consecutivas de trabajo; para llegar tenían que realizar 350 kilómetros en coche y gastar mil quinientas pesetas por jornada, en concepto de peaje de autopista. La empresa quedó en pagar esos gastos y las dietas, pero al cabo de un mes hicieron las cuentas y no les cerraban, con lo cual optaron por costear solamente mil doscientas pesetas por hombre y por día; es decir, que, para los de seguridad, acudir a ejercer su función les suponía poner capital de su propio bolsillo.
Busqué una salida, pero hablar con Rodrigo implicaba discutir con una pared de hormigón armado y, evidentemente, los muros no entienden razones... Solución: con mi sueldo aboné los estipendios... pero tampoco alcanzaba. Se me ocurrió otra alternativa: le pedí a Ernesto que me autorizara a emplear para ese menester directamente el dinero en efectivo con el que algunos clientes satisfacían sus facturas, y que luego ya haríamos cuentas; él dio el visto bueno y así se hizo. Pero al cabo de varios meses se volvió atrás, debido al enfado de Rodrigo al enterarse que dicha medida se había tomado sin su consentimiento.
Los ánimos de los trabajadores ya estaban bastante caldeados y esta nueva situación hizo desbordar el vaso de su paciencia. Para más inri, en Madrid declararon una quiebra técnica para evitar pagar los salarios completos... Ante esa medida, los clientes bloquearon el pago de facturas y emplearon ese dinero en liquidar los jornales de los vigilantes.
El enfado de los responsables de la empresa provocó que fuera yo quien pagara los platos rotos. Al poco tiempo se enfriaron las relaciones y solicité la baja voluntaria. En cuestión de semanas fueron rescindidos los contratos con el grupo en toda la Comunidad Valenciana.
Durante el periodo que permanecí en la empresa me tocó aportar más de setecientas mil pesetas de mi paga para contribuir a liquidar las mensualidades incompletas del personal; esa actitud me granjeó las simpatías de estos y también de los clientes, quienes me propusieron formar mi propia compañía de servicios con la garantía de que ellos los contratarían. Así lo hice.
Durante ese periodo, varios ex empleados presentaron diversas denuncias en contra sus anteriores jefes, y éstos a su vez me reclamaron judicialmente las ochocientas mil pesetas que se emplearon, con su conocimiento, para satisfacer a sus asalariados.
Sin importarme mucho el asunto legal y con la conciencia bien tranquila, me esforcé en poner en marcha mi inesperado negocio y, de paso, hacer feliz a la persona que quería y por la que pensaba darlo todo.
Mis inicios como empresario resultaron difíciles, pero me esforcé en serio y, poco a poco, fui consiguiendo trabajos. No desaprovechaba ni un minuto en tratar de conseguir que resultara todo perfecto, me rodeé de un buen equipo e incrementé los jornales en un diez por ciento por sobre lo contemplado en el convenio; con esta medida pretendía crear fidelidad y buenos profesionales que sintieran como propia a la empresa. Con relación a los clientes, agilicé todas las gestiones de forma tal que, con sólo levantar el teléfono, tuvieran solución a sus demandas, e inicié una relación cercana.
De las primeras doscientas mil pesetas brutas que facturé el primer mes, pasé a veinticinco millones mensuales en menos de un año... ¡Y hacia arriba! Tuve suerte de lograr excelentes trabajadores y un selecto grupo de clientes, lo que provocó la envidia de más de uno y sobre todo de mis antiguos jefes.
Me denunciaron por competencia desleal y Roberto, sencillamente, comenzó a llamar a quienes me contrataban con la intención de amedrentarles. Pero estas contingencias no resultaron perjudiciales para mi imagen; al contrario, la gente conocía de sobra a estos individuos y sabía que no eran trigo limpio... Que me enfrentara a ellos utilizando sus mismas armas levantó una cierta corriente de simpatía.
Mi relación sentimental marchaba viento en popa, me desvivía por mi novia colmándola de regalos e invitándola a viajes por toda España; ella, por su parte, aunque se quejaba de que yo siempre estaba trabajando y de vez en cuando sentía celillos al recordar que anteriormente estuve casado, también me satisfacía con obsequios y mucho cariño aparente.
Todo funcionaba perfecto: tenía mi hija, a la que adoraba, una novia perfecta, una empresa que comenzaba a levantar cabeza, dos negocios más en camino... ¡Nada podía romper tanta dicha! Pero lo impensable sucedió y precisamente por parte de quienes menos podía imaginar.
A mediados del 2001 ya llevaba más de dos años con el negocio y casi tres con mi pareja, quien me había presentado a su familia. Entre ellos congenié con un familiar, Enrique Tomás Segarra, propietario de: Ibérica de Automóviles, dedicado al negocio de venta de coches y con el que en poco tiempo entablé una buena relación que culminó en la contratación de los servicios de mi empresa.
Muchas mañanas acudía a visitarlo y él siempre me invitaba a desayunar. Lo admiraba porque se había hecho a sí mismo. Comenzó de mecánico y en unas décadas fundó una serie de empresas que lo convirtieron en uno de los personajes clave del sector automovilístico de Valencia. Siempre que tenía ocasión yo le manifestaba mi intención de llegar a ser cómo él en el terreno profesional. Pero un día me contó su verdad y se desmoronó su imagen...
Nos encontrábamos tomando café en la pequeña cafetería que tenía montada en su nave industrial, cuando me refirió sus inicios empresariales.
-La solución para lograr alcanzar el éxito radica en el esfuerzo y mucho, muchísimo trabajo. Tú vas por buen camino y llegarás a triunfar en el negocio que has emprendido; el sector de la seguridad está en auge y sólo precisas un pequeño empujón -expuso.
Entendí su consejo como una velada proposición para invertir en mi proyecto, máxime cuando meses atrás me había referido su intención de constituir una compañía de vigilancia de <>.
-Sí, la verdad es que tengo muchísimo trabajo y en ocasiones se me hace cuesta arriba llevar todo el peso en solitario... aunque tengo la esperanza de encontrar un socio, al principio ni me lo planteaba... pero es mucha faena para mí sólo -dejé caer cómo si tal cosa.
-Todo cuesta y nadie se hace rico trabajando... –reveló Enrique Tomás.
-¡Hombre, tampoco es así! -expuse ingenuamente-. Usted mismo es un ejemplo de que mediante el esfuerzo se puede arrollar en los negocios.
Me contempló sonriendo y añadió:
-Cuando tenía veinte años, todos mis amigos salían los fines de semana con sus novias. Yo, por el contrario, me tomaba, el <> y marchaba a Portugal; con mi sueldo compraba coches usados que luego revendía en España y así logré mis primeros beneficios... pero sólo con eso nunca habría podido llegar a la posición económica actual.
-No entiendo lo que pretende decirme.
-Pues que, en ocasiones, hay que ser avispado para entender en dónde está el dinero. Con motivo de mis viajes a Portugal conocí a personas que me conseguían los coches a menor precio, con lo cual obtenía más beneficios... Siempre supuse que quizá habría algo sucio detrás...
-¿Algo sucio?
-Sí, me refiero a que fueran coches robados... Pero, ante esas dudas que se me planteaban, pensaba siempre en mi familia y decidí que valía la pena arriesgarse por ella, al menos hasta lograr unos ahorros que pudieran permitirme montar mi propio taller. ¡De todos modos alguien iba a lucrarse con esas ventas! Pues, para que se forre otro, me forro yo y que lo disfruten mis hijos... El secreto está en saber parar; si entra dinero fácil y te acostumbras a él... ¡Malo!
Su confesión me dejó atónito. Sencillamente, no me lo esperaba.
-Te cuento esto porque ya eres como de la familia; por supuesto confío en tu discreción...
-Claro... claro... –repetí, aturdido.
-Si sigues queriendo un empujoncillo podemos encontrar una solución...
-Yo... es que no creo que valga para vender coches robados.
Mi interlocutor rió por mi ocurrencia.
-¿Quién habla de coches robados? Eso sucedió hace mucho tiempo... ahora, el dinero está en otros sitios más fáciles.
-¿En dónde? -pregunté.
-En el oro blanco, la cocaína.
Ante dicha afirmación sentí un cosquilleo y percibí que se me erizaba el vello, ¿Habría oído bien?
-¿Ha dicho la cocaína?
-En la época del oeste era en el oro donde residía la riqueza. Actualmente es mediante la coca la forma en que puede hacerse fortuna en poco tiempo. Lo que pasa es que hay que tener cabeza para saber decir basta; de lo contrario, acaba volviéndose todo en contra. Para ganar dinero y disfrutarlo hay que tener una poderosa infraestructura. ¿Te interesa el asunto?
-Pues la verdad es que no sé, toda la gente que conozco relacionada con la droga ha acabado mal.
-Eso ha sido porque no pueden justificar ingresos y no han sabido parar. El negocio de la coca es nefasto si además no dispones de otro medio de vida. Es más, la cocaína en sí no es un negocio, sino una ayuda para afrontar los momentos malos y superar el bache.
-¡Pero es ilegal! Se trata de sustancias prohibidas y perjudiciales...
-También son perjudiciales el tabaco y el alcohol, la diferencia entre unas y otras radica en que unas son drogas legales, pagan impuestos y las otras no. Además, no se le obliga a nadie a comprar... es una decisión libre; pero, si te interesa, el trabajo que podrías realizar es comercial... No tendrías que vender, ni siquiera verla. Es lo que hago yo, hay una estructura y no me acerco ni a un sólo gramo.
-¿Y qué tendría que hacer?
-Comprar empresas -expuso escuetamente-. Tú misión sería indagar negocios en quiebra que comercien desde hace años con cualquier país de Hispanoamérica, luego buscas un testaferro y comprarlos. No te preocupes de los pormenores, que ya te pondré al día.
-Pero, la policía...
-¡Olvídate de la policía! ¡Ésos son los que menos deben preocuparte! Además... ¿quién piensas que la distribuye?
-¿La policía?
-Tengo algunos buenos contactos con ellos, se encargan de la distribución y avisan si alguien mete las narices más de la cuenta. Pero, la verdad, hasta la fecha no he tenido ningún problema en ese sentido. Aparte de todo, en ocasiones les cedo coches para realizar seguimientos o para alguna ocasión especial; sin ir más lejos, hace poco le dejé un vehículo de alta gama a un comisario para la boda de su hija. Tú hazme caso: esta gente, si ve dinero de por medio, no representa el menor problema.
No me sorprendió su afirmación, aunque desconocía su estrecha relación con este cuerpo. Por mi trabajo sabía que en todos los negocios ilícitos siempre había un policía metido. Tengo muy buenos amigos en este gremio y sé que la mayoría de ellos son honrados, pero el dinero fácil atrae... y algunos no son de piedra.
Al escuchar estas aseveraciones, recordé el consejo que nos dio en cierta ocasión un inspector de la Policía Nacional a un grupo de vigilantes: <>. Y eso es lo malo; si lo haces, corres el riesgo de convertirte en uno.
-¿Tengo que contestarle ya?
-Si tienes cualquier clase de duda consúltalo con la almohada y ya me dirás tu respuesta la semana que viene. Pero si eres listo dirás que sí. De todos modos, no comentes nada de este asunto ni a mi sobrina ni a nadie.
-De aceptar, ¿cuánto dinero podría llegar a ganar?
-Tendría que calcularlo, pero organizando una entrada de mil kilos... serían entre ciento cincuenta y doscientas mil pesetas por kilo.
Hice cálculos mentales y la cuenta me dio una media de... ¡Doscientos millones de pesetas!
-Es mucho dinero -lancé.
-Ya te he dicho que es el oro blanco. Piénsatelo y hablamos en serio.
Abandoné su compañía con un tremendo pesar. Nunca supuse que alguien tan respetable pudiera dedicarse a una actividad tan sucia. Había trabajado muchísimos años como vigilante en las más conocidas discotecas de la <>; cientos de veces me ofrecieron rayas de coca, pero nunca accedí a probar ni siquiera un porro. Odiaba esas sustancias precisamente porque las conocía... ¡No personalmente! ¡No vayan ustedes a pensar...! Y durante las noches que presté servicio, presencié peleas, paranoias, accidentes de tráfico e incluso lloré por más de un conocido, muerto por consumir droga. Sentía inquina hacia ese mundo y siempre dije NO a las propuestas que me realizaron en algunos locales, ya sea para distribuir esa bazofia o por hacer la vista gorda. Es cierto que nunca me ofrecieron tanta cantidad de dinero, pero eso era lo de menos. Mis principios vitales eran tres y en este orden: familia, justicia y patria... y no la riqueza a costa de destrozar familias. Decidido: nunca traficaría, por mucho dinero que estuviera en juego, y así se lo haría saber a este señor.
Pasados unos días lo telefoneé y le comuniqué que no sólo no accedía a su sugerencia, sino que había decidido rescindir, unilateralmente, el contrato que me unía con él. Mi osadía no acabó de sentarle bien y me colgó con un lacónico: <>.
No manifesté nada a Iris Aparicio Tomás, mi novia, sobre este sucio asunto, pero supo que mi empresa ya no trabajaba con su tío y me lo recriminó.
-¿Qué ha ocurrido? Te dije que no me hicieras quedar mal. ¡Cuéntame qué han hecho tus vigilantes!
Aunque al principio no conté nada, viendo que su enfado iba a más, decidí sincerarme; pensé que la fobia que ambos compartíamos hacia ese tipo de sustancias nos uniría en este caso... pero no fue así.
Me tachó de mentiroso y acudió a ver a su tío Enrique Tomás Segarra, para averiguar qué había de cierto en toda esa historia; evidentemente, él lo negó todo y, como era de esperar, ella lo creyó.
A los pocos días me citó en su despacho para liquidar las facturas pendientes. Pero no sólo no pagó la deuda, sino que me echó una bronca de padre y señor mío.
A partir de ese instante, y para cubrirme las espaldas, comencé a recopilar información sobre este empresario... por lo que pudiera pasar.
Así supe, por ejemplo, que un año antes, Enrique Tomás Segarra, mandó a su sobrino Miguel Ángel Aparicio Tomás, hermano de Iris, que simulara un robo en su chalé con el objeto de cobrar el seguro. Miguel Ángel no puso reparos, máxime cuando su tío le entregó un millón de pesetas por fingir el asalto. Esta pequeña cantidad, no supuso una fortuna para Miguel Ángel, quien desde hacía años traficaba con cocaína y éxtasis; el gran beneficiado de la estafa fue Enrique Tomás, quien cobró de la compañía de seguros, cien millones de pesetas.
También supe, que en el negocio de la cocaína que me ofreció Enrique Tomás, no participaba solo. Entre sus socios contaba con altos cargos del PP y altos, muy altos, cargos policiales del gobierno de Aznar.
Con todos los datos que había averiguado y sin saber exactamente cómo actuar, decidí hablar con mi padre y pedirle consejo profesional. Igualmente le dije que se informara de la forma más idónea para denunciar una serie de delitos graves contra Roberto, en los cuales estarían involucrados ciertos policías. Éste escuchó atentamente mi versión y optó por acudir a fiscalía a explicarle los hechos a algún fiscal amigo suyo; tuvo suerte y habló con el fiscal en jefe, Enrique Beltrán, exponiéndole mis confidencias. Éste, a su vez, contactó con el fiscal antidroga, Luis Sanz, y trataron sobre el asunto de la cocaína. Al final se decidió abrir una investigación. Lo malo es que Sanz no se fiaba del Grupo Fiscal Antidroga de la Guardia Civil (GIFA) y le tocó pedir al homónimo de Madrid que realizara las indagaciones. Sobre el tema de Roberto le recomendaron a mi padre que no lo hiciera trascender, porque mi vida podría estar en serio peligro.
-Me ha dicho Beltrán que, sobre el asunto de José Luis Roberto, precisarían más datos sobre los hechos precisos que quieres evidenciar, así como el nombre de los policías implicados -señaló mi padre.
-Desconozco el nombre de los agentes, pero conozco los pormenores de cierto asesinato ejecutado como favor a una serie de policías y debido a un ajuste de cuentas entre mafias policiales de droga y prostitución. Sólo puedo anticipar que


Informe sobre el archivo de la denuncia interpuesta por Juanma Crespo

conozco la identidad del sicario y que la muerte se perpetró intentando imitar el mismo modus operandi que los GRAPO, para inculpar a éstos y desviar las investigaciones.
Entre tantos formalismos legales, el asunto trascendió y la familia de mi novia me mandó un recado: <>.
Por parte de Levantina de Seguridad llegó el rumor de que seguían queriendo quitarme del medio.
Por otra parte, la relación con mi pareja pasaba por un delicado momento debido a la filtración del dato de que yo había denunciado a su tío. Me encontraba a finales del 2001 y estaba inmerso en un lío espantoso. Para acabar de rematar la faena, mi empresa no daba abasto, acababa de firmar un contrato con la mejor constructora de Valencia, Construcciones Ballester, para iniciar el 15 de enero de 2002 el servicio de vigilancia en una docena de urbanizaciones y hoteles de su propiedad. Asimismo, acababa de quedarme con una franquicia de la prestigiosa empresa de alarmas, ADT, y me hallaba legalizando una compañía de seguridad... Estaba de trabajo hasta las cejas y mi novia, a la que empleé cómo directora de recursos humanos, se encontraba más preocupada en solucionar el asunto con su familia que en emplearse a buscar el personal que precisábamos.
La relación sentimental parecía abocada al fracaso, aunque supuse que eso no sería inconveniente para que ella cumpliera con sus obligaciones laborales. Volví a equivocarme: el dos de enero, Iris robó documentación y dos millones y medio de pesetas que guardaba en la oficina y desapareció con todo.
A raíz de esta circunstancia, mi vida dio un giro insospechado que la modificaría por completo.

Monday, March 03, 2008

CAPITULO 8
Paralelamente al discurrir de Levantina de Seguridad, la vida ultra seguía su ritmo.
En 1995, tenía plena conciencia de que Roberto era un manipulador nato y un individuo sin escrúpulos. Por mi parte, me limitaba a trabajar en su empresa lo mejor posible y a seguir el curso de los acontecimientos sociales desde un discreto segundo plano.
Pero habían pasado bastantes años desde el hundimiento de las opciones de extrema derecha tradicionales y, en el <> se apreciaban tímidos intentos de formar algo nuevo.
La Alianza para la Unidad Nacional de Ynestrillas supuso el pistoletazo de salida de los intentos por hacer resurgir lo que permanecía dormido desde hace una década. A este esbozo político se unieron otros, y aunque sabíamos que la labor sería ardua, muchos comenzamos a ilusionarnos, con el convencimiento de que, al final, alguno acabaría fraguando.
Que las organizaciones de tipo patriótico estaban de capa caída era evidente; que se encontraban profundamente fragmentadas, también. Pero lo cierto es que, después de un prolongado letargo, comenzaban a activarse.
Por una parte, las diversas ramas falangistas, inmersas en plenas batallas internas, intentaban encontrar el ansiado <> y, de paso, copar las perspectivas de la <>; por otra parte, los últimos residuos del franquismo, personificados en la perdurable imagen de Blas Piñar, entendían que cualquier nuevo partido que se ideara tendría que pasar indiscutiblemente por ellos. Y, entre tanta intriga, los únicos que obraban en silencio, ocupando posiciones, eran los veteranos dirigentes nazis de Cedade: éstos acababan de hacerse con la directiva de Democracia Nacional y seguían queriendo encuadrar a personas afines en el resto de las organizaciones <>. Después de más de medio siglo de su derrota en los campos de batalla, y conocedores de que en España algo de lo que se urdía acabaría por solidificar, tenían decidido participar seriamente en la escena política, aun a sabiendas de que les tocaría dejar el traje de lobo en el baúl de los recuerdos y mostrar a la sociedad el de apacibles ovejitas.
La segunda mitad de los noventa partía, pues, con nuevas ideas. Todas las formaciones soñaban con arrancar parte de ese 13 por ciento del electorado que, según el CIS, se encontraría dispuesto a votar alguna opción de las representadas por los partidos de la ultraderecha hispana. Para no desguarnecer ningún flanco, las iniciativas abarcaban desde las posiciones más radicales de la derecha arcaica hasta las allegadas a lo que podría entenderse como afín a la extrema izquierda social, pasando por las organizaciones católicas y las que hacían un guiño al mundo islámico. La ensalada de gustos estaba sobre la mesa, sólo faltaba esforzarse en serio para lograr frutos.
Una mañana recibí una llamada desde Madrid. Se trataba de mi amigo Fernando. Él me presentó a Ynestrillas, a García Juliá y a muchos otros. Desde su puesto en la FE-JONS, conocía a las grandes figuras ultras. Me alegré al escuchar su voz.
-¡Oye, Juan! -explicó-. Este sábado voy a estar en Valencia; tenemos una comida prevista con la delegación provincial de la Falange y acudirá el nuevo jefe nacional.
-¿El nuevo jefe nacional? -repetí extrañado-. ¿Y con Diego Márquez qué ha pasado? ¿Ya no ocupa la jefatura?
-¡Joder, tío! ¡No estás al día! A Diego lo echamos hace tiempo de su puesto, aunque sigue incordiando.
-¿Y eso?
-No supo reconocer su derrota en las elecciones internas, y se marchó con sus partidarios a otra sede. Pero con Gustavo vamos a levantar cabeza. ¡Es un tío cojonudo! -afirmó pletórico.
-¿Has dicho que se llama Gustavo?
-Sí, Gustavo Morales. Es periodista y viene de los <>, pero se trata de una persona inteligente y con ganas de hacer cosas.
Sentí sorpresa al escuchar que provenía de la Falange Española Auténtica (FEA), los <>, en nuestro argot. Los miembros de este sector falangista se enorgullecían de haber sido perseguidos por el régimen franquista y en su activismo contra éste desde la clandestinidad. Durante los duros años de la transición, ornamentaron sus locales con retratos del Che, junto al de José Antonio, y se decía que llegaron a desfilar en Cuba delante de Fidel Castro, e invitados por éste.
La FEA se trataba de una de las múltiples ramificaciones de la histórica Falange. Además, estaban la Falange Española Independiente (FEI), el Movimiento Falangista (MF), las Falanges Gallegas (FF.GG.) y una larga lista de grupos similares, alguno de ellos con una militancia mínima.
En ocasiones pensaba que, con tanta profusión de siglas, semejábamos más una aventura de <> que una opción política concreta.
-¿Gustavo es de fiar, o no será demasiado <>? -inquirí.
-Tiene sus cosas, pero es una persona íntegra. Bueno, ¿te apuntas a la comida?
-¡Venga! ¡Conforme!
-¡Estupendo! Tómate nota: a las doce del mediodía, en la esquina de la calle Garrigues con la plaza del Caudillo.
-Vale, lo apunto. ¿Puedo llevar algún amigo?
-¡Claro! ¡Y cuantos más, mejor! De acuerdo, entonces. Hasta el sábado. ¡Arriba España!
-¡Arriba siempre! –respondí, a la vez que colgaba el auricular.
<<¡Bueno! -pensé-. Parece que vuelven los viejos tiempos.>>
El día acordado llegué a la cita acompañado por Julio, un estudiante de Derecho con el que mantenía una gran amistad. A los pocos minutos, observé que Fernando se aproximaba por la acera. Venía seguido por otras tres personas. Al llegar a mi altura, se detuvo y nos dimos un abrazo. Luego se apartó y me presentó a sus acompañantes. A dos los conocía y sabía que militaban en la FE-JONS; por lógica, supuse que el tercero sería el flamante jefe nacional.
-Juan, te presento a Gustavo Morales -indicó mi amigo.
Mientras nos estrechábamos la mano, contemplé a aquel hombre de espeso mostacho, cuya edad rondaría los cuarenta y pocos. Me satisfizo: miraba directamente a los ojos.

-¡A tus órdenes, camarada! ¡Arriba España! Es un honor conocerte -articulé.
-¡Arriba Siempre! Por mi parte, también es una satisfacción. Sé de ti por Fernando. Espero que esta jornada sea fructífera y podamos encontrar, entre todos, una luz de esperanza en el futuro de la Falange. Sé lo mucho que habéis trabajado los de tu generación, y lo que han jugado con vuestras ilusiones, pero ha llegado el momento de unirnos y retomar el camino que en su día iniciara José Antonio -afirmó serenamente.
-¡Dios te oiga, Gustavo! ¡Ojalá que esta oportunidad sea la buena!
-Trabajaremos para que así sea -sentenció-. Hemos quedado con el resto de los camaradas en un local de la playa. ¿Nos acompañáis?
-¡Por supuesto! ¡Para eso hemos venido!
Subimos en un par de coches y nos dirigimos al paseo de Neptuno, a uno de los espléndidos restaurantes de la zona. Allí habían quedado con la militancia valenciana de la Falange en pleno.
-¿Conoces a Ramón? -me interrogó Fernando.
-No. ¿Quién es? Entiende que desde hace años estoy apartado del tema. De hecho ignoraba que quedaran afiliados. ¿Son muchos?
-El número es lo de menos -intervino Gustavo-. Lo importante es que los que seamos, muchos o pocos, nos comportemos de forma íntegra y seamos capaces de hacer cosas útiles. Respondiendo a tu pregunta anterior: Ramón es el que realiza provisionalmente las funciones de jefe provincial. En total, son unos diez camaradas. Todavía no lo conozco personalmente, pero hemos hablado bastante por teléfono.
Al escuchar esa cifra, se me cayó el alma a los pies. ¡Diez! Recordaba que tan sólo una década atrás, la delegación de Valencia se enorgullecía de contar con tres mil fichas, y eso sin incluir a las juventudes, que llegaron a sumar casi un millar. ¿Dónde estaba toda esa gente? Gustavo Morales percibió el desencanto en mi rostro y, como si hubiera sido capaz de leerme el pensamiento, explicó:
-Piensa que antes los ficheros no estaban al día y en ellos estaban incluidos camaradas muertos o algunos que habían cursado la baja, pero nunca llegó a tramitarse. Además, unos se han <>, otros están en sus casas, esperando que aparezca un nuevo líder por obra y gracia de Dios, y otros han sufrido una transformación total de ideas y se han metido en el PP, e incluso en el PSOE. De hecho, Ramón viene de ese partido. Los malos tiempos tienen algo de positivo: sirven para filtrar a los buenos militantes de aquellos que vinieron porque era una moda. Eso no quita que en el camino se haya perdido gente valiosa y una parte de la juventud se desgastara realizando acciones violentas, más en la línea de la extrema derecha que en la nuestra propia. Es el momento de quitarnos ese lastre e iniciar la búsqueda de los verdaderos objetivos nacional sindicalistas.
En medio de la charla, llegamos al destino. Estacionamos los vehículos y nos encaminamos al punto de reunión. Franqueábamos el umbral de una conocida casa de comidas, cuando Fernando señaló hacia una mesa con vistas al mar.
-¡Ahí están! -anunció.
Dirigí la mirada hacia donde indicaba, y contemplé por primera vez a los nuevos camaradas valencianos. ¡No conocía a nadie! Me llamó la atención que rompían los estereotipos típicos de años atrás: ninguno llevaba fijador ni cazadora negra de piel. Por el contrario, se les percibía como gente de lo más normal. La mitad eran estudiantes; el resto, hombres y mujeres de treinta y algo.
Se pusieron en pie al vernos llegar, y uno de ellos saludó a Morales con un efusivo apretón de manos.
-Encantado de conocerle. Soy Ramón.
-Mucho gusto, estoy muy orgulloso de la labor que estás desempeñando.
Posteriormente, Gustavo fue saludando al resto de los presentes. Durante la comida se habló sobre las perspectivas de la delegación y la dificultad que suponía partir de cero. En la conversación quedaron claras dos opciones diferentes de afrontar el asunto: la de Ramón y la mía.
Él creía que la forma idónea de afrontar con éxito el cargo debía basarse en captar a antiguos militantes y en seguir, punto por punto, las directrices que marcaran desde Madrid. Por mi parte, pensaba que la jefatura nacional debería darnos un cierto margen de autonomía, para así volcar todo nuestro esfuerzo en la labor política y de captación. Gustavo Morales se percató de las diversas opiniones y optó por una decisión salomónica: se realizaría, lo antes posible, una votación en la cual debería salir elegido un jefe provincial. Decidí presentarme.
Con esa determinación concluyó la pitanza. Finalizada ésta, nos despedimos de los camaradas de Madrid y quedé con los de Valencia, que, fuera cual fuera el resultado de los <>, los acataría.
Las semanas siguientes supusieron un enorme cantidad de trámites burocráticos: me volví a afiliar a la Falange, presenté oficialmente la candidatura, basándome en los estatutos, y realicé un sinfín de papeleos. El día de las elecciones, tras el recuento de apenas una docena de votos, mi opción resultó vencedora por un escaso margen. Desde ese instante, era oficialmente el jefe provincial de la FE-JONS. Por fin podría poner en práctica mis proyectos.
Uno de los primeros en felicitarme fue Roberto. Me citó en su despacho y brindó su apoyo y el de <> para colaborar en lo que hiciera falta. Le agradecí el detalle, pero lo rechacé. En política se predica con el ejemplo, y el suyo no era el mejor.
Pero mi victoria significó una ruptura en la residual organización local. Los partidarios de mi rival volcaron sus esfuerzos en captar simpatizantes para repetir las votaciones, y en Madrid, sencillamente, estaban más preocupados por asegurar el riguroso cumplimiento de los estatutos que por hacer política propiamente dicha. De una expectativa revolucionaria contracapitalista, nos habíamos transformado en un embrolloso entramado burocrático que perdía el tiempo en papeleos absurdos, en lugar de buscar estrategias de acción.
Para la jefatura nacional, el problema que se había planteado en Valencia representaba una <>. Pronto comprendí que el centralismo seguía muy arraigado y constituía una fuerte traba para avanzar en nuestra labor.
En la capital no acabó de sentar bien mi nombramiento. Para los nuevos dirigentes de Falange, mi pasado en las huestes de Piñar y en Primera Línea era un riesgo.
Varios chavales valencianos se volcaron en cuerpo y alma en la delegación y gracias al esfuerzo de Julio, Alfredo y Luis, en poco tiempo conseguimos realizar actos públicos e incrementar la militancia en más de un centenar de personas.
Una tarde Fernando informó que el próximo fin de semana estaba previsto el congreso anual de la Falange. Tendría lugar en el hotel Convención de Madrid y deberíamos enviar dos compromisarios. Se decidió que fuéramos, por Valencia, Julio y yo.
En la fecha prevista, acudimos con ilusión. Para ambos constituía una nueva experiencia, y participar nos llenaba de orgullo.
Durante dos días permanecimos enclaustrados. Cada provincia aportó dos camaradas, de modo que, junto con los alcaldes y concejales electos, sumábamos casi un centenar de asistentes. Las reuniones se desarrollaron en una de las salas de que dispone el complejo. La nuestra estaba situada en el sótano, y las deliberaciones nos ocuparon el sábado completo y el domingo hasta media tarde.
El uniforme oficial, prohibido en zonas comunes del hotel, constaba de la camisa azul mahón con el yugo y las flechas; aunque ahí fue donde realmente se percibieron las diversas tendencias: algunos la portaban marcialmente, otros, adornadas con pins del Che, y los del sector ultra progre, con el cantante de La Mode, Fernando Márquez y el hermano de Pablo Carbonell al frente, simplemente, <> de esa prenda.
Contábamos con todos los alicientes para proyectar una estrategia de futuro, pero no ocurrió así. A lo largo de todas las asambleas, se trataron asuntos triviales y se llegaron a una serie de compromisos absurdos. Se aprobó que el emblema continuase siendo el tradicional del yugo y las flechas, aunque se modificó el diseño: a partir de ese momento, sería ovalado, en lugar de estilizado. Se aprobó también que el cargo de jefe nacional no pudiera ocuparse durante más de ocho años, y alguien propuso que, en este punto, el acta debería recalcar: <>.
La lista de acuerdos alcanzados no tenía fin, pero ninguno de ellos suponía una modernización real del mensaje que pretendíamos transmitir; al contrario, cada uno pensaba distinto del otro, no existía cohesión. Con tremendo pesar, comprendí que la Falange, tal como la concibiera el Jefe y aunque nos negáramos a reconocerlo, había muerto. Lo lamentable era que, en su patética agonía, nos arrastraba a todos.
El regreso a casa fue triste, porque siempre lo es cuando vienes de un funeral. Habíamos acabado convertidos en una caricatura de lo que soñamos ser, en una especie de secta que se reunía en los sótanos para ocultarse de las miradas ajenas. El loable fin de salvar a España resultaba absurdo en nuestras manos, cuando carecíamos del poder de preservarnos nosotros mismos.
Días más tarde transmitimos a la delegación de Valencia nuestras impresiones y, tras analizarlas, optamos unánimemente por formar un nuevo partido político. Puesto que nos cortaban los caminos, crearíamos los propios.
Durante semanas nos reunimos a diario buscando la fórmula novedosa que nos permitiera implantar algo capaz de aunar voluntades y esfuerzos. No paramos hasta que presumimos encontrarlo.
La nueva organización se basaría en los siguientes puntos.
No nacíamos para dividir, sino para intentar unificar todas las personas e ideologías más o menos afines en dos ideales elementales: salvaguardar la unidad de España y la justicia social.
La base ideológica sería la que considerábamos más humana y perfecta: el nacionalsindicalismo, aunque éste serviría únicamente de núcleo, no contemplábamos apartar a nadie con otras tendencias ni competir para ver quién era el grupo más afín al discurso joseantoniano. Descartábamos de plano la violencia; queríamos entrar en el juego político siguiendo todas las normas del sistema.
Con estos planteamientos, iniciamos el proyecto. Sólo faltaba legalizarlo y comenzar a actuar.
Roberto, siempre al tanto de todo, nos proporcionó una copia de los estatutos de la FE–JONS. Con eso y las informaciones que nos facilitó el Ministerio del Interior, nos pusimos en marcha.
En primer lugar teníamos que encontrar una denominación. Se nos ocurrió llamarlo <> (FE-FNS). Lo de <>, porque necesitábamos un título que no condujera a equívocos y que nos permitiera captar en poco tiempo una base social que sirviera de eje al resto. Entendíamos que con este nombre compuesto podríamos alcanzar la meta máxima de mil afiliados. Pensábamos autodisolvernos tiempo más tarde, y renacer luego con una marca distinta. En el intervalo, utilizaríamos el término FNS.
Dicho y hecho, nos pusimos a la acción. Alfredo y Luis se encargaron de buscar jóvenes dispuestos a afiliarse. No queríamos cabezas rapadas, sino chicos normales que amaran a su patria y sintieran que los partidos actualmente en el poder no colmaban sus expectativas.
Con este propósito, organizamos varias fiestas en pubs, que atrajeron a centenares de chavales de todas las clases sociales.
Independientemente de este paso, iniciamos conversaciones con antiguos militantes de Fuerza y Falange. Ahí encontramos mayores reticencias, aunque conseguimos que algunas docenas de históricos vinieran a nuestras filas.
Faltaba la legalización y... ¡el símbolo! No resultó difícil encontrarlo. Sería algo de siempre, aunque poco conocido. Elegimos la <>. Su origen era incierto. Se contaba que, a finales de los años veinte, Ramiro Ledesma paseaba por un pueblo castellano cuando observó una imagen de piedra grabada sobre un portal medieval: la imagen mostraba la zarpa de un oso pardo, aunque, según otros, era la garra de un águila. Lo cierto fue que Ledesma quedó impresionado y, cuando, más tarde creó las JONS, la utilizó como emblema, añadiéndole como fondo el sol naciente. La simbología estaba clara: la zarpa representaba a España, situada sobre un fuerte amanecer de futuro imperial. Luego, la <>, pues así se la denominó, quedó arrinconada con la adaptación del yugo y las flechas, distintivo de los Reyes Católicos y de la unidad nacional.
Contábamos con casi todos los requisitos legales a punto; sólo faltaba el domicilio social, y emprendimos su búsqueda.
De nuevo, el jefe estaba al tanto, y me telefoneó. Quedé en su despacho en pocos minutos.
Inscripción en el Registro de Partidos Políticos del partido Falange Española Frente Nacional-Sindicalista

-Me han informado que habéis acabado los estatutos del partido. ¿Es correcto? -soltó de sopetón.
-Sí, únicamente falta el local y protocolizar la documentación.
-¿Dónde pensáis establecer la sede?
-Pues la verdad es que estamos indagando pisos modestos. Hemos visto alguno, aunque nada definitivo.
-Voy a ir al grano. Perteneces a <>, y aunque has ido por tu cuenta en este asunto, supongo que no lo habrás hecho con ninguna mala intención. Verás, las oficinas actuales se han quedado pequeñas para Levantina de Seguridad, y en breve nos trasladaremos a un enorme local que he arrendado cerca de aquí, con lo que éste quedará vacío. No pienso dejarlo, porque estoy pagando renta antigua y es un <>. Si quieres, os lo puedo ceder.
Me sorprendió su oferta, máxime sabiendo que nunca hacía algo por nada.
-Mira, José Luis -expuse diplomáticamente-, te lo agradezco, pero sabes que no causas demasiadas simpatías en el <>, y quizá tu propuesta no sea bien recibida.
-¡Coño, pues para eso estás tú! ¡Convénceles! Además, no quiero saber nada del tema. Bastante lío tengo. Confío en ti, os presto el local sin pedir nada a cambio, siempre y cuando sigas encargándote personalmente del asunto.
-Transmitiré al resto de camaradas tu oferta, y ya veremos. Haré lo que pueda.
-Conforme. De aceptarla, el piso estará disponible en un par de meses, hasta entonces podéis realizar las reuniones en el chaletito que utiliza una de mis empresas. Llamaré a Ángel Mayor y le diré que prepare la sala de reuniones.
Salí impresionado. ¿Sería capaz de hablar en serio?
Aquella noche quedé a cenar con el resto y les expuse la propuesta.
-¡Ni hablar! -dijo Rafa, ex de Fuerza-. ¡Ese tipo es un oportunista y nos dará la patada! ¡Sólo busca controlarlo todo!
Pero había opiniones divergentes, y se decidió aprobar el ofrecimiento. Garanticé que, en caso de peligrar nuestra independencia, abandonaríamos la casa.
-No hay que afiliarlo jamás, ese tipo hunde lo que toca -advirtió uno.
A la mañana siguiente, telefoneé al jefe y le comuniqué lo acordado. Se alegró, y dijo que, anticipándose al resultado, había llamado a Mayor, a fin de informarle que ese mismo viernes iríamos a realizar la primera asamblea. Evidentemente, él acudiría de observador.
Tanta prisa me desconcertó. Pensé que querría ponernos a prueba para comprobar si contábamos con un número suficiente de gente. Faltaba menos de setenta y dos horas para la cita, y nadie estaba avisado.
Ese mismo día citamos a los simpatizantes. Teníamos que demostrar lo capaces que éramos de juntar una gran cantidad de personas sin recurrir al chantaje ni a la maldita <>.
Con el último requisito completado, solicitamos hora ante el notario para formalizar el legajo. Mientras la documentación viajaba hacia Madrid, llegó el esperado viernes. Las jornadas anteriores, durante las que realizamos cientos de llamadas, supusieron un intenso ajetreo. Todos estaban emplazados, sólo faltaba que acudiesen. Y lo hicieron en masa.
Una multitud de muchachos abarrotaron el aula que Roberto puso a nuestra disposición. En ese primer encuentro, Julio, Luis, Alfredo y yo nos presentamos y expusimos las líneas del nuevo partido.
Roberto, como espectador de lujo, no perdió ripio. Al finalizar la charla, comentó lo tremendamente impactado que había quedado por nuestra capacidad de convocatoria.
A partir de ese instante, marcamos la disciplina de una reunión por semana, y un buen día acaeció lo que jamás imaginamos: un nutrido grupo de cabezas rapadas hizo su aparición en una de las asambleas. Al cabecilla lo conocía de vista: se llamaba Lucas, aunque lo apodaban el Indio. Venía de las filas de Acción Radical y desde hacía poco trabajaba en Levantina de Seguridad. Jamás lo traté, pero al hacerlo me sorprendió: pese a su apariencia externa, se trataba de un chico culto, educado y bastante formado políticamente. Entablamos diálogo y le pregunté el porqué de su presencia cuando defendíamos postulados tan diferentes.
- Roberto dijo que os reuníais aquí, y decidimos venir a ver lo que hacíais. La verdad es que estamos un poco hartos de ser vistos como una <>, y contemplamos la posibilidad de hacer algo serio -explicó.
-Aquí no cerramos las puertas a nadie, pero debes saber que rechazamos la violencia. No obstante, si queréis trabajar legítimamente, por mi parte no tengo inconveniente.
-Ya contábamos con eso. Tenemos ganas de perseverar en nuestra misión y, aunque vosotros no seáis nacionalsocialistas, sí que compartimos similar afán nacional revolucionario. Por el tema de la violencia no te preocupes, a pesar de mi atuendo skin, soy una persona de lo más tranquila y creo que mediante la palabra se convence a la gente.
Con el tiempo comprendería que Lucas no mintió en lo que me dijo. Jamás conocí a un cabeza rapada más sensato y honesto. Quizá por eso meses después abandonó su estética, que no sus ideales, y se apartó de mundo skin, que sólo podía acarrearle problemas. En Diario de un skin, Antonio Salas elogió los valores de muchos cabezas rapadas, y los lectores poco familiarizados con el mundo de la extrema derecha le criticaron por ello. Pero yo puedo dar fe de que, entre toda esa maraña de violentos descerebrados, existen jóvenes muy valiosos y lúcidos.
-Supongo que, como nazis, seréis europeístas. Te lo matizo, porque el resto, en general, somos ante todo españoles. No quisiera que existieran enfrentamientos –le advertí.
-Efectivamente, somos europeístas y creemos en la grandeza de Europa, pero estamos dispuestos a trabajar codo con codo por un proyecto de futuro. Además, este partido está germinando, y siempre supone un orgullo participar en el nacimiento de algo nuevo.
-Entonces, quiero que sepas que estaré encantado de contar con vosotros. ¡Arriba España!
-Sieg Heil! -fue la respuesta.
A partir de aquella ocasión, pude hablar en muchos momentos con los jóvenes neonazis. Anteriormente los había tratado, pero siempre en locales de ocio, o habían sido antiguos amigos reconvertidos en nacionalsocialistas. Conocerlos de cerca supuso una experiencia importante.
Comprendí que pude haber sido uno de ellos, si hubiera nacido unos años después de cuando lo hice. En mis inicios políticos, aquellos que sentíamos inclinaciones patrióticas podíamos optar por afiliarnos a Fuerza, a la Falange o incluso a Cedade, donde, salvo excepciones, los militantes rehuían el empleo de la fuerza. Ahora, sin embargo, desaparecidas estas organizaciones, sólo les quedaba la salida de transformarse en patéticos skins, desarraigados y marginales.
Pasé muchísimos días charlando en compañía de los cabezas rapadas, y charlando con ellos advertí dos tipos de personalidades totalmente diferentes: Los camorristas y los idealistas. Suscribo las opiniones de Antonio Salas en Diario de un skin. Violentos, pendencieros e idealistas patriotas conviven en la tribu urbana de los cabezas rapadas. La mayoría formaba parte de los primeros, y con ellos no había nada que hacer. Odiaban a los inmigrantes, a los homosexuales, a los rojos, a los <>, ¡a la humanidad al completo! Sus únicos temas de conversación eran la <>, la <> y el odio a lo judío. Lo curioso es que ninguno de ellos tenía la apariencia física que se atribuye a un ario puro. Es más, estéticamente eran chaparros y feos.
Al principio intenté explicarles lo absurdo de su odio hacia los musulmanes. Al fin y al cabo, no fueron pocos los profesantes de ese credo que combatieron voluntariamente, formando parte de las tropas del III Reich. También les señalé lo injustificado de su inquina contra los homosexuales. Himmler, el lugarteniente de Hitler y jefe supremo de las SS, lo era, y siempre gustaba de catar a jóvenes teutones. Pero de dónde no hay, no se puede sacar, así que decidí dejar las obras de caridad para las monjas carmelitanas, y opté por limitarme a aconsejar a los skinetes idealistas. Con la ayuda del Indio, logramos convencer a algunos de lo erróneo de su forma de lucha y de lo interesante que resultaría su integración con nosotros.
He de reconocer que a ninguno logré apartar de sus particulares creencias nazis. Puede incluso que ni lo intentara. No soy maestro de nada: mis consejos consistieron en destacar lo absurdo del empleo sistemático de la fuerza y la oportunidad que se les brindaba de luchar por unos ideales desde la más estricta legalidad, aunque ésta no fuera la que nosotros habíamos elegido.
En el primer mes y pico de reuniones, logramos captar a más de doscientas personas, la mayoría entre los veinte y los treinta años de edad.
A principios de julio volvió a llamarme Roberto. Tenía una idea genial y quería hacerme partícipe de ella. Quedamos a comer en un restaurante próximo a Levantina de Seguridad.
-Tengo una buena noticia para ti -anunció nada más verme-. Este mes nos vamos a las nuevas instalaciones. La mudanza comenzará de inmediato y supongo que dentro de un par de semanas habrá concluido.
-¡Vaya! ¡Qué bien! Nos hacía mucha falta el local. Es un fastidio reunirnos en un chalecito tan apartado.
-Sí, pero no te he hecho venir por eso, ¿Crees que para este 18 de julio estará legalizado vuestro partido?
-Pues... Supongo… Hace un mes que presentamos los papeles... ¿Y eso?
-¡Propongo que realicemos una marcha con antorchas! Tengo el sitio adecuado y la prensa se hará eco de la noticia.
Pasó a exponerme su ocurrencia.
-He estado informándome en Delegación de Gobierno, y no es imprescindible un partido político para ejercer el derecho a manifestarse. Realmente puede hacerlo cualquiera presentando un DNI. La ley únicamente contempla unos plazos para notificar a las autoridades el recorrido y demás. Es importante que se haga en esa fecha y que sea un éxito de asistencia. Por mi parte, he hablado con una periodista de El Levante, que cubrirá en exclusiva la noticia, y supongo que nos tratará bien.
-¿Es de fiar? -pregunté.
-¡No! ¡En absoluto! ¡Ningún periodista lo es! Interesa que se hable del asunto; bien o mal, pero que se hable. Pilar García del Burgo es la más roja de entre las rojas, pero una buena profesional.
-¿Dónde has pensado realizar el acto?
-En Serra. Salva Gamborino veranea allí y conoce a la Guardia Civil. Ese día harán la vista gorda.
-De acuerdo, José Luis, transmitiré tu iniciativa, y ya te digo algo...
-Pero que sea rápida la respuesta, necesitamos avisar a la gente. Si eso, encárgate de llamar a los tuyos, y yo pasaré una circular a los de Levantina de Seguridad. Tenemos menos de diez días.
Nadie puso reparos a la propuesta. Únicamente advirtieron que Roberto sería considerado como uno más, y si, por una de ésas, pretendía dirigir el cotarro, cancelaríamos el acto ipso facto.
Nos pusimos en acción e iniciamos los preparativos. Roberto acató de modo sumiso las advertencias, quizá demasiado mansamente. Mediante memorando interno convocó a sus empleados; nosotros hicimos lo mismo con los nuestros. En el fondo existía una rivalidad no declarada entre <> y nosotros, para ver quien ostentaba un mayor poder de convocatoria.
La tarde del 18 de julio una fila de coches, seguidos por un autocar, partió desde el centro de Valencia hacia el pueblo. Más de doscientas personas vestidas con camisa azul marchamos al que sería nuestro primer acto importante. En la población realizamos una cena de hermandad hasta la medianoche. Tras los postres, Pilar García del Burgo entrevistó a dos de los dirigentes del nuevo partido, entre los que estaba yo.
A continuación comenzó el recorrido con antorchas por las calles de la villa. Los vecinos observaban asombrados aquella multitud que caminaba en silencio por las principales arterias de la localidad.
-¿Qué santo se celebra hoy? -preguntó alguno.
¡No era para menos! Observar desfilando por la noche a varios centenares de jóvenes uniformados, en el más riguroso mutismo y portando hachones, llevaba a equívocos.
-¡Son los de la Falange! -musitaban otros-. ¿No ves el color de sus camisas?
-¿Pero todavía existen? -comentó alguien.
Los vecinos observaban el espectáculo entre sorprendidos y confusos. Alguno pidió que nos fuéramos a nuestras casas; más de dos demandaron afiliarse, y la inmensa mayoría sencillamente nos contempló con curiosidad.
Consumamos el lance frente a una lápida en memoria de los caídos, adosada en el muro de la iglesia. Luego de un pequeño discurso en homenaje a las víctimas de ambos bandos, entonamos el Cara al sol y finalizamos dando vítores a España. Ahí concluyó todo. Al romper filas, salimos por los bares de la localidad a charlar amistosamente con los vecinos.
La manifestación resultó un éxito, sobre todo para los que dirigíamos el nuevo partido. De la totalidad de concurrentes, menos de una docena pertenecían a Levantina de Seguridad.
Al día siguiente, el rotativo El Levante sacó un artículo donde, con el título <>, García del Burgo explicaba su visión personal sobre el evento.
Aquel reportaje nos dio publicidad y, en las semanas siguientes, me realizaron varias entrevistas en otros medios de comunicación. Una tarde llamó a la sede una

Manifestación celebrada por Falange Española Frente Nacional-Sindicalista por Valencia

periodista. Necesitaba hablar conmigo con urgencia. La cité para el día siguiente.
A la hora exacta hizo aparición. Se trataba de una chica menuda, de aspecto actual. Me percaté que se sentía incómoda en el local. Eso de entrar en una sede <> debe de resultar difícil para los profanos en el tema. Nos presentamos y empezamos directamente a tratarnos de tú.
-¡Hola! Me llamo Paula -dijo tendiéndome la mano.
Percibí el temor en sus gestos y decidí que la conversación quedaría más grata en un medio neutro.
-Encantado de conocerte, Paula. ¿Prefieres que charlemos mientras tomamos un café? Aquí cerca hay una cafetería donde los preparan bastante bien.
-¡Oh! ¡Perfecto! Sí, casi mejor... Estar aquí me resulta un poco violento -indicó señalando las banderas situadas junto a la puerta.
Nos sentamos en la terraza del bar e iniciamos diálogo.
-Bueno, Paula, tú dirás...
-Verás, pertenezco a una productora de televisión privada llamada Producciones 52. ¿Te suena?
-Pues la verdad que no... Pero, ¡vamos!, tampoco soy un experto en ese mundo -manifesté intentando excusarme.
La periodista prosiguió con su explicación.
-Supimos de vosotros por la prensa y pensamos que quizá os interesaría llegar a un acuerdo con la productora. ¿Cuántos sois en el partido?
-Unos mil -disparé tirándome un farol.
-¡Mil! -repitió-. Sois muchos, ¿no? ¿Contáis con skins entre los afiliados?
-Alguno hay... Aunque pocos. La verdad es que preferimos prescindir de ellos, salvo excepciones justificadas -manifesté.
Comenzamos a hablar sobre el partido; le conté que el 17 de julio habíamos ido por el Ministerio del Interior y que acabábamos de recibir los documentos que nos acreditaban. Expresé nuestra intención de hacer política en serio y el apoyo con que contábamos en determinados sectores.
Realmente, de las cuotas de los doscientos y pico de afiliados sacábamos menos de cincuenta mil pesetas al mes. Para poder comprar material, tuve que pedir un préstamo personal de medio millón de pesetas, en Bancaja, avalado por mi mujer, que de <> no tenía nada. Roberto prometió el oro y el moro, pero sólo aportó el rótulo luminoso que colocamos en la fachada, y cuyo precio no superaba las doscientas mil pesetas. Luego inició una campaña forzosa de afiliaciones entre el personal de su empresa, que logró reunir unas veinte mil pesetas mensuales en recibos domiciliados. En total, sumaban unas setenta mil, que se convirtieron en ciento veinte mil, cuando incrementé mi cuota mensual en cincuenta mil.
Omití contar estos detalles y vendí la idea de fortaleza que pensábamos transmitir. Paula seguía con atención todas mis afirmaciones, con la boca abierta. Finalizada mi explicación, tomó la palabra.
-Verás, Juan... La verdad es que estoy un poco sorprendida después de haberte tratado. Tenía otra idea formada sobre vosotros... Creo que lo que voy a proponerte puede resultar interesante.
-Soy todo oídos.
-Producciones 52 realiza trabajos para diversas televisiones. En Valencia, colaboramos con Canal Nou, proyectando varios programas. En este momento, estamos preparando uno que se va a llamar <>, que empezará a emitirse dentro de un par de semanas, en directo los viernes a la noche. En él mismo se tratarán, en forma de debate, temas de actualidad. Contaremos con una mesa de invitados que estará compuesta por personajes populares, y entre el público pensamos colocar a espectadores previamente seleccionados, capaces de animar el panorama generando polémica. ¿Entiendes por donde voy?
-Capto la idea. ¿Y qué sacamos nosotros de todo eso?
-Existen dos opciones. La primera es dinero. ¡No mucho, no vayas a pensar! Pero si enviáis gente que suba la audiencia, podría ser renegociado el asunto. Para empezar, pagaríamos entre quince y veinticinco mil pesetas por persona y por programa. Ten en cuenta que nos estamos refiriendo a enviar público, no a los conferenciantes.
-¿Y la segunda opción?
-Publicidad gratuita en televisión. Tenemos algo de mano, y de cara a las elecciones os colaríamos en algún debate.
-¿Y antes de las elecciones?
-Todo es negociable. A vosotros, como partido político, os interesa, y a nosotros, como productora, también. ¡Ah! Una cosa: si llegamos a un acuerdo, tiene que quedar entre nosotros. No es algo que se pueda ir contando alegremente. ¡Ah! ¡Nada de enviar a skins!
Accedí a la oferta y, al poco tiempo, me invitaron a las oficinas de Producciones 52, en la avenida del Cid. Allí hablé con Peña Navarro, la jefa de producción, con la que trabé cierta amistad.
Estuvimos un año enviando semanalmente a una o dos personas para animar los foros. Incluso en una ocasión y como adelanto de su promesa, permitieron que el responsable de comunicación del partido, Antonio Flores Balboa, participara en una mesa de debate.
Tiempo después y por medio de la citada productora, mandamos gente a polemizar en programas de Tele Madrid y ETB. Todos pertenecían al FE-FNS, aunque, por acuerdo entre las partes, jamás identificaban su procedencia política.
La relación finalizó cuando en el diario El País apareció la noticia de que la televisión pública valenciana, en manos del PP, animaba sus programas con militantes <>. A raíz de esa revelación y por deseo expreso de la productora, me tocó redactar una nota de prensa donde negaba toda veracidad a la reseña aparecida en dicho diario.
Todo tiene algo de positivo. En este caso, durante el año que estuvimos enviando afiliados, Canal Nou autorizó mi entrada para ver la emisión de algunos programas desde fuera del plató. En esas circunstancias, conocí a varias personas célebres.
Con Santiago Segura charlé una noche en los entretiempos de la publicidad, cuando salíamos a fumar un pitillo. Me sorprendió su espontaneidad y que se mostraba igualmente auténtico tanto delante como detrás de las cámaras. Pocas veces me he reído tanto como en esa oportunidad. ¡Un tipo genial!
A Jesús Vázquez lo traté en otra ocasión. Nos encontramos tomando un tentempié, después de participar en una tertulia sobre la homosexualidad. Cuando supo que yo dirigía la Falange, vino a presentarse y me explicó que, aunque no compartía mis creencias, las respetaba. A lo largo del coloquio demostró ser un lujo de persona.
Con Ricardo Bofill y Paulina Rubio coincidí en otra emisión de <>. En un descanso, se acercó él primero y me preguntó si vivía en Valencia. Al contestar yo afirmativamente, se pasó todo el rato reclamando que, cuando acabara la emisión, los llevara a conocer la noche valenciana. Fuimos a The face, discoteca de moda por entonces, donde pasamos una velada entretenida. Antes, Bofill me caía fatal, pero ese día descubrí que, al menos en lo que a fiesta se refiere, es el mejor acompañante que se puede tener.
Lidia Falcó, Juan Adriansens, Massiel, Sofía Mazagatos... fueron otros con los que traté de pasada. ¡En fin! Una experiencia más.
Pocas semanas después de la marcha en Serra, el partido comenzó a ponerse en marcha. Los reportajes en prensa, y sobre todo el vistoso rótulo en la fachada, nos hicieron conocidos para el <>, en particular y entre el resto de ciudadanía, en general. No fueron pocos los que acudieron a la sede para recabar información, e incluso a cumplimentar la afiliación.
En la jefatura nacional de FE-JONS no nos perdían de vista. Por medio de algunos integrantes, supimos que las opiniones se dividían entre quienes reclamaban un acercamiento y los que no se encontraban por la labor.
Por nuestra parte, deseábamos una unidad real entre todas las organizaciones falangistas, y ansiábamos en secreto que desde la capital nos hicieran un guiño, pero éste no se producía. Sin embargo, nuestras maniobras no pasaron inadvertidas para quienes menos imaginábamos. Una mañana me telefoneó Fernando, siempre portador de buenas nuevas. Por el tono de su voz supuse que tendría algo importante que transmitirme.
-¡Escucha! Tengo una grata noticia, ¿Puedes trasladarte a Madrid mañana mismo?
-¡Mañana! No sé, tendré que encontrar a algún compañero que pueda cambiarme el servicio... Pero ¿de qué se trata? ¿Por qué corre tanta prisa?
-¿Conoces a Eduardo Arias? -preguntó.
-¿A Eduardo? Sí, hemos coincidido en algún mitin... ¿Pero no estaba con Ynestrillas?
-Sí, por ahí va el asunto... Ha roto con él y piensa montarse otro partido político.
-¡Otro! ¡Joder, a este paso vamos a salir a partido por afiliado!
-No es lo que crees -aseguró Fernando-. Va en la misma línea que vosotros. Conoce vuestro caso y me pidió que concertara una reunión urgente. Sospecho que desea aliarse contigo. Entonces, ¿qué le digo?
-Llámame en una hora.
-Conforme. Luego te pego un toque.
Apagué el móvil con una profunda satisfacción. ¡Por fin alguien nos demandaba para crear algo compacto! Sabía que Arias emprendió su camino desde las filas de Fuerza Nueva, y siempre había estado al pie del cañón. Lo conocía desde que formó Nación Joven, grupo que se hizo popular por protagonizar diversas campañas en Madrid, sobre todo exigiendo la libertad de Ynestrillas, cuando se produjo su encarcelamiento por el atentado contra los diputados electos de Herri Batasuna. Al formalizarse la AUN, contó con Arias, que se convirtió en el alma máter de la Alianza. Su salida me causó sorpresa. En las ocasiones en que les vi juntos, creí atisbar una profunda amistad, incrementada por la ilusión del proyecto en común.
Llamé a Levantina de Seguridad, solicitando el cambio de servicio. No les hizo mucha ilusión, pero me lo concedieron. Minutos más tarde, comuniqué a Fernando que al día siguiente estaría en Madrid. Quedamos al mediodía en un restaurante cercano a la Puerta de Toledo.
Viajé con Julio, que siempre se encontraba dispuesto a lo que fuera por la causa. Llegamos puntualmente, y me jorobó tener que esperar alrededor de media hora a que los otros hicieran acto de presencia. Finalmente, los vimos acercarse por la calle. Junto con Fernando venía Eduardo y un chaval corpulento con el que no había tratado antes. Después de las consabidas presentaciones, nos sentamos en el establecimiento, dispuestos a comer y a deliberar. El tercer asistente resultó ser un ex militante de la AUN proveniente de FE-JONS. Tenía unos pocos años más que yo. Su nombre, Manolo Maqueda.
Iniciamos el parlamento tratando sobre asuntos mundanos: que si el frío en el mediterráneo es más húmedo que en Madrid... Que si el viaje es muy pesado... Que si tenemos mucha suerte en Valencia de contar con playa... ¡Vaya, vaya! En definitiva, lo típico que se comenta cuando falta confianza.
-Bueno, Eduardo, ¿qué es exactamente lo que querías tratar con nosotros? –solté, intentando romper el hielo.
-Sabrás que hemos roto con la AUN.
-Sí, algo sé.
-Realmente ha sido la culminación de un largo proceso, que se inició ante la negativa de Ricardo de buscar un acuerdo con el resto de los partidos... Bueno, entre otras cosas...
-¿Se pueden saber esas <>?
-Hay varias. Lo principal fue que estábamos hartos de su prepotencia. No niego que sea un buen patriota ni que tenga un par de huevos, pero con los cojones no se dirige un partido. Quería manejarlo todo a su gusto y se creía la reencarnación de Blas Piñar... ¡Qué de Blas Piñar! ¡¡Del mismo José Antonio!! Y él no es ninguno de ellos. Aparte de eso, existen otros asuntos que no voy a explicar por el momento, pero que son impropios de un líder patriota.
-¿Por ejemplo? -sondeé.
Sentí que Eduardo miraba a sus paisanos, dudando sobre la conveniencia de decirme lo que tan bien se guardaba para sí. Fernando le apercibió:
-¡Cuéntaselo! Tiene derecho a saberlo.
-Lo voy a contar, pero que no salga de esta mesa -indicó Arias-. Ricardo tiene un grave problema con su adicción a la cocaína... Está totalmente enganchado con esa mierda, ¿Te figuras qué fuerte si se supiera? Imagina la portada de Interviú: <<¡¡La extrema derecha tiene como líder a un drogadicto!!>> ¿No lo sabíais acaso en Valencia? ¡Porque debéis ser los únicos!
-¿Estás seguro de lo que aseveras? -pregunté.
-Es algo público en Madrid. Ricardo está acabado políticamente -decretó Eduardo.
Me sorprendió esa información, aunque tampoco quise darle demasiado crédito. En los últimos meses había llegado a coincidir en diversas circunstancias con Ynestrillas y lo veía un buen chaval. En ocasiones, Roberto había hecho comentarios sobre la posibilidad de ese vicio, pero no le creí. Era demasiado propenso a denostar a quien no tragara con sus pretensiones.
-¿Entonces qué buscas exactamente?
-Hemos formado un grupo numeroso. Nos estamos reuniendo en casas particulares, pero falta cobertura legal. Me explico: si fuéramos hippíes o <> no pasaría nada, pero somos patriotas, y eso no está permitido por el sistema. Cada vez que nos juntamos corremos el riesgo de que aparezcan los maderos y nos detengan por <> o cualquier memez de esas que se sacan los demócratas de la manga. Queremos que nos deis cobertura legal hasta que legalicemos una agrupación. ¡Y, por supuesto, buscamos trabajar juntos por España y por la unidad de las fuerzas nacionalistas españolas!
-O sea, ¿pretendes convertiros en una especie de delegación de la FE-FNS en Madrid?
-Sólo hasta que nos legalicemos, luego proseguiremos juntos con el proyecto. A fin de cuentas, los dos grupos reclamamos lo mismo, sólo que cada uno está en su ciudad. De esta forma podremos realizar más actos y llegar a muchísima gente. Tenemos militantes en Madrid, Ávila y algunas provincias andaluzas. Por lo que tengo entendido, vosotros contáis con infraestructura en Valencia y en Castellón.
-Por mi parte, estoy conforme con tu planteamiento -señalé-. Aunque habrá que pulir determinados puntos.
-¡Muy bien! -dijo Arias-. Comentaré a la militancia lo acordado. Si te parece correcto, celebraremos una asamblea para presentarte al resto de los camaradas.
-Por mi parte, encantado - contesté.
Con un apretón de manos sellamos nuestro acuerdo. A partir de entonces iniciamos una estrecha relación que se prolongaría varios años.
Desde esa fecha comencé a simultanear la jefatura en Valencia con viajes semanales a Madrid. Llevaba cerca de un mes tratando con Arias cuando una tarde recibí una llamada al móvil. En la pantalla aparecía un número con el prefijo de la capital. Apreté el botón y, tras pronunciar el consabido <>, esperé que respondiera mi interlocutor. Una potente voz me sobresaltó:
-¡De qué vas! ¿Por qué pretendes joderme pactando con unos disidentes?
Sorprendido por el tono, inquirí:
-¡Oye! ¿Con quién estoy hablando?
-¡Eres J.M.! ¿No?
-Sí, ¿Y tú?
-¡Soy Ricardo!
Permanecí unos segundos en silencio, expectante.
-¿Ricardo...? ¿Qué Ricardo?
-¡Ynestrillas! ¡¡Coño!!
-¡Ricardo! -exclamé con sorpresa-. ¡Joder, tío! ¡No había reconocido tu voz!
-Pues sí, soy yo. Y la verdad, no esperaba esa puñalada trapera por tu parte. Es la primera vez que un partido de los nuestros pacta una colaboración con los tránsfugas de otro.
-No es precisamente así. La verdad es que nunca contemplé el asunto desde esa perspectiva.
-¡Es muy fuerte lo qué has hecho! ¡Podrías haber hablado conmigo, por lo menos!
-Lo intenté en un par de ocasiones. Llamé a tu empresa y dejé a tu secretaria el recado de que me llamaras.
-Oye... ¿Estás en Madrid?
-¡No, qué va! Estoy en mi casa de Valencia.
-¿Podemos quedar esta noche a cenar en Narváez?
-¡Esta noche! -miré el reloj, marcaba las siete menos cuarto-. De acuerdo. ¿A las once te parece muy tarde?
-Está bien. Te espero y hablamos sin prisa.
Colgué el teléfono y me cambié de ropa. Al cuarto de hora marchaba hacia la capital en mi Golf. Quedaba el tiempo justo para llegar a la cita.
A la hora prevista llegué al restaurante, estacioné el vehículo y entré en el local. El comedor se encontraba casi vacío. En una mesa situada al fondo divisé a Ricardo, sentado junto a Mercedes, su secretaria y compañera de partido. Al verme, se incorporaron de sus asientos.
-¡Coño! ¿Has venido en avión?
-Casi. He tenido suerte con el tráfico. ¡Hola Mercedes! ¡Cuánto tiempo sin verte! –dije, mientras le daba un par de besos en las mejillas.
-Si no nos vemos es por tu culpa, que no te dignas visitar a los amigos cuando vienes a Madrid -dijo sonriendo.
Tendí la mano a Ricardo, que me la apartó, a la vez que me daba un fuerte abrazo.
-¡Qué cabrón que eres! Venga, siéntate y cenaremos algo. Es tarde y estarás hambriento.
Asentí en silencio, mientras escuchaba como demandaba varios platos de entrantes y un par de tablas de ibéricos. Tras la sabrosa cena, iniciamos nuestro coloquio.
-Bueno –comenzó diciendo-, ¿por qué te has aliado con el Arias?
Le expliqué el motivo, cuidando de no repetir las graves acusaciones que el otro había formulado contra él. Ynestrillas atendió a mi relato, pero al concluir fue Mercedes quien emprendió la charla.
-Eduardo no soportaba ser el segundo de la AUN. Hace tiempo que buscaba la ruptura.
-El Arias es un buen tipo -medió Ricardo-. Es cierto que existían fricciones entre ambos, pero podían haberse solucionado dialogando... Lo que nos hizo mucho daño es la forma tan barriobajera en que se ha ido. ¿Sabes que envió cartas a todos los afiliados diciendo que la AUN se disolvía?
-No, ignoraba ese detalle.
-¿Lo ves correcto? Y no sólo eso, ha corrido el bulo de que tomo drogas.
-¿Sí? No sabía nada -mentí-. Mira, ninguna de las veces que he hablado con Eduardo le he escuchado hablar mal de ti. Lo único que comentó es que no querías la unidad de las fuerzas patriotas.
-¡Eso es mentira! La Alianza para la Unidad Nacional es en sí misma un núcleo de unión: no cerramos las puertas a nadie que quiera trabajar por España.
Parlamentamos bastante tiempo y acabó comprendiendo mis verdaderos propósitos, que en el fondo eran los mismos que él buscaba desde su puesto.
-¿Y Roberto qué pinta en tu partido? -indagó intrigado.
-Nada -respondí-. Nos ha cedido un piso y paga su cuota como cualquier afiliado, pero no tiene ningún peso en la organización... No me fío de él.
-Haces bien. Es una mala persona y un manipulador nato. Para él, la política es un negocio que sólo sirve para sacar dinero. Cuando me contó lo del <>, me quedé muerto. ¡Mira que robar a sus propios empleados en la cara! El muy cabrón hizo correr el bulo de que financiaba a la AUN, ¡y únicamente dio doscientas mil pesetas para el acto inaugural! Además, ese tipejo es un confidente de la policía. ¿Te conté que durante la primera visita que hice a Valencia me llevó a comer con un montón de comisarios y altos mandos de la policía?
-No, tampoco lo sabía.
-El muy hijo de… intentó que confesara delante de todos esos maderos que me había cargado al Muguruza.
-¡No jodas!
-Como te cuento. Al final, tuve que plantarme y decirle que la justicia había proclamado mi inocencia y no tenía más que decir. Me alegro de que no tenga nada que ver con vuestro partido.
-De todas formas, ¿podemos tratar sobre la posibilidad de realizar actos conjuntos?
-Si no está Roberto de por medio, estaré encantado.
Mientras pronunciaba estas palabras, se incorporó para volver a abrazarme. Con ese gesto simbolizamos la amistad entre ambas organizaciones. Poco después telefoneó a Andrés Santos, delegado de la AUN en Valencia, y le pidió que colaborásemos en el futuro activamente. Así lo hicimos.
Después de cenar, fuimos a una discoteca cercana a la Puerta de Alcalá. El reloj marcaba las tantas cuando accedimos a la sala. Pedimos unas copas e iniciamos cháchara en un rincón de la barra. Ricardo se alejó a saludar a unos conocidos y me dejó con Mercedes. En medio de la conversación, sentimos un barullo y nos giramos buscando el origen. Lo que contemplamos nos dejó boquiabiertos: ¡Ynestrillas estaba liado a tortazos con un camarero!
Rápidamente nos acercamos, intentando mediar en la trifulca. Agarré a mi amigo y lo aparté del follón. Estaba cegado por la ira.
-¡Tranquilízate, Ricardo, no conviene que te metas en estos rollos!
Varios porteros acudieron junto a nosotros. Lo conocían del gimnasio e intentaron calmarle, pero Ricardo no escuchaba a nadie: estaba obcecado con su contrincante e intentaba escapar de nuestra vigilancia para proseguir la pelea.
Pedí a los de seguridad que lo controlaran y entré a por Mercedes. La vi discutiendo con el empleado, que resultó ser un joven brasileño que no llegaría al metro sesenta y cinco. Intenté informarme del porqué del asunto. Me arrimé al chaval y le sonsaqué que todo el revuelo se originó cuando sirvió una copa a Ricardo y éste le tiró el contenido encima.
-No lo conocía de antes... Me han dicho que es el jefe de la extrema derecha y que estuvo en la cárcel por matar a varios etarras... –expuso, con evidentes síntomas de pánico.
-Tranquilízate, si es tal y como lo cuentas, no tienes nada que temer.
En ese instante, oí abrirse con estruendo la puerta de la sala. Torné la mirada y distinguí al jefe de la AUN que corría hacia el chico con los ojos rezumando odio. El carioca demostró tenerlos bien puestos, a pesar del terror que debía de sentir, porque sin retroceder un paso, esperó a tener cerca a su atacante para estrellarle sobre la cabeza una botella de Jack´s Daniels. El castañazo resonó como un trueno en el recinto. Al recibir el impacto, Ynestrillas puso los ojos en blanco y cayó desmayado al suelo.
-¡Ahora sí que me mata! -exclamó el mulato, mirando al otro, que sangraba sobre las baldosas.
En la puerta se hallaban estacionados algunos taxis, elegimos uno y entre varias personas colocamos a Ricardo en la parte trasera, Mercedes se acopló junto al chofer.
-¿Os acompaño? -pregunté.
-No cabemos todos -contestó ella-. No te preocupes, hay un hospital cerca. Llámame luego y te cuento.
Chirriando ruedas, el taxi partió rumbo a la clínica.
Las primeras luces del día comenzaban a aparecer cuando alcancé mi coche y partí hacia Valencia. Me encontraba destrozado. Las últimas veinticuatro horas habían estado repletas de emociones.
A los pocos días, llamé al móvil de Mercedes. Fue Ricardo quien me atendió.
-Estoy bien, gracias. No recuerdo lo que pasó. Debí de haber bebido mucho, o algo me habrá sentado mal. Ahora voy con mi mujer y mis hijos a pasar un par de días a la playa. El médico ha observado una pequeña fisura en el hueso del cráneo y me ha recetado medicación. Mi móvil supongo que lo he perdido en medio del jaleo, Merche me ha dejado el suyo. Una pregunta: ¿el botellazo me lo dieron por la espalda? Alguien comentó que fue a traición.
-¡De traición nada! ¡Te lo metió de frente y en defensa propia!
-¿Me das tu palabra de que fue así?
-Tienes mi palabra, Ricardo. No miento nunca.
-Te creo. Un abrazo, y cuando vuelvas por Madrid, llámame y tomaremos un refresco. ¿De acuerdo?
-Por supuesto. Cuídate.
Omití contar a la gente los pormenores de aquella jornada. Sólo narré que habíamos quedado a cenar y que hablamos de la posibilidad de realizar actos conjuntos. Hay cosas qué es mejor ocultar en determinados momentos.
-¡No me fastidies que quedaste con Ricardito! -exclamó Eduardo Arias-. ¿Y qué te contó el drogadicto ese?
-Me dijo que eras un buen tipo y me pidió que te diera saludos de su parte.
-¿En serio? ¿No te habló mal de mí?
-Dijo que está dolido porque te aprecia, pero no te guarda rencor, y espera que las aguas vuelvan a su cauce.
-En el fondo, no es un mal tipo. Tiene sus cosas... Le llamaré a ver qué se cuenta -expuso Arias.
Había transcurrido una semana desde mi inolvidable noche con Ynestrillas y me encontraba en el flamante despacho que la gente de Arias había alquilado en una céntrica calle de Madrid. Una docena de ex-militantes de la AUN se agolpaban frente a la mesa donde su líder se afanaba en clasificar unos papeles.
-Ya hemos legalizado nuestra organización. Se llama <>. Esta misma mañana nos han llegado los documentos del Ministerio del Interior. ¿Qué más hablaste con Ricardito? -indagó Eduardo.
Le conté los puntos más importantes de la conversación, evitando aquellos detalles que pudieran enfrentarle a su ex compañero. Recalqué las alabanzas que el líder de la AUN manifestó sobre él.
-En el fondo, no es mal chaval –dijo, intentando ocultar la alegría que sentía.
Me percaté de que, a pesar de las descalificaciones mutuas, ambos se apreciaban.
-¿Ahora que estáis legalizados, se modificará nuestra relación política? -pregunté.
-¡Para nada! Lo hablado sigue en pie. Lo que resultaría interesante sería crear una nueva plataforma para profundizar la unidad.
Pactamos realizar una reunión semanal para matizar los diversos puntos a tratar. Por Patria Libre asistirían Manolo Maqueda y Eduardo Arias; por la FE-FNS, Julio Dánvila y yo. Maqueda tendría la misión de contactar a otros grupos.
Hacía falta nombre y símbolo para ese <>. Después de analizarlo mucho, decidimos bautizarlo como <> (FSE) y utilizar como emblema el águila bicéfala de los Austrias. Las bases de dicho embrión serían amplias y simples, con el fin de no alejar a nadie.
Con ese plan de trabajo iniciamos el proyecto. Teníamos ilusión y ganas. Faltaba financiación y adhesiones. Estas últimas no se hicieron esperar. A la semana siguiente recibimos la grata noticia de que otra formación se había

incorporado a nuestra propuesta. El nuevo socio era la Falange Española Nacional Sindicalista (FENS), agrupación compuesta por veteranos ex militantes de FE-JONS, que contaba en Madrid con un par de sedes y alrededor de doscientos militantes.
Esta adhesión provocó que se modifican ciertas normas del FSE. Se acordó publicar una revista mensual explicando nuestro ideario; todas las decisiones deberían tener el consenso unánime de los jefes de las organizaciones presentes; cada grupo pagaría una cuota mensual de veinticinco mil pesetas; las reuniones tendrían lugar en Madrid.
Mientras este plan cobraba forma, en Valencia seguíamos maquinando actividades públicas. Creamos las juventudes del partido, dirigidas por Luis Espert, a las que bautizamos como <>. Gracias a los esfuerzos de Luis, en seguida comenzó a incrementarse la militancia, que llegó a contar con centenares de comprometidos estudiantes.
La Junta Nacional estaba compuesta, además de por el mencionado Espert, por Alfredo Espert y Julio Dánvila, como secretarios generales; Lucas Más, como secretario de acción política; Rafael Carrión, como secretario de administración; Antonio Flores, como secretario de prensa y propaganda; Lucía Clemente, como secretaria de organización; Maria José Vidal, Francisco Montesinos y Juan Manuel Fonte, como consejeros nacionales, y yo como jefe nacional. He de decir que se trataba de una composición de lo más heterogénea, pues constaba de antiguos militantes de Fuerza o de la FE-JONS, de nuevas incorporaciones libres de prejuicios e, incluso, de un nazi.
Concertamos realizar acciones legales impactantes de cara a la opinión pública. Dada la proximidad del tradicional 20–N, planeamos resucitar una olvidada costumbre de la Falange valenciana: realizaríamos una marcha con antorchas desde el centro de la capital hasta la cruz de los caídos del Saler, distante seis kilómetros.
Sin perder tiempo, informamos del itinerario a la Delegación del Gobierno y solicitamos protección policial ante posibles agresiones de grupos radicales de ultraizquierda.
Roberto se enteró de nuestra idea y ofreció su apoyo: nos cedió una furgoneta provista de megafonía. Faltaba menos de un mes y pusimos en juego todo nuestro esfuerzo.
Por las mismas fechas recibimos una inesperada invitación de la jefatura nacional de la FE-JONS. Nos ofrecían participar en la marcha anual que realizarían desde la casa natal de José Antonio, en la calle Génova, hasta su tumba en el Valle de los Caídos. Aceptamos, pese a existir menos de veinticuatro horas de diferencia entre cada acto.
De igual manera, Eduardo Arias nos obsequió una cena que tendría lugar el sábado siguiente al 20-N. A ésta acudirían numerosas delegaciones extranjeras.
Con la agenda completa, pusimos manos a la obra. Faltaba ultimar los preparativos para que concluyera siendo un éxito.
¡Y llegó el día! Con el corazón en un puño esperábamos en la calle Poeta Querol el arribo de simpatizantes. Las últimas semanas habíamos trabajado duro, y en breves minutos confirmaríamos si nuestros desvelos habían sido provechosos.
El llamamiento resultó notorio, y centenares de personas concurrieron ilusionadas. No me gusta hablar de cifras, pero no creo arriesgado afirmar que en la parte principal del acto reunimos cerca de dos mil personas.
Al día siguiente, los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia y coincidieron en señalar la ausencia total de incidentes.
Horas después y como si de una prueba a contrarreloj se tratara, partimos hacia Madrid a tomar parte en la marcha al Valle.
Gustavo Morales estaba por allí sin querer saber nada de nosotros. Supimos que la invitación para que participáramos surgió de Emilio Mariat, secretario nacional de acción política, y del jefe provincial de Madrid.
Aquella madrugada de noviembre la recuerdo fría. Vestíamos camisa azul, arremangada por encima de los codos, y estábamos reventados. Varias escuadras se turnaron toda la noche, escoltando la corona de laurel que transportábamos al lugar de reposo del Jefe. Un par de vehículos de la Benemérita abrían paso y cuidaban la solemne columna. En un momento dado, a las tantas de la mañana, un par de jóvenes guardias civiles solicitaron permiso para acompañar cinco minutos a la comitiva. Se arremangaron las camisas verdes del uniforme y, aprovechando la ausencia de ojos delatores, anduvieron junto al cortejo un kilómetro. Más tarde reconocieron que, aunque no eran falangistas y no conocían nada de José Antonio, abrigaron una gran emoción marchando junto a nosotros en esa ocasión mágica.
Conforme avanzaba la madrugada y con la impresionante cruz del mausoleo a la vista, nuestros cuerpos sintieron las bajas temperaturas de la sierra. Hablando en broma, los militantes de la FE-JONS comentaban que cada año sentían más frío que el anterior y, hartos de esta situación, la jefatura nacional quería hacer llegar a los medios de comunicación un secreto celosamente guardado durante décadas: José Antonio fue fusilado el 20 de agosto, pero la prensa franquista ocultó ese detalle e hizo pública su muerte meses después. ¡Si es que tanto frío no se puede aguantar!
Una vez que alcanzamos el Valle de los Caídos, realizamos una misa frente a la lápida donde descansan los restos de nuestro venerado líder. Finalizamos cantando solemnemente el Cara al Sol y volvimos en coche a la capital. En pocas horas acudiríamos a la cena de Patria Libre. ¡Sería un fin de semana completito!
Reposamos hasta media tarde en casa de Manolo Maqueda, con el que entablamos gran amistad. A continuación acudimos al restaurante elegido.
Al llegar, vislumbramos un ambiente totalmente diferente al de los actos anteriores. No se veían camisas azules, sino almidonados trajes de corbata y ropas informales de marca. La diferencia entre la Falange, compuesta mayoritariamente por universitarios y trabajadores, y lo que se ha dado en llamar extrema derecha era más que evidente. Como ya he dicho en alguna ocasión, formábamos parte de dos mundos antagónicos.
Dos centenares de personas nos congregábamos en el amplio comedor. Más de la mitad pertenecía a delegaciones foráneas. Compartimos el espacio con representantes del Frente Nacional francés, del homónimo inglés, del NPD alemán, de formaciones belgas, italianas, austriacas y de alguna nación que no recuerdo. Quedé impresionado por los contactos internacionales de Eduardo, jamás contemplé algo similar.
A lo largo de la velada, encontré ocasión de conversar con militantes de las diversas organizaciones, muchas de ellas con diputados en sus parlamentos de origen o en la eurocámara de Bruselas. Coincidían en un punto: abrigaban la esperanza de que cuajara en España algo de lo que se estaba conformando.
Me presentaron al líder del NPD, Udo Voight, y pasé gran parte de la noche charlando con él. Su perfecto dominio del castellano, puesto que veranea en nuestro país, posibilitó la comunicación. El jefe germano estaba al tanto de la creación de nuestro partido y del distanciamiento de Patria Libre y la AUN.
-Se veía venir -comentó-. Ynestrillas es un buen chico, pero inestable. Por el contrario, Arias y Maqueda son más maduros.
-Supongo que en Alemania será difícil organizar reuniones como ésta.
-En España lo tenéis más fácil. Es una pena que os encontréis tan divididos. ¿Sabes lo complicado que resulta en nuestra patria conseguir una cena similar?
-Supongo... -respondí.
-De entrada, no podemos contratar un comedor para doscientas personas, porque resulta sospechoso. Tenemos que acudir a una sala de convites y reservar menú con la excusa de que se trata de una boda o una comida de empresa. Por seguridad, el lugar lo mantenemos en secreto hasta la fecha exacta. Unos días antes empezamos a correr la voz que la comida será el día tal, por ejemplo, en Hamburgo, y media hora antes avisamos a nuestra gente del sitio concreto. Cuando el dueño del comedor se da cuenta de quiénes somos, ya estamos dentro y tiene que aguantar.
-¿Lo hacéis por la policía?
-No, somos un partido político legal y bastante implantado en la región de Baviera. La policía va contra los grupos neonazis que saludan brazo en alto o portan cruces gamadas; nosotros no hacemos nada de eso. Lo que intentamos evitar es el enfrentamiento con grupos antifascistas, que allí están muy organizados. Los dueños de los restaurantes temen las represalias y por eso ponen pretextos para impedir que acudamos a sus locales. Más de uno ha sido objeto de atentados por ese motivo.
-¡Qué fuerte! ¿Cómo se ve desde fuera el proceso en España?
-Con buenas perspectivas -auguró-. Es lógico que todavía no dispongáis de estructuras definidas, pero vais por el buen camino. Desde que acabó la segunda guerra mundial, tardamos cuarenta años hasta ser capaces de crear una base sólida, y otros diez en organizarla. Vosotros comenzasteis hace veinte años, cuando la muerte de Franco; lleváis dos décadas: se supone que os queda otra, por lo menos, para formarla, y una más para desarrollarla. De todos modos, debéis estar tranquilos, nuestras opciones son expectativas de futuro, y aquí en España lograréis transmitir el mensaje que os permitirá llegar a ser una de las principales fuerzas políticas. Es lo mismo que ha ocurrido en el resto de los países europeos. Si me permites un consejo, te diré que, en su día, no calquéis fórmulas de fuera, que aquí no cuajan igual. Debéis ser capaces de llevar a cabo vuestras propias inquietudes y de lograr que éstas impacten en la opinión pública.
Le agradecí la recomendación y procedí a despedirme de él. Antes de dejarme, me invitó al congreso anual que su partido pensaba realizar a principios del año siguiente en Baviera.
-Eduardo y Manolo también están convocados. Ellos ya vinieron en una ocasión -manifestó.
La cena de Patria Libre mostraba diferencias con el resto de las que se hacían habitualmente en la misma fecha. Además de delegaciones extranjeras, reconocí a históricos militantes ultras, entre los que se destacaba Ladislao Zabala, miembro del Batallón Vasco Español, bajo cuyas siglas fue condenado a prisión por el asesinato, en diversas acciones, de siete simpatizantes abertzales en los difíciles años de la transición.
Tanta profusión de fuerzas me hizo comprender que estaba viviendo un momento histórico donde se estaba conformando el panorama futuro de la ultraderecha española.
Un dato anecdótico: ninguno de los presentes, ni españoles ni extranjeros, quería saber nada de afiliar skins en sus partidos, al menos abiertamente, aunque algunos casos, como el de Lucas, eran merecedores de todo respeto.
Antes de dar por concluido el acto, tomó la palabra un representante de cada formación. Por Patria Libre habló Arias, quien explicó el nacimiento de un nuevo núcleo unificador denominado Frente Social Español. Seguidamente, por el FE-FNS, hizo su alocución Julio Dánvila, enfatizando los mismos puntos que Eduardo. Ambos invitaron a los congregados a asistir al acto público de presentación, que tendría lugar el sábado 29 de noviembre próximo.
Rematamos el evento entonando el Cara al sol. Los asistentes hispánicos se dividieron entre quienes alzaron el brazo y quienes permanecieron firmes y con los labios sellados. De las representaciones extranjeras, únicamente levantaron el brazo los italianos. Los alemanes, tiesos como palos, no dejaron vislumbrar siquiera un atisbo de emoción.
Al concluir el cántico, uno de los de Valencia, Lucas, el skin neonazi, preguntó:
-Pero ¿los del NPD no son nazis?
-No sé... Aquí tienes un montón, pregúntaselo a ellos -respondí.
Concluido el acto, faltaba el remate final, y acordamos marchar al bar de copas de un camarada para seguir con la fiesta a puertas cerradas. El pobre Indio se pasó toda la noche charlando con los germanos, intentando averiguar si se sentían o no los herederos del Führer, pero sólo consiguió arrancarles sonrisas y silencio como respuesta.
Al cabo de un par de horas, se acercó todo feliz y me dijo al oído, emocionado.
-¡Son nazis, tío! ¡Son nazis!
-¿Y eso? -pregunté.
-¿Ves a ése? –me dijo, señalando a uno de los del NPD.
-Sí. ¿Qué pasa con él?
-Hemos coincidido los dos en el servicio, y me ha dicho rápidamente, en voz baja: ¡Heil Hitler!
-Ya te dije que en Alemania les meten un año de cárcel. Aquí van con mucho cuidado.
Con esa anécdota concluimos el largo fin de semana. Al día siguiente se realizarían varias concentraciones en homenaje a Franco y José Antonio, pero decidí volver a casa. Lo que tenía que ver ya estaba visto, y lo que había que tratar ya estaba tratado. Seguir un día más para escuchar a los <> de siempre significaba perder el tiempo.
Mientras tanto, en Madrid se afanaban por ultimar los preparativos para la exhibición oficial del FSE. Los militantes de Patria Libre y de la FENS estaban poniendo toda la carne en el asador con el propósito de asegurar el brillo del evento. En los últimos días, recibimos la grata noticia de que tres nuevos grupos habían contactado con Maqueda para incorporarse al Frente Social. Se trataba de Vascos Navarros por España, Vanguardia Española y Dispar. El acto público fue convocado para la tarde del 29 de noviembre, en la plaza de Chamberí.
De Valencia marchamos un par de vehículos repletos. Lucas Más, como secretario de acción política, pronunciaría el discurso de la FE-FNS.
El sábado indicado, con los recuerdos del 20-N todavía en la memoria, comenzó el mitin. El número de asistentes resultaba difícil de determinar, por tratarse de un lugar abierto, pero dudo que hubiera más de quinientas personas.
En las distintas intervenciones, se trató sobre la necesaria unidad entre todas las organizaciones patriotas y sobre nuestro firme compromiso de dar la vida, si fuera necesario, para evitar la disgregación nacional. La semilla quedó sembrada. Faltaba esperar que el tiempo acompañara y lograra germinar.
Lo que ocultó Eduardo es que esta puesta en escena tenía la finalidad de ofrecer una imagen de fuerza a los observadores del Frente Nacional francés, presentes entre el gentío. El objetivo: recibir la poderosa ayuda económica que acababa de perder la AUN.
De regreso a casa, hicimos balance: menos gente de la esperada, aunque mucha esperanza en el proyecto.
Independientemente de las actividades del FSE, en Valencia seguíamos buscando la inspiración para retornar a la palestra pública con nuevas acciones sonadas. Curiosamente, tal oportunidad llegó por casualidad, a raíz de una reseña aparecida en prensa. La Facultad de Filología había otorgado una distinción a un alumno por escribir un poema titulado <>. Sin quererlo, nos acababan de proporcionar la excusa perfecta para volver a la calle y, de paso, comprobar nuestra rapidez de organización.
Planeamos concentrarnos frente a la puerta de la Universidad en cuarenta y ocho horas. Roberto ordenó que acudieran allí varios de sus trabajadores, haciéndose pasar por militantes del partido. Por nuestra parte, emplazamos a los afiliados a la cita, informamos a la prensa y a Delegación del Gobierno de nuestras intenciones, y procedimos a realizar la protesta.
Colocamos a dos chavales con camisa azul y portando banderas nacionales, franqueando la puerta principal, e iniciamos el lanzamiento de proclamas por megafonía. Aunque no rebasábamos el medio centenar, logramos causar gran expectación, máxime tratándose de una avenida importante y en día laborable. A los pocos minutos, miles de caras nos contemplaban a través de los cristales de las aulas.
Roberto tuvo una de sus maquiavélicas ideas: puso un chaval a <> a la gente con una vieja cámara de súper 8 sin carrete, y a otro lo mandó hacer <> con un <>. Los alumnos no sabían dónde esconderse para evitar que captáramos sus imágenes. No insultamos a nadie, pero es comprensible que esa escena de acoso causara pavor en más de uno.
Llevábamos casi una hora apostados, la totalidad de estudiantes y profesores permanecían en el interior sin atreverse a salir. En un momento dado y haciendo alarde de un valor digno de respeto, acudió la rectora a pedir que nos fuéramos:
-¡No me asusté con la dictadura y no vais a amilanarme vosotros! -gritó en nuestra cara.
Le dije que nadie les impedía salir y que estábamos ejerciendo nuestro derecho democrático a protestar, pero no me hizo caso y volvió a entrar en las dependencias. Al cabo de un rato, un agente de la Unidad de Intervención se dirigió amablemente a mí en estos términos:
-Sin intención de meterme donde no me llaman, creo conveniente decirle que ustedes están en su derecho de permanecer aquí todo el tiempo que quieran, pero varios alumnos quieren salir y tienen miedo. Creo que el motivo de su protesta ha sido comedido y correcto, aunque si se prolongara, quizá sonara a chulería y perderían los puntos que han logrado. En fin, hagan lo que consideren oportuno. Hemos venido a protegerles, porque lo han solicitado. Ustedes deciden.
Comprendí que el policía tenía razón y ordené desmantelar el tinglado, ante las protestas de Roberto, que se encontraba como pez en el agua. Conseguimos lo que pretendíamos, sin pensar siquiera en utilizar la fuerza. La cosa marchaba por buen camino.
Los informativos de la jornada contaron lo sucedido. Fiel a sus compromisos, la televisión autonómica no vertió descalificaciones hacia nosotros.
Varios alumnos de filología se afiliaron esa misma tarde al partido.
Después de realizar el mitin fundacional, las reuniones semanales en Madrid seguían realizándose, aunque sin lograr objetivos concretos. Eduardo se encontraba más ocupado en tratar de conseguir subvenciones Lepenistas que en ahondar en la unidad. Por otra parte, Maqueda abandonó el partido debido a problemas personales, y las charlas no llegaban a ningún fin concreto. Una de las últimas actividades conjuntas que realizamos fue una concentración donde se produjeron incidentes con la policía, frente a la Audiencia Nacional, cuando procesaron a los responsables de Herri Batasuna.
Mientras tanto, Roberto comenzaba a meter las narices más de la cuenta. Se encontraba contento con el despegue del partido, aunque eso de estar relegado a un segundo plano empezaba a molestarlo. Decidió implementar una estrategia para desplazarme del mando, ya que no podía enfrentarse directamente, al menos de momento. Sabía que la mayoría de la militancia apoyaba mi gestión y que a él lo aborrecían, y optó por mantener la calma y desbancarme según los mismos estatutos del partido. En medio año tocaba ratificarme en el cargo mediante elecciones internas. Si conseguía afiliar a parte de sus empleados, se llevaría el triunfo en las urnas.
Con esta finalidad prosiguió la campaña forzosa de afiliación en Levantina de Seguridad. Mediante circulares internas advirtió de la obligación de afiliarse a todos los que quisieran progresar en <>. Medio centenar siguió sus indicaciones y formalizó la relación, aunque la mayoría jamás llegó a pagar cuotas ni acudió a ninguna de las asambleas semanales. Por nuestra parte, no nos preocupaba demasiado su actitud. Éramos conscientes de que nunca lograría igualar nuestro porcentaje de votos. Lo realmente preocupante era qué sucedería cuando él se percatara de lo mismo. Debíamos prepararnos para ese momento.
Las motivaciones que Roberto tenía para intentar participar de nuevo activamente en política no respondían, ni mucho menos, a motivos altruistas. Ya contaba con cuantiosa fortuna: el fondo social de sus empleados y los tejemanejes contribuyeron a crearla; pero le faltaba una autoridad que ansiaba. Es cierto que contaba con doscientos empleados dispuestos, en gran parte, a acatarle ciegamente, pero eso no era suficiente cuando estaba en juego ser la <> de la futura tercera fuerza política. Roberto no tiene un pelo de tonto y es consciente de que jamás podrá ser la cabeza visible de nada: demasiados trapos sucios empañan su vida. Su obsesión consiste en manejar los hilos del partido, sueña con el 13 por ciento de esperanza de voto y sabe que la extrema derecha europea espera ese resurgir en España.
Jean Marie Le Pen, conoce la importancia del dinero para lograr despegar. A principios de los ochenta, el Frente Nacional francés que dirige era el hermanito pobre de otras organizaciones del viejo continente, como Fuerza Nueva o el MSI italiano. Pero la recepción de una herencia millonaria, legada por un afiliado, giró la tortilla. Dinero trae dinero, y el partido galo se alzó y rozó las estrellas. Ahora su interés consistía en financiar partidos hermanos en el resto de Europa.
Se sabía que los jerarcas del FN nos miraban desde hacía años con optimismo. El primer paso lo dieron sufragando a Ynestrillas con su Alianza para la Unidad Nacional. Es interesante señalar que gran parte de los actos que este partido realizó sólo pudieron llevarse a cabo gracias al dinero galo. Pero la experiencia de la AUN resultó una ruina calamitosa para los gabachos, que no vieron satisfechas sus esperanzas. Subvencionaron a Ricardo para que transmitiera el mensaje que a ellos les reportó beneficios: <>, dirigido a los votantes de izquierda. Por el contrario, Ynestrillas y su gente ahondaron en el problema de la ETA, volcando sus esfuerzos en captar a víctimas del terrorismo y a antiguos militantes ultras. Además, las cuentas no cuadraban y, hartos de tanto desenfreno, los inversionistas políticos de Le Pen decidieron prescindir de aportar nuevo capital a esta organización. La ruptura de Eduardo con la Alianza implicó el definitivo cese de relaciones entre el FN y la AUN.
Arias conocía estos extremos y quiso vender a los franceses la idea de fuerza y unidad que demandaban. Su unión con nosotros tuvo la oculta finalidad de conseguir ese soporte económico vital para dar el paso definitivo en la escena política. Pero no contaba con que los galos estaban tan hastiados de la gestión realizada por los dirigentes de la AUN que renunciaron a soltar un solo franco más. Seguirían objetivamente cualquier intento serio y, en todo caso, aportarían material publicitario, pero ni un duro.
Desde otros partidos españoles afines, entendieron claramente la indirecta y volcaron sus mensajes hacia el tema de la inmigración. Democracia Nacional aspiraba a alcanzar el beneplácito de Le Pen y, desde Valencia, José Luis Roberto, también.
El 13 de junio de 1997, Juan García Sentandreu, actual líder de Coalición Valenciana, convocó una multitudinaria manifestación en defensa de la lengua valenciana. Tres semanas después, nosotros teníamos prevista otra diferente. Para ésta se contrataron los servicios de <>, y Roberto decidió que fuera yo quien organizara la seguridad. Serviría como ensayo para la que la FE-FNS tenía prevista.
Al inicio de la manifestación coincidimos con G. T., antiguo militante de Fuerza Nueva asesor de Eduardo Zaplana.
Saludó a Roberto y le comentó que estaba al día de la creación de nuestro partido. Fuimos presentados y, tras intercambiar nuestros móviles, quedamos en llamarnos. Tenía una oferta interesante para hacerme.
El barrio de Ruzafa, de origen musulmán, es uno de los más tradicionales de la ciudad del Túria. Sus orígenes se pierden en el tiempo, pero se sabe que en la Edad Media los árabes lo convirtieron en un edén plagado de jardines. En sus lindes capituló el rey moro la rendición de Valencia frente a Jaime I el Conquistador; aunque no se marcharon, y permanecieron varios siglos conviviendo con los cristianos.
Actualmente, muy poco tiene de vergel. Sus estrechas calles, cuajadas de vetustos edificios, se han trasformado en focos de delincuencia. Ciertas vías resultan intransitables, incluso a plena luz del día, y muchos de los vecinos de siempre se han tenido que marchar.
Yo conocía las alegrías y tristezas ruzafinas. Desde pequeño me crié por sus calles, viví sus fallas y sentí desde dentro las tradicionales fiestas en honor del patrón del reino, san Vicente Ferrer.
Siempre me he sentido parte del barrio, y me dolía que se hubiera convertido en refugio de especuladores inmobiliarios y otra chusma. Algunas calles estaban tomadas por magrebíes, y aunque muchos de ellos eran gentes honrada y digna, justo es decir que otros vivían del robo y el trapicheo.
Aquel año, la Policía Nacional realizó varias batidas con la intención de acabar con la creciente delincuencia que empezaba a adueñarse de todo. Y porque quería a Ruzafa decidí que sería precisamente allí donde realizaríamos nuestro próximo acto público en defensa del barrio y contra los mangantes sin distinción.
Así lo propuse en la junta del partido, y con esa finalidad se aprobó una manifestación. Antes de nada, comenté la idea con varios vecinos, incluso con algún amigo marroquí. Creyeron que se trataba de una gran idea, aunque partiera de <>; aún así comprometieron su asistencia.
Buscamos un itinerario que recorriera las callejuelas más olvidadas y los puntos con mayor índice de delitos. Una vez realizado, lo presentamos a la Delegación del Gobierno, indicando que la fecha prevista sería el 30 de junio.
Al día siguiente, los titulares avisaban: <>. Lo primero que hice fue emitir un comunicado de prensa desmintiendo la noticia, pero cayó en saco roto. Interesaba el morbo y éste encontró rápida salida.
Durante semanas estuvo abierto un intenso debate, cientos de artículos y tertulias de radio se cebaron contra nosotros. Viendo que el motivo principal se estaba desviando, organicé una asamblea para posponer la marcha. A la misma acudió gran parte de la militancia y Roberto con sus machacas. Al escuchar mis argumentos, Roberto advirtió que el acto se tenía que hacer por cojones y punto.
-Si no tenéis lo que hay que tener, buscaré otros grupos con más valor para que ocupen este local -amenazó.
Al concluir la reunión, éramos conscientes de que la apacible alianza con Roberto estaba llegando a mal término. Aun así, decidimos realizar el acto, aunque informando a la opinión pública de nuestros verdaderos propósitos. Los camaradas de la FENS abrieron una página web explicando los motivos que nos movían. Durante semanas recibimos miles de correos, a favor y en contra, de muchos países del mundo.
En la sede de la Gran Vía seguíamos impresionados ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos. El único que reía feliz en su despacho era Roberto.
Por mi parte, estaba intranquilo. La mayoría de los e-mails recibidos provenían de organizaciones neonazis y grupos de cabezas rapadas que nos apoyaban en nuestra lucha <>. No quise erigirme en jefe espiritual de los skins, y opté por no volver a convocar ni un solo acto que condujera a equívocos.
Roberto decidió tomar las riendas en este asunto y, por miedo a perder mi empleo, agaché cobardemente la cabeza y accedí.
Se anunció una rueda de prensa en la sede, y se programó que la diera un empleado suyo de nacionalidad marroquí, que, para más inri, era votante del PSOE. El mencionado, Abdeslam Benlenkadem, leyó un comunicado ante la cantidad de reporteros que abarrotaban la sala de juntas y se despidió sin contestar a las preguntas que querían formularle. Todo ello obedeció a órdenes puntuales de Roberto; no podía arriesgarse a que una metedura de pata llevara al Delegado del Gobierno, Carlos González Cepeda, a prohibir la cita.
Durante los días anteriores, la inmensa mayoría de los militantes y vecinos se desmarcaron del acto, que amenazaba con convertirse en una confrontación abierta entre neonazis eskinetes y grupos antifascistas.
La tarde prevista, acudí por compromiso, y me arrepiento de ello. Todo lo que alcanzaba a ver fueron furgonetas de la policía, que parecían los auténticos manifestantes, rodeados de dos centenares de radicales de uno y otro signo. Comenté a la prensa mis impresiones, que no tenían nada que ver con las de Roberto, quien, altavoz en mano, disfrutaba de lo lindo lanzando proclamas insolentes.
Al finalizar, me apenó contemplar el resultado de lo que contribuí a crear. Habíamos convertido el barrio en un campo de batalla repleto de personas ajenos a él. Esa situación provocó en la organización una brecha que no cicatrizaría jamás.
Después de aquella experiencia, se enfrió la relación con el capo y durante semanas no supe nada de él, hasta que coincidimos nuevamente en Serra, en la celebración anual del 18 de julio. Durante aquella velada, Roberto me llevó aparte y expuso seriamente:
-Cuando comenzaste con el partido, no tenía intención de participar en él, pero luego de ver el desarrollo, he cambiado de parecer. Me dolió la debilidad que demostraste en Ruzafa, y aunque quiero que sigas dirigiéndolo, te aviso de que después del verano crearé una junta provincial que será la que gobierne realmente el asunto. Para entonces deberás prescindir de todos aquellos que no sean leales a la <>.
-¿A quién piensas colocar en ese consejo?
-Sus nombres no están decididos. No quiero idealistas, sino gente a la que tenga agarrada por la barriga y dispuestos a acatar ciegamente las órdenes que les dé. Es la única forma de hacer algo útil.
Escuché sus planteamientos sin intención de aceptarlos. Desde que comenzamos, supuse que algo similar acabaría ocurriendo, aunque no esperaba que fuera tan pronto. Intentaría buscar una solución con la ayuda de los militantes y, de paso, debería ponerme a buscar un nuevo empleo. Jamás lograría nadie volver a hacerme agachar la cabeza cuando tuviera razón. Lo hice en Ruzafa y me avergonzaba de ello.
Recién concluido el verano, recibí una llamada de Roberto.
-Acaba de llamarme G. T. y me ha pedido tu número de móvil. Te llamará en unos minutos -informó.
A los pocos segundos de cortar esta comunicación, el teléfono volvió a entonar la melodía. Alguien estaba llamando desde un número oculto.
-¿Dígame? -contesté.
-Buenos días. ¿Es usted Juan Manuel Crespo?
-Sí, soy yo.
-Soy G. T. No sé si me recuerda. Nos vimos en la manifestación de defensa del valenciano.
-Por supuesto que lo recuerdo. Dígame.
-Preferiría hablar personalmente con usted. Supongo que sabrá donde se encuentra la puerta principal del edificio de la Generalidad.
-Sí, claro que lo sé.
-¡Perfecto! Justo enfrente hay una especie de taberna inglesa llamada: Sherlock Holmes. ¿Le parece bien esta noche a eso de las diez?
-Muy bien, ahí estaré.
No hacía falta ser un lince para suponer lo que pretendía transmitirme. ¡Desde luego, para afiliarse no me llamaba! La única razón lógica debía de ser para llegar a algún acuerdo político, económico, o de ambos tipos. Esa noche saldría de dudas.
Al cabo de un rato, recibí un nuevo toque del Roberto.
-¿Te ha llamado G. T.?
-Sí, hemos quedado esta noche a las diez.
-¿Te ha dicho si acudiría con Zaplana?
-Pues la verdad es que no.
-¡De acuerdo! Pásate a las nueve por la empresa e iremos juntos.
-Muy bien, ahí estaré.
Faltaban dos horas para la medianoche cuando llegamos al lugar escogido. Se trataba de una cafetería-taberna-bar decorada al estilo británico, donde se apreciaba mucho nivel.
-¿Conoces a Juan Carlos Gimeno? -preguntó Roberto.
-Me suena de oídas.
-¡Sí, hombre! Debes de conocerlo... Es diputado autonómico del PP, estuvo de presidente de la asociación de vecinos El Plantío y fue la famosa <> en el tema de las escuchas de la Diputación.
-¿Qué ocurre con él?
-Nada, es el dueño de esto. Me invitó a la inauguración hace unos meses. ¡Una cosa! Si pregunta, le dices que tienes afiliadas a mil personas.
-¿Crees que intentará llegar a algún tipo de compromiso económico?
-De eso estoy seguro. Le interesa quedar bien conmigo.
-¿Y eso?
- “Suponte que en la prensa aparecieran unas fotos del asesor de Zaplana con una borrachera de tres pares y colocando carteles de Fuerza Nueva, ¿crees que le gustaría?
-¿Tienes esas fotografías?
-Te he dicho cien veces que <>. Lo que menos puede interesarle es un escándalo así. Tú, tranquilo, y déjame hablar a mí como abogado del partido.
Entramos en el local buscando con la mirada a G. T. No estaba, y tomamos asiento en una mesa situada en un rincón. Al cabo de un cuarto de hora lo vimos penetrar en el local. Vestía de negro riguroso. Vino directo hacia los dos.
-Perdonad la espera. Salgo de una reunión con Eduardo y se me ha ido el santo al cielo.
-No te preocupes -dijo Roberto-. Acabamos de llegar. Bueno, tú dirás.
-Realmente estoy impresionado con la publicidad que estáis consiguiendo para el partido. Parece que os va bien.
-¡Y tanto! -repuso José Luis-. Estamos recibiendo algunas ayudas de parte de empresarios y organizaciones extranjeras.
Seguimos departiendo sobre la expectación que se había creado en el Parlamento valenciano ante nuestra entrada en escena.
-Habéis elegido una buena época para organizar el partido. Muchas personas empiezan a estar hartas de ver siempre las mismas caras y escuchar los mismos discursos.
-Contamos con más de un millar de afiliados -soltó Roberto-. Y sabes que eso podría implicar un mínimo de tres mil votos sólo en la capital. Quizá esa cantidad pueda resultaros ridícula, pero es suficiente para haceros perder las elecciones en unas autonómicas. Estamos dispuestos a tratar este asunto con vosotros y a llegar a un acuerdo. Además, ¡a mí me gusta tu jefe! De hecho, en las pasadas elecciones pedí el voto para él.
-Es interesante lo que dices. Muy bien. Éste ha sido un primer contacto. Mañana mismo hablaré con Eduardo e intentaré concertar una cita. A partir de ahora, siempre quedaremos aquí. No hay que dar pistas por teléfono.
-¿Quién va a espiaros si los tengo a todos en nómina? -bromeó el de Levantina de Seguridad.
La reunión duró menos de una hora. La voz cantante la llevó Roberto, que de eso sabía un rato. Sólo faltaba esperar que contactaran de nuevo.
Esas situaciones de dar dinero a cambio de posibles votos no eran nuevas. Desde la llegada de la democracia había sido una práctica habitual, por lo menos entre los grandes partidos de la llamada extrema derecha.
La cuestión consistía en vender la idea de que se contaban con unos miles de votos, en ocasiones no más de dos mil, y que eso podía suponer un concejal o un diputado. Cuanto más ajustados estuviesen los posibles resultados, mayor cantidad de dinero podía sacarse. Las aportaciones se efectuaban con el compromiso de que el partido retiraría su candidatura o no la presentaría. En ocasiones, la oposición intentaba financiar precisamente para que acudiéramos con nuestras listas a las urnas, entonces el asunto se convertía en una puja a ver quién daba más. El efectivo no solía exceder los dos millones de pesetas, cantidad más que suficiente para abonar los gastos completos de una sede durante dos o tres años.
Todavía recuerdo las cenas a las que invitaba el jefe provincial de la FE-JONS, José Luis Martínez Morán, cada vez que el PP aflojaba la cartera.
Días más tarde, Roberto volvió a emplazarme en su despacho. Se le veía contento. Probablemente estaría comiéndose el conejo antes de cazarlo. Por mi parte, haría lo imposible para que se le indigestara.
-¿Julio Dánvila estudia Derecho? -escupió José Luis.
Quedé sorprendido por la pregunta. Jamás llegaron a tratarse demasiado.
-Sí, está acabando la carrera.
-Se le ve un chaval despierto y serio -afirmó.
-Sí, lo es. ¿Y tu pregunta a qué se debe?
-Sabes que se comenta que hago trabajitos para el Cesid, ¿no?
-Sí, siempre se ha dicho.
-Y yo siempre lo he negado.
-Cierto.
-Lo que tratemos aquí no saldrá de la puerta, ¿Comprendido?
-Perfectamente.
-Unos amigos del Cesid me han pedido ayuda para infiltrar algún chaval de plena confianza en las asambleas que los grupos antisistema realizan en las facultades valencianas. Quieren tenerlos controlados, no sea que se les desmadren, y de paso corroborar posibles contactos con gentuza afín al entorno etarra. He pensado en Julio. Si le interesa, se contemplará la posibilidad de darle una compensación económica, e incluso un pequeño empujoncillo en la carrera.
-Se lo diré pero no creo que quiera.
-Vale. Pero hazlo -matizó.
Más tarde quedé con mi amigo y le comenté el tema.
-¡Para José Luis, ni agua! -fue la respuesta de Julio.
Transmití textualmente el mensaje a Roberto. No le hizo mucha gracia.
-¡A ver si estoy pagando el alquiler de la sede para nada! -protestó.
Después de que nos negáramos a trabajar de chivatillos, Roberto organizó una junta provincial compuesta por los pelotas más redomados de Levantina de Seguridad. En algunos casos, llegó a utilizar a personas con ideologías totalmente opuestas.
El ambiente en la sede era insoportable, y propició que se crearon dos camarillas: unos lo tenían a él como líder, y los demás, a mí. Con esa crispación a flor de piel faltaba la gota que colmara el vaso, y ésta surgió con motivo de la celebración del 20-N.
Un mes antes de aquella jornada, Roberto me citó.
-Faltan pocas semanas para el 20 de noviembre, y este año he decidido organizar personalmente la marcha al Saler. Hay muchas cosas en juego como para arriesgarnos a que algo salga mal y se eche a perder. He ideado hacerlo por todo lo alto, y para eso cuento con el asesoramiento de una empresa de publicidad, propiedad de Juan José Roca, un concejal del PP de una población cercana a Valencia. Así le haremos un guiño a Zaplana de cara a la reunión que tenemos pendiente. ¡Ah! ¡Una cosa! He notado el ambiente muy tenso entre los militantes del partido. Te advierto que al menor comentario que me entere que se hace contra mí o contra Levantina de Seguridad, tomaré cartas en el asunto. Tenemos la posibilidad de llegar a un acuerdo importante con el PP y no pienso tolerar nada que lo ponga en peligro. ¿Entendido?
-¡Sí, alto y claro! -solté con sorna.
-Espero que sea verdad. No eres tonto, y sabes que te conviene llevarte bien conmigo. No pretenderás estar toda la vida trabajando de vigilante.
Al salir de su despacho, me sentí indignado. ¿Qué podía hacer?
Roberto creía que si un año antes nosotros, sin medios y casi sin infraestructura, fuimos capaces de organizar algo serio, él, que disponía de eso, lo tendría más fácil. Alquiló varias furgonetas provistas de megafonía, para que no quedara un solo rincón que no conociera la existencia del acto. Del mismo modo, empapeló las paredes de carteles y lanzó miles de octavillas por las vías. Finalmente, emplazó a todos sus empleados a asistir a la marcha y organizó el servicio de seguridad empleando a los machacas habituales. En teoría, debería ser un rotundo éxito.
Faltaba menos de una semana para el evento cuando volvió a llamarme al móvil.
-Esta noche tenemos que quedar a cenar. Me ha vuelto a llamar G. T. Ha organizado una cena con Zaplana para dentro de diez días. Hay que ultimar detalles. A las ocho pásate por la empresa.
Durante la cena se mostró radiante y comenzó a hacerme partícipe de sus ideas.
-Hemos quedado en el mismo lugar de la otra vez. G. T. ha organizado una cena con Zaplana, a la que también asistirá Juan Carlos Jimeno. Esa noche el local estará cerrado al público y nosotros entraremos por una puerta distinta, no sea que haya algún mirón y ate cabos. Yo llevaré la voz cantante como letrado del partido, y he decidido que no vamos a pedirles dinero. Tengo una idea mejor.
-¿Sí? ¿Qué idea?
-Vamos a requerirles que nos concedan servicios para Levantina de Seguridad mediante concursos públicos. Hay mil fórmulas para lograr que hagan las bases ajustadas a nosotros. Como contrapartida, cogeré a mis nuevos empleados de una bolsa de trabajo que crearemos en el partido y que, de paso, servirá de aliciente para que la gente se afilie. A ti te daré el empleo de subinspector y seguirás de cabeza visible en la organización. ¿Qué te parece?
Escuché atónito sus razonamientos. Cuando finalizó su monólogo, le repliqué:
-¿De verdad crees que estamos trabajando altruistamente en la sede, dejándonos ahorros y sacrificando nuestras vidas para que tú cojas servicios para Levantina de Seguridad? ¡De eso nada! Es más, creo que ese dinero está podrido y, particularmente, no quiero saber nada de él. Por mi parte, puedes anular la cena con esa gente.
Las facciones de Roberto comenzaron a mudar, y una intensa ira invadió su rostro.
-¡Se hará lo que yo diga y punto! -escupió.
-No es justo y lo sabes. Por mi parte, no cuentes con apoyo. Además, hasta la fecha sigo siendo el responsable de la FE-FNS, y todo compromiso precisa de mi autorización -repliqué.
Roberto permaneció en silencio, mirándome. Entendía que tenía razón.
-Piénsatelo mejor y lo hablaremos con más tranquilidad. Aún queda tiempo -dijo.
Los preparativos para el 20-N seguían su curso, pero esta vez los militantes nos sentíamos al margen.
El día de la marcha acudimos puntualmente, aunque con ganas de finalizar. Tuve mis serias dudas sobre si debía o no asistir. Finalmente, opté por ir para no hacerles el feo a aquellos que de verdad lo sentían. Pero muy poco tenía que ver éste con actos pasados. De entrada, había gran cantidad de cabezas rapadas, y los machacas de Levantina de Seguridad dirigían el cotarro como si de una exhibición de halterofilia se tratara. Roberto danzaba en el medio de la calle, dando órdenes a diestra y siniestra. Se le veía excitado y henchido de satisfacción. En un lateral, aprecié aparcada una enorme limusina blanca con los emblemas del partido. Me acerqué y le pregunté por ella.
-Me he quedado una empresa de alquiler de coches de lujo. He decidido traer la limusina, porque creo que puede ser un golpe de efecto increíble -explicó.
Me quedé lívido. Fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia.
-Sabes perfectamente que la Falange no apoya al capitalismo, ¿Cómo se te ocurre traer uno de sus símbolos como imagen del partido? ¿Te has vuelto loco?
-¡Mira, estoy empezando a hartarme de tus chorradas! ¡La limusina está aquí porque me sale de los cojones! ¡Si no te gusta, te vas!
No hizo falta que me lo dijera dos veces. Busqué a la gente y les expuse el asunto. Todos decidieron acompañarme.
La marcha siguió sin nosotros. Únicamente un par de camaradas que no fueron avisados alcanzaron el final. Para ellos, mis más sinceras disculpas por el mal trago que pasaron rodeados de la gente del Roberto.
Nuestra retirada supuso que participara menos gente en el acto, y éste resultó un fracaso. No se puede comprar los corazones por mucho dinero que se tenga.
Al día siguiente, el teléfono no paraba de sonar. Finalmente, me decidí a cogerlo. Era José Luis:
-¡Te quiero en cinco minutos en mi despacho! -ordenó.
Comparecí, dispuesto a lo peor.
-¡Eres un impresentable! -fue el modo como me saludó-. ¡Lo de ayer no tiene nombre! ¡Me pusiste en evidencia delante de todos! Escucha con atención: la semana que viene tenemos la cita famosa. ¡Como pretendas joderme, el mundo será pequeño para ti! ¡Sabes que te tengo pillado por la barriga! Por la cuenta que te trae, no intentes fastidiarme -amenazó.
El fatídico momento había llegado, tenía que pensar algo, y pronto. En la sede todo eran caras largas. Para colmo, Roberto nos había puesto a un tío para controlarnos. Quedamos para cenar al día siguiente.
-Esto es inaguantable -dijo Luis-. Las juventudes nos apoyan y prefieren reunirse bajo un puente antes que ver todo el día al desgraciado ese.
Todos los demás estaban de acuerdo. La idea primigenia que tuvimos al crear un partido en plan soñador había fracasado. Éramos militantes de una organización pequeña y estábamos enfrentados por el maldito poder y el sucio dinero. Con mucho dolor de corazón decidimos hundir el barco que habíamos creado con tantos desvelos e ilusión. No queríamos que nuestras siglas constituyeran la referencia de los cabezas rapadas y los <> de Roberto. Algunos de nosotros trabajábamos en Levantina de Seguridad desde hacía años y nos tocaba elegir entre vivir con vergüenza o marchar con la cabeza bien alta. Preferimos la segunda opción. Sabíamos que de esta manera nos enfrentábamos a un poderoso enemigo, pero el no hacerlo implicaba dejar de ser personas para convertirnos en peleles. Acordamos abandonar la sede el martes siguiente, justo el día anterior a la esperada cena con Zaplana. Sería nuestra venganza.
Las horas previas a la fecha fijada resultaron intensas.
El lunes, Roberto llamó a mi mujer y la citó en la empresa con el pretexto de que le había procurado un trabajo. Una vez allí, le ofreció empleo en las oficinas de Levantina de Seguridad, con la condición de que le facilitara información sobre cualquier aspecto desconocido mío, para poder someterme. Ella se quedó con la boca abierta ante aquel despropósito y, muy sutilmente, lo mandó a freír espárragos.
Por lo que a mí respecta, comencé a buscar trabajo como un desesperado y, gracias a un amigo <>, conseguí firmar un contrato de vigilante jurado con Protecsa, actualmente absorbida por Prosegur. Aparte de eso, y para redondear el jornal, las tardes me empleé de portero en un pub, y por las noches, como seguridad en Suso´s, una conocida sala de fiestas.
El martes comuniqué a Eduardo Arias nuestro problema y, tras aconsejarme que <>, optó por quedarse junto a Roberto para dirigir la delegación de <> en Madrid.
Después me llamó G. T. para recordarme la cita. Le dije que, debido a serias discrepancias con Roberto, se anulaba la cena por los siglos de los siglos. Aprovechando que no se encontraba el jefe en las oficinas, pasé por Levantina de Seguridad y dejé dos sobres. Uno lo dirigí a la atención del jefe de personal, manifestando que causaba baja voluntaria; otro lo dirigí a José Luis, con un texto muy lacónico:
-He anulado la cena con Zaplana. G. T. está al día. Nos vamos con el partido a otra parte. No te confundas: no todos los hombres tienen un precio. ¡Arriba España, camarada!
En aquel instante dejé atrás el lugar donde trabajé durante más de diez años. Cerca de treinta mil horas portando el uniforme de <>, cientos de juicios, más de cincuenta detenciones practicadas, alrededor de una docena de intervenciones contra delincuentes armados y, sobre todo, muchos compañeros con los que compartí grandes momentos. Todo ello empezaba a formar parte del pasado. Sin mirar hacia detrás, enfilé hacia la sede.
Esa noche, un centenar de personas acudimos por última vez al piso de la Gran Vía. Descolgamos el gigantesco rótulo y, tras coger lo que era nuestro, marchamos a iniciar una nueva vida en libertad.

Tuesday, February 26, 2008

CAPITULO 7

Un viejo dicho español dice: <>, y, aún sabiéndolo, bebí… ¡Vaya si bebí!
-¡La <> tío! ¡La <>! -repitió Pepe como un poseso enseñándome el papel que señalaba nuestro licenciamiento definitivo. En apenas dos horas nos lo había mostrado en no menos de treinta ocasiones.
-Sí, tío, la <>, pero deja de dar esos alaridos, que vas a hacer que pegue un volantazo y nos estampemos todos por ahí. Y sería bastante surrealista que lo que no ha conseguido el ejército lo logres tú con esas gilipolleces.
Sonreímos escuchando las explicaciones de Javi, el más sensato del grupo y conductor en ese viaje de retorno a nuestras casas después de un año de servicio a la patria. ¡Y menudo año!
De entrada fuimos destinados desde Valencia a la Brigada de Cazadores de Alta Montaña, concretamente al Batallón Gravelinas XXV, con acuartelamiento en Sabiñánigo, Huesca.
Para unos jóvenes acostumbrados al suave clima mediterráneo, aquel contacto con la crudeza del invierno pirenaico supuso un fuerte cambio que, no obstante, supimos afrontar con entereza.
Continuamente, oí comentar por amigos que habían hecho la mili que esa etapa implicaba un tiempo perdido que no servía para nada. En nuestro caso no fue así.
Quizá, amigo lector, pienses que debido a mi vinculación política me sentiría atraído por la carrera de armas, y puede que en algún momento así fuera, pero nunca creí que realizaría el servicio militar. Eso de jurar lealtad al rey y a la Constitución era algo que no entraba en mis planteamientos de entonces.
Situé mis expectativas en salir como excedente de cupo o, en el peor de los casos, en prestar servicio en algún campamento cercano a mi domicilio, pero no fue el caso y, por el contrario, fui destinado a donde Cristo perdió el gorro, lejos de mi familia y de mis amigos.
En principio pensé que no soportaría la dureza del acuartelamiento. Siempre teníamos labores que desempeñar: quitar nieve a palazos, instrucción en orden cerrado, marchar a paso ligero diariamente doce kilómetros, guardias, refuerzos, retenes y vuelta a recomenzar. Aquella vida supuso un cambio radical en casi todos los urbanitas de mi reemplazo. Para más inri, en mi cuartel éramos menos de medio millar los soldados destinados, con lo cual rara era la jornada que librábamos de imaginaria, cuartelero o cocina.
Pese a ello y gracias en parte a la profesionalidad de los mandos militares que desempeñaban su función, en breve comenzamos a adaptarnos y a sentirnos integrados en el mundo que a la fuerza nos había tocado vivir.
Mi fortín tenía fama de rígido, no en vano: se decía que hasta hace poco había sido un cuartel de castigo para oficiales y suboficiales del ejército. Cuando llegué al mismo ya no lo era, pero la estricta disciplina continuaba impregnándolo todo y, evidentemente, nos afectaba en las labores diarias.
Continuamente teníamos tareas que realizar, se esperaba de nosotros que fuéramos los nuevos <> de la brigada, y a fe que casi lo lograron. En pocas semanas estábamos fuertemente adiestrados y soñando con poner nuestras botas sobre las altas cotas que dominaban nuestro entorno. Eso tenía una parte positiva: el tiempo transcurría velozmente.
Durante los meses posteriores realizamos maniobras de todos los tipos: fuego real en el campo de San Gregorio, supervivencia en Sallent de Gállego, controles fronterizos desde el refugio de Rioseta en Candanchú y las temidas jornadas de <>, que cumplimos tanto en verano como en invierno y donde consumamos los cursos de esquí y escalada. En tan sólo un año permanecimos en la montaña más de doscientos días.
Fue precisamente en marzo del 87 cuando practicamos nuestra primera salida de dos semanas al monte, concretamente al refugio militar de <>, cercano a la bellísima población oscense de Hecho. Allí, durante una doble marcha por la nieve (¡la primera vez que algunos la veíamos!), una impresionante ventisca seguida por pequeños aludes sepultó la casi totalidad de nuestras tiendas de campaña e hizo que saliéramos del lugar con lo puesto, y con algún que otro compañero con los primeros síntomas de congelación. A pesar de los 20º C bajo cero que tuvimos que soportar, nuestro bautismo en la alta montaña concluyó con éxito. A partir de ese instante todo fue miel sobre hojuelas y, aun a pesar del duro trabajo que desempeñábamos, comenzamos a vivir intensamente esa experiencia. Creo que el esfuerzo nos hizo disfrutar de ese ciclo, sobre todo, a aquellos que desde siempre hemos admirado la naturaleza en su estado puro.
Hice muy buenos compañeros; juntos disfrutamos de las satisfacciones y penas que tuvimos que sobrellevar, entre ellas, algún suicidio y muerte accidental de colegas que, teniendo en cuenta las reducidas dimensiones de nuestro nuevo hogar, supusieron un mazazo para más de uno.
Por mi parte, ascendí al empleo de cabo primero, que, en un cuerpo especial como ése, representaba un gran orgullo.
Cuando llegó el momento de nuestro licenciamiento definitivo pensé en reengancharme, pero la incertidumbre de mi futuro en el ejército de entonces hizo que apartara esa idea y me planteara un nuevo mañana en mi ciudad natal, y, la verdad, tenía miedo. Sabía que el fantasma del desempleo sacudía con fuerza a la juventud y temía entrar a formar parte del mismo. Puede que entonces lamentara no haber estudiado una carrera como mi padre, abogado, o preparado una oposición al Estado, como mi madre y mis tíos hicieran en su día.
Mientras volvía a casa después de la fase castrense, sentía un pánico agudo a lo que la vida podía depararme. Aunque tenía confianza en mí mismo y creía… (¡no!, ¡no creía!, ¡¡estaba seguro!!) que saldría adelante.
Durante toda mi existencia he sido muy independiente y, por eso, no hice caso a los consejos paternos que me animaban a estudiar Derecho. La idea la tenía clara desde hacía mucho tiempo atrás, desde los quince, exactamente a partir del día en que mi progenitor me llevó a su despacho y, mientras me mostraba las amplias estancias ataviadas con muebles de cedro, me expuso solemnemente: <>.
Al escuchándole sentí que se me caía el mundo encima. Esa frase la había sentido en multitud de películas del Oeste y, siempre que la pronunciaban, señalaban profundas extensiones de terreno donde pacían vacas y búfalos. Por el contrario, lo que a mí me estaban enseñando era unas dependencias formales con estanterías cuajadas de libros sobre Derecho mercantil y manuales referentes a Legislación urbana. De pronto, comprendí que aquello que me ofrecía mi padre era justo lo que no quería. ¡Jamás podría soportar la intensa monotonía de vivir inmerso entre miles de papeles reflejando disposiciones reglamentarias! En una micromilésima de segundo entendí que no sabía en lo que me ocuparía el día de mañana, pero, desde luego, tuve clarísimo en dónde no me metería.
Seguían agolpándose aquellos remotos recuerdos en mi mente cuando un ligero escalofrío me estremeció. La hora de la verdad se acercaba a cada kilómetro que el coche recorría, y en breve tendría que conseguir trabajo como fuera. No pretendía depender de mi familia y, con veinte años, juzgaba que no tenía edad para ello.
Las luces de la gran ciudad me devolvieron a la realidad. Javi estacionó el vehículo en la avenida de Aragón y, uno a uno, fuimos descendiendo del turismo mientras nos prodigábamos fuertes apretones y besos en las mejillas.
-Tengo vuestros teléfonos, tíos. Un día de éstos os llamaré e iremos a tomar unas copas y a recordar viejos tiempos, ¿conformes? -propuso Pepe.
Respondimos que sí, aún sabiendo que resultaba improbable que volviéramos a coincidir. De los presentes, únicamente seguí manteniendo una amigable relación con el que hizo de chófer, Javier Sáez, quien con el tiempo pasaría a ser, junto con su hermano Luis, uno de los más conocidos disc-jockeys de la cadena 40 Principales de nuestra capital.
Con la cartilla militar y un certificado de buen comportamiento como único equipaje, marché hacia mi morada. Atrás quedaba la mili, las remembranzas de cientos de amigos que siempre recordaré con cariño. Ahora, a las 22 horas de miércoles 27 de enero de 1988, empezaba el resto de mi existencia.
-Tengo que conseguir un curro como sea. Estoy viviendo en casa de mi abuela, pero a la buena mujer le viene cuesta arriba mantenerme con su pensión de enfermera y tampoco tengo tanto morro como para estar ocioso vegetando a sus expensas -expliqué nerviosamente a mi amigo Juan, el Moro.
A éste lo conocía de los tiempos en que, junto con su hermano, militaba en Falange y estaba al tanto de que era un chico trabajador. Rondaría mi edad y siempre encontraba faenas donde emplearse para ganar unos duros.
-Tranquilo, que si me entero de algo, serás el primero en saberlo, aunque te advierto que lo que pueda encontrar será pesado y pagarán cuatro <>.
-Bueno… ¿Pero amortizarán o me harán trabajar como una bestia para dejarme luego a dos velas?
-No padezcas que esta gente es pagadora -afirmó para mi tranquilidad-. De todos modos, yo que tú me plantearía volver con tus padres.
-¡De eso nada! -afirmé rotundo-. Me llevo bien con ellos, pero me prometí que no regresaría a casa hasta tener un trabajo digno y logrado únicamente mediante mi esfuerzo.
-Tío, eres un cabezón, tu padre conoce a mucha gente y no le costaría mucho esfuerzo conseguirte un buen puesto en alguna empresa. Yo hablaría con él -aconsejó.
-No, Juan, agradezco tus sugerencias, pero es una decisión firme. ¿Podrás ayudarme?
-Eso por descontado, dame un poco de tiempo. ¡Total, si llegaste anoche del cuartel!
Me despedí quedando en llamarle al día siguiente. Subí al autobús y avancé hacia mi próxima cita con otro conocido al que igualmente iba a requerirle que me ayudara a buscar empleo.
El fin de semana comencé a recorrer todas las zonas de fiesta de la ciudad. Después de mucho patear obtuve mis primeros resultados: en un concurrido pub, al que solía acudir de vez en cuando, el propietario me ofreció un empleo de portero. La jornada laboral comprendía los viernes y sábados tarde noche y los domingos tarde. Por cada una de las cinco sesiones me abonaría dos mil pesetas. Hice cálculos… ¡Hombre, cuarenta mil pesetas mensuales para empezar no estaba mal del todo! Con la alegría asomando en mi rostro marché a dormir; al otro día daría la buena nueva a mi abuela.
El lunes a mediodía me llamó Juan:
-Oye, tío, ¿queda en pie lo que hablamos? -preguntó.
-Sí, claro que sí, ¡por supuesto!
-Entonces, de acuerdo. Mañana, a las cinco y media de madrugada, tienes que estar en mi casa; ven con ropas usadas y ya te explicaré el resto.
Agradeciéndole sinceramente su ayuda, me despedí de él hasta el día siguiente.
A la hora prevista estaba en su domicilio, un grupo de viviendas militares junto a Capitanía General; su padre pertenecía el ejército con el empleo de teniente coronel.
Tan pronto me vio me expuso lo que había. Nuestra labor consistía en coger zanahorias en las huertas de Alborada y pagaban a peseta el kilo. Me dijo que lo positivo es que se nos abonaba diariamente y podríamos sacar entre cinco y ocho mil pesetas; lo negativo, es que no estaríamos asegurados y dicha tarea destrozaba físicamente al más pintado.
Con ilusión emprendí esa ocupación, compaginándola con el pub los fines de semana. Y así, a base de emplearme a fondo los siete días de la semana, subsistí un período. Al finalizar la temporada de la zanahoria empezó la de la patata… ¡Y más de lo mismo! Habitualmente obtenía entre seis y ocho mil por jornada… y a peseta el kilogramo, puede el lector hacerse una idea de los cientos de toneladas de tubérculos que recogí durante ese periodo. ¡Baste decir que, desde entonces, no he vuelto a probar hervido!
Una buena mañana, Juan me dijo que había encontrado un oficio mejor. Se trataba de descargar camiones en Mercavalencia a trescientos cincuenta pesetas la hora. La paga era semanal y, aunque seguíamos sin estar asegurados, nos permitía poder trabajar todo el año sin depender del siempre inestable campo.
Dicho y hecho, a la mañana siguiente nos presentamos en las puertas de los almacenes y esperamos comenzar la nueva labor.
Para los que no saben cómo funcionan estas cosas, les advertiré que dudo mucho que haya variado algo desde la época medieval. Con las primeras luces del sol, nos apelotonábamos decenas de personas de todas las edades y razas junto a la puerta principal de acceso. Al rato hacía aparición el capataz y nos iba seleccionando uno a uno. Por fortuna, a mí siempre me elegían, y en ese menester estuve un tiempo más.
Mi familia, viendo los ímprobos esfuerzos que hacía para sacar mi vida adelante, intentaba animarme a estudiar una oposición, pero eso precisaba de tiempo y era algo que no tenía. Quería comerme el mundo y triunfar por mí mismo comenzando desde lo más bajo. Opté por el camino más difícil, confiando en que fuera el que me reportara las mayores satisfacciones. Mis amigos recriminaban mi actitud: <>.
Pero yo, cabezón entre los cabezones, no les escuchaba. Todavía recordaba la movida del Teledeum, la del fotógrafo de El Levante cuando me enfrenté con él, y alguna más en la que no caía, pero que debía de estar en algún sitio de mi mente.
-¡No! -afirmaba tajante-. Paso de trabajar con el confidente ese. Además, tuve una discusión y lo llamé de todo, aunque pretendiera, él no querría.
-Igual te equivocas. José Luis Roberto ha reñido con todo <> pero nunca le ha negado trabajo a nadie. Pensamos que, al menos, deberías intentarlo.
Me seguí negando en redondo a contemplar siquiera esa posibilidad, pero el caprichoso destino quiso concederme, ese mismo fin de semana, la posibilidad de incorporarme a Levantina de Seguridad ¡Y por la puerta grande!
Con Fernando Canós coincidí durante la mili, ambos pertenecíamos al mismo reemplazo y, cada uno por su lado, nos incorporamos a las filas casi a la vez. En un principio fuimos destinados a la Iª Compañía de Cazadores como fusileros y, juntos, resistimos el episodio de <> donde faltó poco para que sucumbiéramos a manos del frío. Esa experiencia forjó unos lazos sólidos entre los que vivimos ese lance. Posteriormente, debido a su enorme complexión muscular y a su altura superior a los dos metros, fue trasladado a la Unidad de Servicios del Acuartelamiento (USAC), a la Policía Militar.
Finalizado el servicio militar, perdimos contacto apenas un mes. Comencé a trabajar en el pub y, cuando volvía a casa la primera noche, tuve la agradable sorpresa de toparme de frente con él. Se hallaba prestando servicio como vigilante jurado para Levantina de Seguridad en un pub denominado Escape.
La verdad es que me chocó su atuendo. Entablamos cháchara: explicó que estaba acabando una carrera que dejó interrumpida por culpa del ejército. Ahora aprovechaba los fines de semana para servirse de ese oficio y así obtener algo de dinero. Se incorporó en Levantina de Seguridad por medio de un anuncio en la prensa. Canós pasaba de la política y no gustaba de meterse en camisa de once varas.
A raíz de aquel encuentro, aprovechaba, siempre que finalizaba mi turno, para pasar a saludarle y beber en su compañía algún refresco. El local donde mi amigo estaba destinado se hallaba ubicado en el barrio de Cánovas, una de las zonas más pijas de la ciudad.
Aquella noche finalicé temprano y fui a ver a mi colega. Iniciábamos la charla cuando se originó una trifulca. Sucedió por un motivo de lo más absurdo. Las persianas metálicas del local, a medio cerrar, indicaban claramente que faltaban minutos para que el pub diera por concluida aquella sesión; en ese instante, mientras el disc-jockey apagaba los equipos de música, dos cincuentones salieron del interior de la sala hacia la calle. Cada uno portaba en sus manos un vaso de cristal con bebidas alcohólicas. Fernando se dirigió educadamente a ellos:
-Disculpen, caballeros, los vasos no pueden salir al exterior -pronunció mientras señalaba un cartel, donde en letras bien grandes rezaba la siguiente orden: <>.
La pareja observó un instante ese aviso y, haciendo oídos sordos, continuaron caminando como si tal cosa. El vigilante se les acercó y prosiguió cortésmente sus explicaciones:
-Perdonen, caballeros, si quieren, podemos proporcionarles vasos de plástico.
-¡No! ¡No queremos! -escupió uno, mientras ambos se abalanzaban contra el de seguridad.
Eso fue todo. No existió provocación, ni malos modos, ni nada de nada por parte de Fernando; se limitó a repetir una norma, como hacía cada noche a multitud de clientes. Nunca había ocurrido nada… hasta ese instante.
Nos quedamos boquiabiertos durante un segundo. Acto seguido iniciamos la defensa. Intenté asir a los dos bárbaros, pero debían <> y resultaba imposible contenerlos. De pronto, en medio de todo ese guirigay, reparé en algo metálico que salía despedido del cinto de mi aliado. Distinguí que se trataba del revólver reglamentario que, en medio de la pelea, se había soltado de su enganche y rodaba peligrosamente por la adoquinada calle. Los cuatro permanecimos inmóviles una fracción, luego todo ocurrió a cámara lenta: uno de los agresores salió disparado a trincar el arma; mi amigo, medio postrado, abrió los ojos con una mezcla de impotencia y pánico; por mi parte, conseguí desasirme del otro individuo y me lancé en plancha a por la <>, que seguía deslizándose cada vez más lenta. Modestia aparte, ni el mejor guardameta de la selección nacional hubiera actuado tan eficaz: rápidamente alcé el frío acero retirándolo de las manos del otro y abrí el tambor dejando caer las balas sobre el pavimento, que se estrellaron con un siniestro repiqueteo metálico.
Permanecimos estáticos contemplando el rebotar de los, ahora, inofensivos proyectiles; uno de ellos, el que intentó coger el arma, se quedó lívido. No sé cómo, pero mis reflejos salvaron la situación.
El compañero aprovechó la confusión para engrilletar a los dos desgraciados, que no movían ni una pestaña. Desde dentro avisaron al 091, que tardó escasamente un par de minutos en llegar al lugar.
Fernando se deshizo en agradecimientos, aunque sé que él hubiera actuado igual:
-Muchas gracias, tío. No sé que mosca les ha picado a ésos. Le explicaré a José Luis Roberto todo lo que ha ocurrido y la ayuda que me has prestado.
-Déjalo estar. ¡Hoy por ti y mañana por mí!
Los dos éramos conscientes de que la diferencia entre los atacantes y nosotros estribaba en que ellos habían consumido alcohol y drogas.
Esperé a que la policía abandonara el lugar, por si precisaban mi filiación; al poco se fueron llevándose a los dos gilipollas. Canós quedó en acudir a la comisaría, para interponer la denuncia, antes tenía que depositar el arma en la caja fuerte de la empresa. Ahí pensé que acabaría todo.
El viernes siguiente, cuando me hallaba controlando la afluencia de público en el pub donde me ganaba la vida, noté aproximarse a alguien tranqueando ostensiblemente. Me fijé con detenimiento y percibí a José Luis Roberto acompañado de cuatro o cinco machacas de su guardia pretoriana (a uno lo conocía por haber militado en el FSJ). Pensé que su presencia sería casual, desatiné de nuevo.
Roberto se arrimó a mí y articuló:
-¿Eres tú el famoso J.M?
En principio, no relacioné su actitud con la pelea de la semana anterior y supuse que vendría a amenazarme por algo. Segunda metida de pata.
-Sí -expresé secamente-. Aunque lo de famoso sea mucho decir. ¿Qué quieres de mí?
-Venía a darte las gracias por lo del otro día en Escape, Canós me informó de todo… De paso, querría hablar contigo en mi despacho un día de éstos. ¿Cuándo podrás venir? -
Me desconcentré al escuchar el tono sereno de su voz y que no hacía ninguna referencia a los embates que habíamos tenido en el pasado. Parecía como si dialogáramos por primera vez…
-Vale, de acuerdo. Pon tú la fecha.
-¿Te parece bien en mi despacho este miércoles a las seis de la tarde?
-Por mi parte, perfecto -afirmé.
-Pues nada, ese día hablaremos tranquilamente. Y te reitero mi agradecimiento.
Nos estrechamos las manos y se fue por donde había venido. En mi interior, agradecí el detalle, aunque no me fiaba mucho de él. Esa semana cambiaríamos impresiones y atendería lo que pretendía decirme, quizá… ¿una oferta de empleo? Y si fuera así, ¿la aceptaría? Tenía tiempo para recapacitar sobre ello, aún quedaban cinco días.
-¿Así que tú eres J. M.? Sí, José Luis te está esperando. Siéntate ahí y tan pronto finalice una reunión, pasarás a su despacho.
Atendí las indicaciones de la solícita secretaria y tomé asiento en una de las cuatro desvencijadas sillas del recibidor. No era la primera vez que visitaba la sede de CONS, aunque desde la última había trascurrido mucho trecho.
Advertí que el local había sufrido pocas transformaciones. Acaso la alteración más ostensible la proporcionara la presencia de la joven que me recibió: Sonia se llamaba, según supe luego. Por lo demás, el resto permanecía igual.
A mi memoria llegaron nítidamente los recuerdos de la anterior ocasión en la que había comparecido en el mismo espacio: acaeció un año y pico antes, en esa fecha acudí invitado por Aníbal, uno de los cabecillas del FSJ. Pretendía ampliar mi biblioteca con textos de trasfondo político y él me había indicado que en su local disponían de abundantes obras a las que querían dar salida.
Quedé con él una tarde, después de cerciorarme de que Roberto no haría acto de presencia. El domicilio estaba emplazado en el número 47 de la Gran Vía Marqués del Túria de Valencia; se trataba de una finca antigua de estilo modernista, con techos altos y sin ascensor, seguramente erigida en las primeras décadas del siglo pasado. En la delantera del inmueble, salvo un pequeño rótulo de latón, no constaban inscripciones ni enseñas visibles que delataran la presencia del centro político. El interior, asimismo, se descubría pobremente decorado; algún que otro póster del FSJ y poco más; eso sí, tutelando las estancias siempre asomaban los retratos, en blanco y negro, de Ramiro Ledesma Ramos, histórico fundador de la Central Obrera Nacional Sindicalista, al igual que José Antonio y Onésimo, asesinado durante los primeros días de la guerra civil con treinta y pocos años.
Los militantes del FSJ y CONS sentían admiración por este joven extremeño en quien veían reflejado el carácter y condición que todo buen revolucionario debe poseer. Y no era para menos, Ramiro fue un hombre hecho a sí mismo.
Ramiro Ledesma Ramos era hijo de un maestro de escuela. Había emigrado a Madrid, donde consiguió matricularse en Filosofía y Letras mientras compaginaba sus estudios con la profesión de funcionario de correos. Su carácter inquieto y gran inteligencia lo llevaron a formar parte de los discípulos predilectos del insigne Ortega y Gasset y, a su lado, participó en multitud de tertulias con la más granada intelectualidad de su época.
Sus primeros pasos en la política los libró en la Facultad, donde editó un folletín titulado La Conquista del Estado que distribuía entre los estudiantes y en donde enunciaba su ideario: el nacionalsindicalismo. Firme admirador de Adolf Hitler, constituyó posteriormente las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas (JONS), adoptando como emblema el yugo y las flechas de los reyes católicos.
En 1934 se fusionó con la naciente Falange, instituyendo la Falange Española de las JONS, donde formó parte del triunvirato ejecutivo junto con José Antonio Primo de Rivera y el abogado vallisoletano Onésimo Redondo. Más tarde abandonaría esta formación al no acabar de cuajar con la forma de entender la revolución de José Antonio y fundaría otro grupo llamado Patria Libre.
En 1936, al poco de iniciarse la guerra civil, fue encarcelado y asesinado en una de las <> que promovió la república durante los primeros meses del conflicto. Su cuerpo yace en una fosa común del cementerio de Aravaca, junto con otros ejecutados de aquella jornada.
Siempre creyó que la revolución nacional debería ser llevada a cabo por un levantamiento de la clase obrera y soñaba con ésta como un gran movimiento de masas capaz de devolver al pueblo la dignidad y los derechos de hombres libres.
Su vida, aunque breve, fue intensa; sin él hubiera resultado impensable la falange joseantoniana. Incluso su existencia concluyó de forma ejemplar. Cuando le requirieron los milicianos para darle el <>, presintiendo su final retó a sus verdugos increpándoles:
-No puedo evitar que me asesinéis, pero no será como y en donde vosotros digáis… ¡No soy ningún borrego para ir sin luchar al matadero! ¡Si he de morir será a mi manera!
Y dicho y hecho: la emprendió a patadas y tortazos con quienes pretendían liquidarlo, que tuvieron que mal matarle, disparándole con un fusil a bocajarro en uno de los numerosos camiones que destinaban a desembarazar las cárceles de presos políticos.
Arrinconado durante décadas por el régimen de Franco, su legado fue rescatado en los setenta, entre otros, por el sindicato CONS, y en Valencia, por José Luis Roberto y la gente del FSJ.
Aquella tarde, en la sede de la Gran Vía, me franqueó la puerta el Botella, uno de los más activos integrantes de la organización y apodado así a causa de un botellazo que había recibido, tiempo atrás, durante una pelea. Con su estampa alta y enjuta, me saludó con el consabido: <<¡Arriba España!>>, para posteriormente indicarme que pasara al despacho de las juventudes, donde Aníbal esperaba. Me acompañó hacia un cuarto mediano dispuesto al fondo del pasillo. Al irrumpir, reparé en media docena de chavales empeñados en sacar brillo a otros tantos revólveres.
-¡Arriba España! -saludé-. ¡Qué! ¿Preparando la revolución?-exclamé bromeando.
-¡Arriba siempre! -respondieron sin dejar de realizar su tarea.
Desde la otra punta de la estancia sentí a alguien proferir:
-¡Dichosos los ojos que te ven! ¿Qué haces por aquí? ¿Te has pasado al enemigo?
Se trataba de Aníbal, quien, repantigado en una silla, disfrutaba con la situación. Sabía perfectamente que no me agradaba José Luis y que aborrecía permanecer en su local. Se incorporó a la vez que se aproximaba para darme un fuerte apretón de manos.
-Dichosos los ojos…
-Joder, tío… ¿Habéis asaltado una armería o algo de eso? -insinué mientras aludía con la cabeza a las armas.
Antonio Salas relata, en su libro El año que trafiqué con mujeres, como pudo ver docenas de armas de fuego cuando se infiltró en Levantina de Seguridad en relación con el mundo de la prostitución, y puedo dar fe de que no exageraba al describir al armero de dicha empresa.
-¿Lo dices en serio? ¿No recuerdas que hemos creado una empresa de seguridad?
Me eché las manos a la cabeza… ¡Qué fuerte, lo había olvidado!
-Perdona tío, pero se me había ido el santo al cielo -alegué pretendiendo dispensarme.
Mi amigo tenía razón. Unos meses antes, alguien me comentó que los de CONS acababan de fundar una empresa cooperativa de vigilancia. La intención era justa: Facilitar una salida laboral a sus afiliados. Lo que arrancó siendo un rumor, uno más de tantos, ultimó materializándose en un proyecto en 1985.
De eso hacía escasamente un año y, salvo pequeños comentarios de calle, de poco más estaba al corriente. Realmente creía que esa idea sucumbió al poco de nacer… ¡Erré!
-¿Cómo se llama la compañía?
-¿Lo preguntas en serio? -soltó Aníbal-. Encájate este nombre en la cabeza, porque lo haremos famoso: Levantina de Seguridad.
-¡Pues anda, que menuda denominación más horrible le habéis puesto! ¿No quedaban otros títulos, digamos, más fachas? No sé, tratándose de vosotros…
Mi colega sonrió y añadió en tono mordaz:
-La verdad es que al principio contemplamos bautizarla: <> o <>, pero la idea no cristalizó. No deseábamos levantar velas con un nombre de perdedores…
Reí la ocurrencia mientras nos introducíamos en el almacén con la intención de ojear publicaciones que pudieran interesarme. Después de elegir varias, Aníbal resucitó el diálogo anterior:
-Aquí no negamos lo que somos: la designación de la empresa es lo de menos, todo el mundo sabe lo que representamos; además, no hace falta ser muy listo para advertir que el uniforme de Levantina de Seguridad recurre a prendas como la camisa azul falangista, en invierno, y la negra fascista, en verano. No nos ocultamos de nadie.
-¡Vale! ¡Vale! No te mosquees, que sabes que lo digo de cachondeo -agregué.
El camarada decidió correr un tupido velo y reinició otro asunto.
-José Luis Roberto es un genio, ¿sabes? -lanzó a bocajarro-. Los que no le conocen dicen que si es un esto o un aquello, pero todo lo que cuentan son mentiras y chismes de viejas. Es una persona hecha a sí misma. Salvando distancias, es … ¡un nuevo Ramiro Ledesma!
Mi espontánea mueca de extrañeza lo expresó todo. Mi amigo se percató de la circunstancia y aclaró:
-Creo que no me he explicado bien. José Luis, al igual que Ramiro en su día, es un autodidacta. Toda su infancia la pasó en un pequeño pueblo de la provincia; cuando vino a Valencia, se formó en el Magisterio y, al concluir la carrera, dio clases a los niños en el colegio de una pequeña aldea. Paralelamente, refundo el sindicato CONS, que estaba abandonado desde la posguerra, y comenzó su labor política con mítines y publicando cuadernos doctrinales de formación nacionalsindicalista. Luego realizó un montón de cursos para ampliar sus estudios y, hoy en día, es el único que perdura de todos los líderes del mundillo. ¡Ojo! ¡Tiene poco más de treinta años y es una persona que hace lo que haga falta por sus camaradas!
-Todo eso está muy bien, pero no creo que Ramiro Ledesma delatara a los suyos a la policía con tal de salvar el culo -agregué.
-¿Y te han dicho que eso lo hace José Luis? Pues di de mi parte al que te lo haya comentado que es mentira.
Opté por cambiar de conversación, no quise explicarle que José Luis, en persona, amenazó con entregarme a los de la brigada de información cuando el asunto del fotógrafo de El Levante. Intenté quitar hierro al asunto:
-Quizá tengas razón en que la gente tiende a exagerar un poco.
-Sobre este tema, <> no… ¡Seguro! Te digo más, la fórmula del sindicato en cuanto a crear una empresa en la que todos los trabajadores seamos socios a partes iguales es algo innovador y ha hecho que cerraran las boquitas todos los que acusaban a Roberto de utilizar la política para enriquecerse. Él es uno más.
-¿Y cómo funciona el negocio? ¿Tenéis mucho trabajo? -consulté.
-Pues como todo cuando empieza, no tan rápido como quisiéramos, pero bien. Al menos hemos conseguido dar un empleo digno a los camaradas, aunque casi todos los clientes que tenemos en la actualidad son pubs y discotecas. Roberto es listo, ha volcado sus ofertas en unos sectores que están subiendo como la espuma, que precisan de seguridad y, a la vez, nadie quiere cubrir. Además, está dando una comisión a todos aquellos que le proporcionan servicios.
-¿Qué comisión? -indagué.
-El 10 por ciento el primer mes y luego el 5 por ciento hasta un máximo de doce meses… ¡Y paga en billetes contantes y sonantes! ¡No está mal!
-¿Y no teméis que si esto funciona bien Roberto os haga la púa? -sondeé.
-¡Qué dices tío! ¡Cómo se nota que no le conoces! Algo así es impensable. ¿Has oído hablar del Fondo Social?
-Pues… la verdad… no -expresé-. ¿De qué se trata?
-Te lo voy a explicar. Todos los meses Levantina de Seguridad retiene un 12 por ciento de la totalidad de los salarios brutos; ese dinero va destinado a una reserva que nos permitirá, en el futuro, crear nuevas empresas, de las cuales seremos propietarios los trabajadores. Esa idea es de Roberto y supone algo revolucionario, porque nos convierte, a la vez, en empleados y futuros empresarios.
-Vale, muy bien… ¿Y quien controla todo ese capital? -interpelé.
-¡Hombre! Eso lo dirige Vicente… Pero es incapaz de tocar un duro -atajó adivinando mis intenciones.
-Vale… Vale… Yo sólo digo que tengáis cabeza.
-Esos fondos son intocables si no estamos conformes todos los cooperativistas -contempló Aníbal.
-Otra cuestión… Si por una de esas un vigilante abandona la compañía, ¿recupera el peculio que le han retenido?
-Joder, tío… ¡No sé! Todavía no se ha dado el caso. Ten en cuenta que somos un negocio tipo familiar. Lo que tenemos clarísimo es que Roberto jamás nos tomará el pelo.
Me hubiera gustado haber podido grabar esa conversación y las que en su día tuve con la gente del FSJ, en relación con estos asuntos. Pocos años después, y conforme fue creciendo Levantina de Seguridad, José Luis Roberto fue expulsando a todos y cada uno de los militantes del sindicato; de esta forma, iba despachándolos igualmente de sus teóricas participaciones en la empresa y, de paso, apropiándose del patrimonio retenido e incrementando el suyo. Ni uno solo de los afiliados a las juventudes de entonces piensa actualmente en Roberto como un patriota revolucionario.
¡Cuántos ex camaradas no han tenido la misma oportunidad que yo para que sus voces fueran oídas? ¿Cuántos ex guardias de Levantina de Seguridad esperan en silencio que alguien les de la oportunidad de contar sus historias? ¿Cuántos cientos de testigos anónimos de tantos y tan turbios asuntos están aguardando que alguien dé el pistoletazo de salida para gritar por primera vez todo lo que han visto y oído cuando aún eran parte de la familia de Levantina de Seguridad? Tal vez, a mí se me haya dado la oportunidad de tirar la primera pieza del dominó.
Proseguíamos la charla cuando el Botella reapareció y, dirigiéndose hacia mí, pregonó a voz en grito mientras me exponía un revólver del 38 especial:
-¡Oye tío! ¿Has visto la <> con la que se mató la hermana de José Luis?
Al percibirle recordé un lamentable suceso ocurrido poco antes en esa misma casa. La protagonista del mismo fue la única hermana del jefe. La joven, hundida por haber roto con su pareja, entró en el local, agarró el arma de un vigilante y se disparó en la sien en el cuarto de baño. Este acontecimiento supuso un duro golpe para Roberto. Al poco tiempo, el ex novio recibió una brutal paliza.
-¡Por favor, quita eso de mi vista! Entiende que no es algo agradable de ver. ¡Pobre chica! -exclamé.
-Perdona, tío. ¡No sabía que eras tan delicado! -emitió el Botella guardando el arma en una pequeña caja fuerte situada en el pasillo.
-Oye, Aníbal, tengo que marcharme. Muchísimas gracias por todo y cuidaos mucho. Espero que nos veamos pronto.
-¿Ya te vas? -moduló extrañado el fornido jefe del FSJ-. ¿Te ha molestado la ocurrencia del Botella?
-¡Para nada! Qué va… ¡Es un buen tipo! No, sencillamente, tengo cosas que hacer y ya llevo mucho tiempo aquí. ¡Nos vemos en Pamplonicas el sábado! ¿Conformes?
-Vale, ¡hombre! Si te quedases un poco más, te presentaría a A.M. Debe de estar a punto de llegar…
-¿Y quien es ése? -indagué intrigado.
-Debes conocerlo de vista de los tiempos de Fuerza Nueva, solía ir con los del PENS.
-¿Y qué pasa con él? -volví a sondear.
-Nada… simplemente es la estrella de Levantina de Seguridad. Es un tipo que no cabe por esa puerta -indicó Aníbal apuntando con el índice hacia un gran portón cercano-. Todos aquellos servicios que suponen riesgo se los designan a él. ¡Es un especialista en <> discotecas! ¡Deberías verlo!
-¡Sí, tío! ¡Parece <>! -matizó el Botella.
-¡No será tanto! -insinué.
-No es que no sea tanto… ¡Es más! -arguyó otro de los militantes acercándose a nuestro corrillo.
Ciertamente, aunque entonces no lo conocía, pocas semanas más tarde me presentaron al gran ídolo de Levantina de Seguridad y, sin duda, uno de los <> de la misma.
A. M. formaba una dualidad perfecta con Roberto. El primero era rudo, fuerte y valiente, o puede que más que bravo fuera temerario, no lo sé; gozaba de una constitución física envidiable, incluso para un experimentado culturista. Todo ello, unido a su tremenda potencia muscular y al gran coraje del que hacía gala, generaba una máquina de combate casi perfecta.
La dualidad óptima la conformaba el propio Roberto, quien añadía a esa potencia impresionante su gran inteligencia. Dicha fusión daba como resultado una fuerza de choque <> verdaderamente asombrosa.
A. M. era el <> de José Luis y siempre que en algún servicio surgía alguna clase de contrariedad, su sola presencia servía para apaciguar los ánimos. Pocos osaban provocar a aquel gigantón que, cubierto con el sobrio uniforme de Levantina de Seguridad, velaba por la tranquilidad de las tareas que le encomendaban. A lo largo de años, destinó miles de horas a esos menesteres y, con su aplomo, favoreció a extender la <> de la empresa e indudablemente al espectacular ascenso de la misma en un sector bastante saturado. En decenas de ocasiones se jugó la vida amparando a clientes, con su propio cuerpo, de agresiones con cuchillos, navajas e incluso, en algún momento, con armas de fuego; se engaña quien piense que obró así por un puñado de pesetas: lo hizo por aquello que creía simbolizaba su uniforme y por los emblemas que portaba en el mismo.
Aquella tarde el tiempo pasaba en la sede de CONS. Después de despedirme de mis amigos con un <<¡arriba España!>>, salí a la calle adonde retorné a mis actividades normales. Atrás quedaban las oficinas de la naciente Levantina de Seguridad, donde estaba convencido de que nunca regresaría…
-¡Juanma! ¡Oye, Juanma!
Las palabras de Sonia me hicieron retornar de mis memorias y volví a verme sentado en una silla del hall del piso de la Gran Vía.
-Sí… perdona, ¿decías algo? -logré balbucir.
-Roberto ha concluido la reunión. Dice que pases.
Me levanté y accedí a su despacho, donde unos amplios ventanales que daban directamente a la avenida lo invadían de diáfana luz natural. Las paredes estaban cubiertas con láminas representando a parejas de la Guardia Civil en diferentes situaciones cotidianas: con capote bajo la lluvia, socorriendo en un accidente de tráfico, saludando marcialmente a un superior. Varios títulos académicos colgaban ordenados de los tabiques: título de Magisterio, de jefe de seguridad, de diversos cursos relacionados con la vigilancia… y, evidentemente, un retrato de Ramiro Ledesma Ramos en su plenitud juvenil. Sobre el escritorio, multitud de papeles y, posando en unas pequeñas peanas metálicas, la bandera española con el águila junto a la falangista. Detrás de su mesa, colocada en un enorme mástil, otra enseña nacional con el escudo preconstitucional, esta vez bordada sobre raso; junto a la misma, en un rincón, una arcaica caja fuerte reposaba sobre el suelo.
José Luis Roberto se levantó de su sillón y, mirándome fijamente a los ojos, me tendió la mano.
-Buenas tardes, J. M. -saludó-. Es así como te llama la gente, ¿no?
-Sí, así es como me conocen en el mundillo -afirmé mientras le devolvía el apretón.
-Siéntate, por favor, y disculpa la espera, estaba despachando con Chimo, ¿lo conoces? -añadió señalando a un hombre de unos cuarenta, con barba de algunos días, aspecto fuerte y un poco de barriga cervecera-. Chimo es el inspector jefe de Levantina de Seguridad y estuvo en Falange antes de ingresar en CONS… ¿Igual os conocíais?
-Quizá, de vista… -expliqué, mientras me incorporaba para ofrecerle la mano.
-Encantado -dijo Chimo devolviéndome el saludo.
-Bueno… -continuó Roberto-. Te he llamado por dos motivos: el primero para agradecerte tu actitud con el compañero de Escape, creo que ya os habíais tratado con anterioridad…
-Sí, hicimos la mili juntos.
-¡Ah! ¡Muy bien, muy bien! Ahí suelen hacerse los mejores amigos.
-Sí, eso dicen, que de la mili y de la cárcel surgen las grandes amistades… -solté, repitiendo lo que había escuchado en múltiples ocasiones.
-Efectivamente, así es -atajó José Luis-. Bueno, en relación con ese punto te reitero nuestro agradecimiento y mi ofrecimiento por si precisas algo, pero la realidad es que no te he citado únicamente por eso. Verás, supongo que estarás al tanto de casi todo lo relacionado con Levantina de Seguridad.
Asentí con la cabeza.
-Pues sabrás que este proyecto surgió en forma de cooperativa para satisfacer la demanda de empleo de nuestra militancia y, de hecho, ha resultado ser un rotundo éxito. Pero ahora vamos a ir a más y precisamos gente para cubrir servicios.
-Sí, lo que ocurre es que no tengo el título de vigilante jurado -interrumpí.
-Eso ya lo trataremos luego, en principio no es problema… Bueno, prosigo, te decía que la empresa está creciendo a un paso mucho más rápido del que nosotros mismos sospechábamos, de hecho, estamos cogiendo clientes como Lladró, que nos aportan bastante prestigio. Todo esto no es casual, es más, me atrevería a decir que lo que nos hace ascender es que somos diferentes al resto de las compañías del sector. Quizá te preguntes en qué radica esa diferencia, voy a tratar de explicártelo: en Levantina de Seguridad no vemos a los trabajadores como simples peones de un sistema económico capitalista, para nosotros son la verdadera columna vertebral de la empresa y parte integrante de una <>.
>>En las demás compañías, la relación empresario-vigilante es muy simple: el trabajador realiza sus horas legales, finaliza, se va a casa y punto; aquí es distinto porque los trabajadores forman parte de un todo y cuando acaban sus servicios siguen estando en ese todo con los derechos y deberes que ello implica. ¿Qué tipo de derechos, te estarás preguntando? Por ejemplo, a solicitar ayuda a la <> siempre que surja un problema. Aquí huimos de la individualidad y buscamos el apoyo del grupo. Otro derecho indiscutible que garantizamos es el de obtener un salario digno; si tienes amigos en otras empresas de seguridad sabrás que hacen la jornada estipulada y punto, con lo cual ganan lo que contempla el convenio nacional, es decir, cuatro duros. Éstos son los derechos, pero ahora toca referirme a los deberes. Como te he explicado, el principio que rige a todo camarada de Levantina de Seguridad es la integración en una <>, y esa <> exige a sus miembros varias cosas elementales: honradez, entrega, compromiso y sacrificio personal en beneficio de la colectividad que conforma esta gran hermandad. El acuerdo entre los componentes de la empresa y la dirección de la misma radica en que la vinculación de los trabajadores es constante, es decir, cuando se van a casa siguen ligados a la <> que puede requerir sus servicios en cualquier momento y, del mismo modo, los integrantes de Levantina de Seguridad pueden exigir ayuda por medio de la jefatura de la empresa… ¿Te ha quedado todo claro?
-¡Hombre, José Luis! A grandes rasgos creo que sí… ¿Pero existen ventajas reales en relación con el salario?
-¡Sin duda! -afirmó-. Ten en cuenta que tenemos un convenio distinto al nacional: aquí se paga a la gente por horas, y tienen distinto precio las de servicios especiales, como discotecas y pubs, que las normales. Hemos calculado que un empleado de Levantina de Seguridad, trabajando unas doscientas horas mensuales y realizando una cuarta parte de ese total en servicios de hostelería, gana un 20 por ciento más que un vigilante de Prosegur.
-Y eso que has dicho de que en cualquier momento pueden avisarme de la empresa… ¿Significa que no se respetarían los días que me corresponda librar? -interpelé.
-Sí, aunque en la realidad no suele ocurrir casi nunca. Ten en cuenta que lo mismo le sucede a la Guardia Civil; cuando finalizan sus turnos continúan siendo agentes de la autoridad y pueden ser requeridos por sus mandos si la ocasión lo demanda. El espíritu que debe impregnar a todos los integrantes de la gran <> debe ser el espíritu legionario. ¿Sabes cual es el grito de la legión, no?
-Sí, lo conozco -aseguré.
-Pues en Levantina de Seguridad hacemos nuestro ese grito de <<¡a mí la legión!>>, y ya sabes que al escuchar esta llamada <>. ¿Te ha quedado el asunto claro? -reiteró.
-Sí, está clarísimo. Una pregunta: he oído que se retiene un tanto por ciento de cada salario…
-El fondo social…
-Si, creo que es eso… ¿De qué se trata exactamente?
-Vamos a ver, te lo voy a explicar. En todos los salarios, incluyendo el mío, se retiene un 12 por ciento del total bruto. Ese dinero va a formar parte de lo que hemos dado en llamar <>; te preguntarás… ¿dónde va a parar ese dinero? Pues bien, ese capital no va a ningún sitio, se ahorra para invertir en la creación de nuevas empresas que pasarán a ser propiedad de todos los empleados de Levantina de Seguridad. Por el momento no hay mucho reunido, pero anualmente especificamos a qué se ha destinado y la cantidad que queda. Si todo va como hasta ahora, en breve comenzaremos a invertirlo y ya se informará dónde. Ese capital lo controla una junta formada por miembros de Levantina de Seguridad que se reúne mensualmente para contemplar la cuenta de resultados y valorar posibles inversiones.
-Bien, José Luis, ¿y porqué me explicas todo esto? ¿Qué quieres exactamente que haga? Ya te he dicho que no tengo título de vigilante.
-He querido hablar contigo para explicarte que uno de los proyectos aprobados por la junta del fondo social es la creación de una nueva empresa denominada Levantina de Servicios Generales; la misma se encargará de realizar servicios de control. Evidentemente, no seréis vigilantes y no podréis portar revólver y placa, pero la ley es un poco ambigua en relación con el uso de la defensa y de los grilletes, con lo cual, en un principio, se os proporcionarán. Los salarios no son tan altos como el de los vigilantes, pero no están mal, se puede vivir con ese sueldo.
-¿A cuánto ascienden los honorarios? -me interesé.
-No hay un jornal mensual estipulado, eso depende de las horas que realices, pero calculo que haciendo unas doscientas horas mensuales…
Observé como cogía una calculadora y se ponía a teclear. Pasados unos segundos me miró y dijo:
-Unas ochenta y cinco mil pesetas, más o menos… ¡Claro, que si realizas servicios de discoteca, podrías ganar unas veinte o treinta mil pesetas más!
-¿A esa cantidad tengo que descontarle el 12 por ciento?
-No, es el importe neto -aclaró José Luis.
-¿Cuándo firmaría el contrato?
-En principio, no habría. Aquí somos hombres y nos guiamos en el valor de la palabra… y yo te doy la mía que cumpliré lo acordado al igual que espero la tuya de que harás lo mismo. Antes te he hablado de sacrificio… Levantina de Seguridad realiza un fuerte esfuerzo al pagar unos sueldos superiores a los que os corresponden por convenio. Si a eso le añadimos los costes que supone la seguridad social, tendríamos que cerrar y dedicarnos a pastorear vacas. Estamos comenzando y, por ahora, resulta imposible mantener esos salarios junto con el gasto de la seguridad social. Más adelante, ya veremos. No obstante, si te urge podríamos descontar del total de tu paga la parte correspondiente a las cuotas de la seguridad social, aun así ganarías un buen pico. Tú decides.
-Bueno, en principio, vale. De todas formas, si te parece, ya trataremos este asunto más adelante. Sólo me interesa cotizar para poder cobrar del paro si me quedase sin empleo.
-Si respondes bien, siempre tendrás trabajo. Nosotros nunca dejamos en la estacada a los camaradas que se lo merecen. Pero insisto, si más hacia delante quieres que te aseguremos, lo hablas con Manolo, el jefe de personal, y llegaréis a algún tipo de acuerdo. Creo que en el fondo social existen un tipo de ayudas para quienes se queden sin empleo, tendré que verlo… ¡Ah! No puedo presentarte a Manolo porque ha tenido que salir, igual te has cruzado con él cuando entrabas, es un hombre de mi edad, moreno, con mucho fijador y bigote tipo franquista… ¡Seguro que debes conocerlo!
-Sí, creo que sé quien dices.
Esa misma semana tuve la oportunidad de conocer a Manolo, que trabajaba para Levantina de Seguridad. Lo recordaba de haberlo visto en algún mitin tiempo atrás, aunque jamás había hablado con él. Con el tiempo, me sacaría de más de un apuro en los juicios que tuve que soportar como vigilante de la <>.
-¿Y cuándo comenzaría a trabajar? -consulté a José Luis.
-Tan pronto Chimo te dé el vale de uniformidad, podrás empezar… ¿Vale? ¿Entonces conforme?
No tenía mucho que pensar. Las jornadas anteriores a mi encuentro estuve haciendo cuentas y entre lo de Mercavalencia y el pub sacaba unas veinticinco mil pesetas limpias a la semana… y con eso iba muy ajustado. De hecho, tampoco eran empleos fijos y en el muelle había semanas que no paraba y, sin embargo, otras en que apenas había un poco de faena.
Levantina de Seguridad no suponía el sueño de mi vida, pero sí una solución estable momentánea.
-Por mi parte también estoy conforme.
-¡Vale, perfecto! Pues… ¡bienvenido a la <>! Esta noche voy a cenar al bar de un camarada, ¿te apetece venir? ¡Yo invito! -anunció, mi desde ya, jefe.
-De acuerdo, Pero la próxima vez pago yo.
-Bien y así celebrarás tu primer sueldo.
Salí de su despacho radiante de satisfacción, creía que podía haber estado equivocado con respecto a él. Pedí permiso a Sonia para usar el teléfono y llamé a mi casa para darle a mi familia la buena noticia. En ese instante inauguré un nuevo ciclo de mi vida que se alargaría diez años y que, sin duda, afectó al resto.

-Por favor, fírmame aquí J. M. -dijo Sonia, mientras me entregaba una hoja en blanco con el sello de la empresa.
Leí por encima el papel que me alargaba, en el cual decía:

Don -----------------------------------------------------------------------, mayor de edad, con DNI.: ------------------------- y trabajador de <>,
Comunico a la dirección de la empresa mi decisión de causar BAJA VOLUNTARIA por motivos personales.
Igualmente admito haber percibido íntegramente de la misma la totalidad correspondiente al finiquito pendiente: salarios e indemnizaciones que pudieran corresponderme. Sin que quede nada que reclamar por este concepto.
En Valencia, a -------- de -------------------------- de -------------------
Fdo.: -----------------------------------------------------------------------

Una idea sobrevino a mi mente: <<¿Irían a despedirme? ¡Pero si llevaba menos de tres semanas trabajando!>>, pensé.
-Sonia… ¿Qué significa esto? ¿No están contentos conmigo?
-Ese papel no significa nada, todos los trabajadores lo han firmado; de todos modos, si tienes alguna duda puedes hablar con Chimo.
-¿Está en su despacho?
-Sí, ¿quieres que le diga que quieres hablar un minuto con él?
-Por favor.
La secretaria pulsó el interfono y comunicó al inspector que deseaba verlo urgentemente. No pude entender la contestación de la otra parte, que semejaban murmullos indescifrables.
-Dice que pases -anunció Sonia.
-Gracias.
Me dirigí a la estancia que aprovechaba Chimo como oficina y que estaba situada al final del pasillo, en el otro lado del piso. La puerta estaba entreabierta, toqué suavemente y pedí permiso para entrar.
-Pasa, pasa -indicó.
Detrás de una mesa antigua, infestada de montones de papeles, permanecía sentado el inspector jefe de Levantina de Seguridad; unas grandes ojeras marcaban su rostro, se le apreciaba agotado.
-¿Qué quieres? -inquirió mientras levantaba la vista del escritorio.
-Verás… es que… cuando he venido para cobrar el primer mes de trabajo… Sonia me ha dado un papel para firmar donde decía no se qué… de que causaba baja voluntaria en la empresa… -solté atropelladamente.
-¿Y? -emitió arqueando extrañado las cejas.
-Quería saber si estabais descontentos conmigo por algo.
-¿Y eso? -repitió.
-Pues por lo de la hoja esa que me habéis dado para firmar.
-Vamos a ver… ¿No te dijo José Luis lo del finiquito en blanco?
-¿El qué? -pregunté confuso.
-Te explico -respondió secamente-. Es norma de la empresa que todos los empleados firmen un documento en blanco, como prueba de que han cobrado todo el finiquito y no existen deudas pendientes por nuestra parte. Lo hacemos para evitar que algún traidor pretenda denunciarnos… Ya sabes que hijos de puta hay en todas partes.
-Sí… supongo…
-No te preocupes, que no es nada personal. Además, llevas muy poco tiempo y, por el momento, estás cumpliendo correctamente. Es sólo una medida para evitar que alguien intente joder a Levantina de Seguridad; aquí no se engaña a nadie y a cada uno se os ha explicado como está el tema… ¿Ya te ha dado Sonia el talón?
-No, todavía no.
-Venga, pues firma ese finiquito y que te paguen el mes. Y no te preocupes, José Luis es hombre de palabra y aseguró que si cumples tu compromiso, él cumplirá el suyo. ¿Deseas algo más?
-No. Sólo era eso.
Salí de la estancia y acudí donde la empleada para firmar el folio en blanco. Posteriormente me tendió un cheque con el matasellos de CONS, donde venía el importe de mi primer sueldo: cuarenta y dos mil pesetas. No percibí mucho, realmente tampoco trabajé demasiado. Estaba comenzando y me advirtieron que los dos primeros meses eran los peores, tenía que esperar a que me designaran un servicio fijo para ganar más. Sólo consistía en aguantar un tiempo.
Transcurrieron las semanas y se cumplieron mis expectativas. En el plazo previsto fui destinado a un puesto que me permitió obtener lo esperado. A los pocos meses sacaba, limpias de polvo y paja, una media de ciento cuarenta mil pesetas. Con ese salario suponía que tendría más que suficiente para disfrutar de una calidad de vida envidiable; a partir de ahora podría permitirme cumplir ciertos deseos: viajar, volver a salir con los amigos e incluso comprarme buena ropa y algún capricho, pero nada de todo eso ocurrió.
Creo que he olvidado mencionar que para ganar ese jornal me tocaba trabajar absolutamente todos los días del año, de lunes a domingo, sin excepción. No pienses, amigo lector, que durante el veraneo podría disfrutar de lo ahorrado, porque en Levantina de Seguridad… ¡no existían las vacaciones estivales! ¡Ni las de navidad! ¡Ni las de Semana Santa! ¡Ni…!
Efectivamente, se vivía exclusivamente para trabajar. Y, créeme, al principio no me importaba demasiado. En la <> todo estaba milimétricamente calculado para que viéramos lo inexplicable como algo normal.
Semanalmente nos entregaban una <> de papel donde venían especificados los días y horas que nos tocaba servicio. Esas notas podían ser modificadas y, de hecho, siempre ocurría.
No podíamos hacer ningún plan, ni quedar con la novia o con los amigos… ni, sencillamente, acudir al cine. La <> exigía que acudieses en cualquier momento y hora a donde faltase algún compañero; si nos negábamos, simplemente nos sancionaban y a la tercera falta… ¡Despedidos! E indiscutiblemente, sin derecho a ninguna clase de indemnización.
Sé que muchos se preguntarán: ¿cómo puede ser posible que existan personas trabajando en una empresa de seguridad española, de sol a sol, sin cotizar en la seguridad social, sin derecho a pagas extraordinarias ni vacaciones, y encima estén satisfechos?
La respuesta es sencilla, la <> estaba, o quizá siga estándolo, estructurada como una secta. Y, cómo en las mismas, sus integrantes no éramos conscientes de ello.

José Luis Roberto Navarro
Jefe de Seguridad.
Abogado, psicólogo, pedagogo, profesor titulado de EGB.

Así rezaba la tarjeta que entregaba a sus visitas. Evidentemente, él personificaba al líder supremo de <>. Disponía de todos los ingredientes para resultar un personaje de cómic siniestro; podría haber sido una ridícula caricatura de Goscinny y Uderzo o un típico protagonista de cualquier historieta de <> de Kim, pero sus malvados actos lo convirtieron en un sujeto peligroso que parecía tolerado por las más altas instancias. ¿Exagero? Estate atento y verás…
El omnipresente <> de la <>, como líder de una hermandad forzosa, distribuía sus mandatos por medio de la circular mensual que acompañaba al cheque con la paga. En la misma, indicaba las directrices a seguir. Estas normas eran muy simples y de obligado cumplimiento:
Por lo menos una vez a la semana teníamos que pasar forzosamente por la empresa para recibir consignas que no podían tratarse por teléfono.
Al finalizar nuestro servicio, nos obligaban a acudir de refuerzo a los de mayor riesgo sin cobrar nada a cambio… únicamente el agradecimiento de <>.
Debíamos estar localizables las 24 horas del día, algo complicado en unos tiempos sin móviles.
Todos los empleados, teníamos, obligatoriamente, que afiliarnos a CONS y pagar las cuotas correspondientes.
Igualmente, teníamos que asistir, sin excusa alguna, a los actos que el sindicato organizara. Sólo estaban excusados los trabajadores que cumplieran servicio.
La <> valoraría positivamente, incluso para posibles ascensos en Levantina de Seguridad, a los empleados que más público aportaran a los actos políticos.
Quedaba rigurosamente prohibido y considerado como sanción muy grave hablar de las normas internas de la <> a personas ajenas a la misma, incluso a nuestros propios familiares. Incumplirlo suponía el despido inmediato, además de posibles represalias.
Estaba totalmente vedado, bajo riesgo de despido, afiliarse a sindicatos distintos a CONS. (Posteriormente, y debido a que algunos vigilantes decidieron desafiar a Roberto e inscribirse en CC.OO., se obligó al personal a afiliarse al Sindicato Independiente de la Comunidad Valenciana, en el cual yo mismo fui designado como miembro del comité de empresa después de unas elecciones fraudulentas, cosa curiosa porque ni siquiera me había presentado en ninguna candidatura, ni sabía de su existencia.)
Podría continuar con cientos y cientos de instrucciones semejantes, pero supongo que sería más de lo mismo. Esto podría haber quedado como un cúmulo de simples anécdotas, pero las trágicas consecuencias que sufrieron los que osaron retar a la <> bien merecen interés más adelante…
La vida en la <> era como la pescadilla que se muerde la cola.
Sin asegurar ni cotizar, trabajábamos en Levantina de Seguridad una media de 250-400 horas mensuales. Al finalizar nuestro destino acudíamos gratuitamente a reforzar los más arriesgados, con lo cual seguíamos metidos en el entorno. Y si por una de ésas algún día gozábamos de fiesta, tocaba acudir a los eventos de CONS, muy frecuentes en esas fechas. Cuando llegaba la hora de valorar los últimos meses, sólo tenías recuerdos de la gente con la que trabajabas y con los que compartías casi todos los momentos. El resto: familia, amigos, etc., quedaban relegados en el cajón de los olvidos.
No todo fue malo: entre mis colegas encontré a algunos que más tarde serían amigos de verdad, personas honradas que demandaban sacar adelante dignamente a su familia.
Por otra parte, ganábamos bastante más que los vigilantes de otras empresas y eso enganchaba. No nos fijábamos en la precariedad laboral, ni en el hecho de que el no cotizar repercutiría en nuestro futuro. La <> se encargaba de quitarnos esos pensamientos de la cabeza y de tenernos bien amarrados para que no pudiéramos levantar el vuelo por nosotros mismos. El procedimiento era ingenuo, aunque efectivo: consistía en denostar continuamente al resto de empresas del sector… y picábamos.
En las comunicaciones mensuales insistían en la debilidad de las otras compañías de seguridad y en la inestabilidad laboral que representaban:

En esas empresas no seréis tratados como aquí; para ellos sólo seréis un número… Es el capitalismo salvaje donde las personas pasan a ser esclavos de un sistema económico opresor… No os van a garantizar el futuro, a la mínima de cambio os despedirán y os quedaréis en la calle sin nada… Ignoran el significado de lo que es una <>; en esas firmas no escucharan vuestros problemas, trabajaréis lo que dicte el convenio y ganaréis lo mínimo sin posibilidad de hacer horas extras para redondear el mes… ¿Recordáis a Menganito? Él se dejó embaucar por los traidores que no soportan que una entidad independiente como la nuestra les arrebate el mercado… ¡Pues bien! ¡Menganito ha vuelto a la <>! ¡Preguntadle a él qué piensa de las demás corporaciones de seguridad! Lo trataron como a uno más y cuando finalizó el contrato lo mandaron derechito a su casa… ¿Conocéis algún caso similar en Levantina de Seguridad? ¿Sabéis de alguien que haya sido injustamente apartado de la <>? No os dejéis embaucar… ¡Mejor que aquí, en ningún sitio! ¡Ningún otro vigilante tiene el apoyo y el salario que lográis con nosotros!

De todas formas, no nos daban la posibilidad de comprobar si lo que señalaban era verdad; al ritmo de trabajo con que nos desenvolvíamos, resultaba imposible acceder al mundo exterior. Vivíamos en un ámbito diferente al resto de los mortales.
Pero si todo eso fallaba y buscábamos escapar de ese pequeño universo de traidores y <>, aún quedaba otro escollo que salvar: los juicios.
Las interminables jornadas laborales en Levantina de Seguridad y los servicios de apoyo que realizábamos se cobraban un precio especial en forma de los múltiples procesos legales en los que nos veíamos involucrados. En la mayoría de los casos, acudíamos como simples testigos o denunciantes, pero, indudablemente, en muchos momentos éramos nosotros los denunciados… y eso suponía muchos quebraderos de cabeza.
Al líder le gustaba meternos en líos... ¡Y algunos gordos! A principios de 1989 recibí mi bautismo guerrillero como miembro de este grupo; el asunto no llegó a mayores, pero las consecuencias podían haber sido trágicas.
La historia se gestó en una de las innumerables cenas que solíamos realizar en el bar de Mustafá, un militante del FSJ apodado así por haber pasado su infancia en el Sidi Ifni. Aquella noche, una docena de camaradas picoteábamos diversas tapas regadas con mucha cerveza; todos formábamos parte de la plantilla de Levantina de Seguridad y procedíamos de diversas organizaciones fachas. Roberto se encontraba pletórico e intentaba entonar alguna cancioncilla de las nuestras para caldear el ambiente. En un momento dado surgió el tema de los <>: que si somos los más atrevidos… que si tenemos más cojones que nadie… ¡En fin! ¡Las conversaciones habituales de siempre! Justo es decir que esos argumentos los tenía muy vistos y me aburrían bastante; sinceramente, no encontraba el momento de marcharme a dormir, pero siempre me dejaba liar.
Esa velada se complicó y entre el griterío de las coplillas que cantaban unos y el apasionado debate que mantenían otros… lo cierto es que alguien tuvo la feliz ocurrencia de sugerir colocar carteles contra la delincuencia en uno de los barrios más marginales de la zona: Las Malvinas, en Burjasot.
La idea contó con el beneplácito de Roberto, que, entusiasmado, mandó al Botella a la sede a por unos pasquines y un rollo de papel celo.
-¿Llevamos <>? -preguntó uno.
-¡No sería mala idea coger un trasto! -señaló José Luis.
Preguntó a los asistentes si alguno portaba una encima, pero no tuvo suerte.
-¡Joder! ¡Tanto fascista junto y no lleváis una puta pistola! ¡Así nos va! ¡Menuda mierda de fascio!
Dirigió la mirada hacia mí e interpeló:
-Tú vives por aquí cerca, ¿no?
-Sí, a un par de manzanas.
-¿Tienes algún arma sin papeles?
-Sí, un revólver de dos pulgadas.
-¿Un 38?
- Sí, un 38 especial.
-¿Está limpio?
-¡Claro!
-¿Puedes acercarte y cogerlo? No te preocupes, si pasa algo y te deshaces del mismo, te compro uno mejor.
-Ya, pero es que no me hace mucha gracia ir <>.
-Tú tráelo y yo me encargo.
Asentí y me acerqué a mi domicilio a buscarla; simultáneamente, mandaron a la empresa a otro a por unos botes de humo.
Serían las dos de la madrugada cuando llegamos al destino. Las calles permanecían desiertas y aparcamos en la plaza principal del barrio.
-No se siente un alma -dijo Rafa, un ex primera línea.
-Estos hijoputas están durmiendo -manifestó otro.
-Normal, tío… ¡Son las tantas! -matizó el Botella.
-Permaneced unidos y a la vista… ¡A ver! ¡Empezad a poner los carteles en esas fachadas! -indicó José Luis, señalando una finca cercana.
En media hora estaba colocada la treintena de carteles de tamaño folio y en blanco y negro que, con el lacónico texto: <> y firmados por el FSJ, habíamos gastado.
Permanecimos observando los ventanales cercanos, pero ni una leve sombra aparecía en ellos.
-¡Es muy fuerte que vengamos adrede a Las Malvinas para colocar estos putos panfletos y ni Dios se haya dado cuenta! -dijo Rafa.
-Tienes razón… ¡Os aseguro que van a percatarse de nuestra presencia! ¡Vaya si la van a notar! -exteriorizó José Luis-. ¡Venga, acercaos todos que vamos a cantar el Cara al Sol!
La mayoría se arrimó, pero dos o tres permanecimos alejados; para algunos, ese himno simbolizaba mucho y no era una canción para corear en cualquier espacio, y menos por un grupo de embriagados. Por fortuna, no había bebido ni una gota de alcohol y sabía lo que me hacía.
Desde la distancia, prestamos atención al grupo de borrachos que, brazo en alto, berreaban las estrofas del cántico. Cuando cumplieron, José Luis marcó los gritos habituales y concluyó con un <<¡no a la delincuencia!>>, coreado por los <> de turno.
-¿Es qué tenéis miedo de cantar aquí? -profirió, a la vez que nos miraba.
Mirándolo de reojo, preferimos no responder a cuestión tan absurda.
Alguien exclamó desde un balcón:
-¡Gamberros! ¡Callaos ya o avisaremos a la policía!
-¡Quién ha dicho eso! ¿Quién es el cabrón que osa llamarnos la atención? -soltó empuñando el revólver y escudriñando como un poseso las fincas cercanas.
-¡Trae! ¡Trae! -dijo Rafa, arrebatándole el arma.
Seis estampidos rompieron la quietud de la noche. Algunas ventanas se cerraron súbitamente. Nuestro compañero disparaba al cielo, maldiciendo a los pobladores de esas viviendas. Roberto decretó retirada… ¡No sea que acudieran los maderos!
Los dos botes de humo, en medio de la plaza, marcaron el final de la historia.
Sin pérdida de tiempo salimos zumbando en los coches. A los pocos segundos, observamos a varios vehículos policiales y un par de camiones de bomberos adentrarse en el barrio y dirigirse al punto de donde partía la humareda. Pasaron a nuestro lado rugiendo motores, con los <> encendidos y sin percatarse de nosotros. Alguien los alertó.
Durante años oí relatar este episodio como si de la más osada hazaña se tratara. Probablemente, los testigos de éste y de otros actos similares, que aún permanezcan vinculados a Levantina de Seguridad, mantengan el temor a hablar. Pero en estos años son muchos los que dejaron la <>, por una u otra razón, y ellos, los libres del temor a represalias, serán mis testigos.
En esa ocasión, tuvimos la suerte de nuestro lado y el tema no trascendió; todo quedó convertido en una simple anécdota que narraba el absurdo valor de aquellos que osaron aventurarse en lo indómito.
Por una vez, la sangre no llegó al río y nadie nos rindió cuentas; de haber ocurrido, la maquinaria legal de José Luis Roberto se habría puesto en marcha.
En teoría, Levantina de Seguridad se responsabilizaba de todos los gastos que pudiera representar nuestra defensa en aquellos procedimientos originados por motivos de trabajo o en acciones ordenadas desde la jefatura: proporcionaba abogado, saldaba las posibles responsabilidades civiles o multas que se fallasen en las sentencias firmes… Pero si alguien abandonaba la <> con alguna causa pendiente, los gastos de la misma tocaba abonarlos al empleado disidente. He conocido a trabajadores con cien, doscientos e incluso bastantes más litigios; yo mismo tuve, en esa etapa, más de un centenar.
Las razones podían ser de lo más variadas. La mayoría de las denuncias se archivaban o quedaban reducidas a simples juicios de faltas. Los motivos eran tan dispares como prohibir a alguien la entrada en alguna sala por no calzar zapatos o expulsar a clientes con síntomas de embriaguez. Aunque de vez en cuando se liaban… ¡Y vaya si se liaban!
Personalmente, sólo fui condenado una vez, en un juicio de faltas, a tres días de arresto. Lo que me hastió es que me acusaron de una agresión leve en la que no tuve nada que ver, aunque el abogado ya me había confirmado de antemano que el pleito lo tenía perdido:
-No hace falta que prepare mucho esta defensa -advirtió Manolo-. Nos ha tocado de juez una hija de puta de mucho cuidado, sobre todo en lo referente a Levantina de Seguridad.
-Alguna solución tiene que haber… No es justo que me condenen por algo que no he hecho.
-Te aconsejo que te lo tomes con filosofía y pienses que son unas pequeñas vacaciones a cuenta de la empresa. Además, míralo desde este otro punto de vista… ¿En cuantos juicios te han absuelto aun siendo culpable? -preguntó el letrado.
-En alguno -reconocí.
-Seguramente en más de cinco y más de diez, ¿No? Pues esas veces la justicia falló y ahora volverá a errar, sólo que te meterán tres o cuatro días de arresto domiciliario. Esta jueza odia todo lo que tiene que ver con nosotros desde que un camarada le arreó una somanta de hostias a un amigo suyo delante de ella... Desde entonces, cuando le llega un vigilante de Levantina de Seguridad acusado de agresión, lo <>. ¿No harías tú lo mismo?
La verdad es que no sé cómo actuaría en las mismas circunstancias, pero entiendo que si obrara así, por lo menos sería consciente que estoy mancillando la toga y la ley.
No sería la última vez que trataría con esta jueza; más de diez años después de ese juicio, en junio de 2002, ordenó mi ingreso en prisión basándose en unas pruebas que cualquier otro juez no hubiera considerado más que indicios, como mucho, constitutivos de falta. Es curioso que con más de un centenar de pleitos practicados sólo fuera condenado en éste y, curiosamente, por quien más tarde me enchironaría…
Retomando el asunto principal, José Luis Roberto tenía un lema: <>. Éramos los más osados en un mundo de cobardes y eso implicaba que nos tocaba servir en lugares que ninguna otra empresa del sector quería aceptar.
En palabras de nuestro jefe, convenía que nos comportáramos como los más chulos, los más malos y los más valientes… ¡Así marcaríamos un estilo!
A principios de los noventa, la empresa creció impresionantemente; en cuestión de meses pasamos de una plantilla de cuarenta personas, casi todos a tiempo parcial, a más de un centenar… ¡Y subiendo!
En 1990 obtuve el título de vigilante jurado después de aprobar los exámenes que se realizaban bajo supervisión y control de la Policía Nacional y de la Guardia Civil. Me asignaron arma y placa, e ingresé de pleno en Levantina de Seguridad. Seguí trabajando como de costumbre: de lunes a jueves en urbanizaciones y polígonos industriales, fines de semana y festivos en discotecas; donde noté el cambio fue en el salario, de unas ciento cuarenta mil pesetas pasé a ganar unas doscientas mil al mes… ¡Eso sí! ¡Siempre dejándome los hígados!
Hasta entonces, lo mejor de todo, era el fuerte compañerismo reinante entre los empleados, que la dirección se encargaba de potenciar; pero cuando la firma prosperó, las normas variaron y se nos prohibió acudir a visitar a los compañeros en servicios de riesgo. Hasta ese momento nos sentíamos como una piña. Recuerdo la primera vez que fui requerido para ayudar a la <>. Era un domingo por la mañana cuando recibí una llamada telefónica en mi domicilio, se trataba de Chimo:
-J.M. Escucha con atención, esta tarde a las seis en punto tienes que estar en las oficinas… Acude de paisano, sin documentación de vigilante y no se te ocurra portar <>, ni defensa… ¿Entendido?
-Sí, está claro.
-¡Bueno, así quedamos! -se despidió el inspector.
Comuniqué a mi novia el contratiempo y pospuse mi cita con ella. A la hora prevista, acudí al local de la Gran Vía; en la calle, junto al portal, se agolpaban una treintena de compañeros. Nadie sabía el motivo de la llamada, aunque se creía importante. Chimo se excusaba con que José Luis no tardaría y nos lo explicaría.
En ese instante alguien gritó.
-¡Ahí está el jefe!
El Audi 90 de Roberto estacionó en la acera, a nuestro lado. Por la puerta del conductor bajó el líder y, dirigiéndose a Chimo, ordenó:
-¡Que suban a la sala de juntas y me esperen en silencio! Acudo en cinco minutos.
Ascendimos las escaleras y fuimos ocupando lugar en la estancia. El ambiente estaba crispado, no hay que olvidar que estábamos en domingo y muchos deseaban estar con los suyos en vez de jugar a ser mafiosillos. Por mi parte, tenía un sueño impresionante y más cuando pensaba que esa noche volvía a arrimar el hombro en un disco pub. Esperábamos que el motivo fuera importante y que todo acabara cuanto antes. Al poco rato, Roberto, con la cara desencajada, irrumpió en la habitación:
-¡Camaradas! -arengó-. Esta pasada madrugada el honor de la <> ha sido mancillado. Varios individuos han atacado gravemente a dos compañeros mientras realizaban servicio en Coliseum. Esta agresión es la primera que sufrimos y, os garantizo, va a ser la última. ¡Los responsables van a aprender la lección! ¡La gente debe saber que quien toca a uno de Levantina de Seguridad toca a todos y cada uno de sus miembros… y esas agresiones jamás quedarán impunes! Ahora vais a subir a vuestros coches, los estacionaréis lejos de la discoteca, e iremos en grupos de cuatro o cinco… Un compañero contempló ayer la <> y podrá identificar a los responsables. Tan pronto aparezcan, quiero que se lleven tal paliza que no los conozca ni la madre que los parió… ¿Entendido? ¡Viva Levantina de Seguridad! ¡Viva la <>! ¡Arriba España!
Un grupito de pelotas redomados respondieron emocionados a los vivas de José Luis, se sentían los elegidos para una misión trascendente; el resto nos mirábamos sin entender nada. Si sabían quiénes eran los autores… ¿por qué no los denunciaba y nos dejaba disfrutar el día en paz?
-¿A quién han pegado? -interpelé a un colega.
-Chimo me ha dicho que a Paco Cuesta y Antonio Burgos.
-¿Cómo están?
-Se encuentran en sus casas, tienen algún hematoma y creo que a Burgos le han roto un brazo.
Uniendo retazos desentrañamos lo acaecido. La noche anterior, dos vigilantes prestaban servicio en una conocida discoteca de la zona del marítimo, Coliseum; en un momento dado se armó una trifulca en la pista de baile entre dos grupos juveniles rivales y los de seguridad entraron a solucionar el problema. Cuando ambos profesionales procedían a sacar a uno de los responsables, el resto se abalanzó sobre ellos y, después de arrebatarles las porras, les acometieron con las mismas. Resultado: Cuesta llegó a perder el conocimiento y a Burgos le dislocaron un hombro. En este caso se trataba de buenos colegas y, además, muy tranquilos; de hecho, uno de ellos acudía por primera vez destinado a una discoteca.
Sin excepción, lamentamos el suceso, aunque no estábamos conformes con la vendetta… ya se sabe que… <>. Pero las órdenes eran incuestionables y marchamos al lugar; únicamente los jóvenes descerebrados de siempre mostraban júbilo por la circunstancia. ¿Cuántas veces he visto reflejados en titulares de prensa sobre la violencia de jóvenes skins o ultraderechistas a mis borregos compañeros de aquel día, dirigidos como marionetas desde la retaguardia por sus líderes particulares?
No tardamos mucho en estar en las puertas de la disco, que se hallaba abarrotada de chavales con los dieciocho recién cumplidos. Siguiendo instrucciones, nos apostamos por las cercanías en corrillos; pero nuestra presencia no resultaba disimulada para las pandillas de adolescentes que, conocedores de los incidentes pasados, cuchicheaban entre sí: <>.
La presencia de Roberto, de aquí para allá, dando órdenes a grito partido y recibiendo novedades, tampoco resultaba invisible. Pasaban las horas y ninguno hacía acto de presencia.
-Aquí no viene ni Dios -sentenció A. M.-. Ojalá digan de irnos… ¡Mira que hacerme perder una tarde para esto! ¡Si el mayor no tendrá ni veinte! Éste ha perdido la cabeza… ¡Tanta película por unos chiquillos! ¡Ché! ¡Míralo! ¡Va como una moto! ¿Qué os jugáis a que va hasta las cejas de coca? -matizó mientras señalaba a nuestro jefe, que, con los ojos desencajados, seguía caminando por la acera como un poseso.
-¡Chissst! Silencio… viene hacia aquí.
Roberto llegó hasta nosotros y con gesto adusto pidió que nos acercáramos.
-Los hijos de puta de ayer no han venido, supongo que se deben oler la tostada.
-Mira José Luis -dijo A.M.-, esta noche tengo servicio y dispongo del tiempo justo para llegar a casa, cambiarme e ir al trabajo… Creo que deberíamos marcharnos… ¡No hay color!
-Esperad cinco minutos y nos vamos… Chimo y Javi van a ir a por ese grupito -dijo señalando discretamente hacia unos chavalotes que tomaban una litrona junto a la puerta de la discoteca.
-¿Pero tienen algo que ver con los de la bulla? -preguntó un veterano compañero apodado el Sevillano.
-No… ¡Pero visten parecido! Deben ser colegas… -vaticinó Roberto emulando a Rappel.
-Esto no tiene sentido… -insistió el Sevillano-. Mejor que nos vayamos… y ya volveremos en otro momento.
-¿Y perder dos días en vez de uno? ¡De eso nada! ¡Hoy zanjamos el tema! -concluyó Roberto.
Con paso apresurado se alejó de nosotros y le ordenó a Chimo que iniciara el desquite. A. M. balbuceó en nuestros oídos:
-Retirémonos de aquí, no quiero tener nada que ver con esta chorrada. ¡Mira que ir a pegar a unos críos inocentes!
Nuestro grupo, formado por veteranos, se separó del resto mientras escuchábamos a nuestras espaldas gritos incitando a la venganza. Los sonidos de la calle se mezclaron con el ruido de los primeros tortazos. El desagravio acababa de iniciarse, la gente iba a saber cómo se las gastaban los de Levantina de Seguridad.
No acabamos de ver el final del combate, tampoco hacía falta ser un genio para vaticinar al ganador de tan desigual pelea. Aquella noche de 1990 se abrió una brecha interna que no cerraría nunca. Dichos sucesos significaron, para algunos vigilantes, la gota que colmaba el vaso de la paciencia. Por otra parte, los propietarios de la discoteca Coliseum, alarmados por el tumulto originado por quienes golpeaban indiscriminadamente a sus clientes, aun a pesar de cobrar precisamente para evitar eso, decidieron prescindir de la vigilancia de Levantina de Seguridad en futuras temporadas.
Sin importarle demasiado las consecuencias, José Luis Roberto se mostraba radiante. Tampoco era de extrañar: desde sus inicios empresariales la violencia se había convertido en la moneda de cambio habitual.
Se recurría a la intimidación y a la fuerza cuando algún cliente se negaba a abonar las facturas por los servicios prestados; o cuando algún local nocturno se empeñaba en no contratarnos porque no sufrían peleas… hasta que José Luis ordenaba a sus matones que las provocaran, para que esa excusa no sirviera; o cuando algún propietario sustituía el servicio de esta empresa por los de otra compañía menos complicada.
Al más burdo estilo mafioso, Roberto dictaminaba administrar su justicia en forma de palos. Muchos compañeros recuerdan las ocasiones en que entraron a saco en pubs a repartir leña entre clientes y empleados... y todo porque el dueño no tragaba con las pretensiones de la <>. ¡Ah! He olvidado mencionar que la vigilancia que implantaba Roberto, en lo que a locales de ocio se refiere, costaba más del doble que cualquier otra firma del sector.
En 1990, el jefe se sentía fuerte, los negocios le marchaban viento en popa; tenía que aprovechar la racha y nos sorprendió con una noticia que en pocos días llenó páginas y páginas de periódicos y que suponía el primer negocio donde, teóricamente, participaba el fondo social: ¡íbamos a fundar el primer pub nazi de España!
Lili Marleen tenía su emplazamiento en la calle de Salamanca, escasamente a un par de manzanas de la zona de Cánovas, donde decenas y decenas de pubs atraían cada fin de semana a miles de jóvenes. Pero esa breve distancia suponía la diferencia entre el éxito y el fracaso; a este lugar no acudía la gente: un centenar de metros lo separaba de la gloria.
Conocíamos a sus propietarios desde hacía tiempo; de hecho, M., ex militar, ex de Fuerza, impulsor de Juntas Españolas y actualmente uno de los dirigentes de Democracia Nacional, pertenecía a nuestro mundillo de siempre. Se comentaba que su relación con José Luis Roberto no pasaba por un buen momento, quizá por este motivo nos sorprendió el traspaso.
El otro socio de M. también resultaba siniestramente familiar. G. tenía la misma edad que el anterior, unos cuarenta por entonces y, como el otro, mostraba un fuerte corpachón moldeado con miles de horas de entrenamiento en el Forma-gym, uno de los gimnasios más elitistas de Valencia; poco más les unía.
M. pertenecía a buena familia y siempre estaba enfrascado en proyectos de negocios; por el contrario, su colega era uno de los más conocidos exponentes del hampa pura y dura.
Decían que no existía delito que no hubiera perpetrado: secuestros, robos, atracos, palizas, tráfico de coca, extorsión, proxenetismo, asesinatos… Para Roberto significaba un firme aliado, alguien que interesaba tener cerca por lo que pudiera pasar. Lili Marleen le servía a G. de tapadera, una excusa perfecta para justificar ingresos, por eso no le importaba demasiado que al local no concurriera casi nadie.
Esta transacción implicaba mucho para Roberto. Por un lado, culminaría sus sueños de líder fascista con un pub moldeado según sus gustos; por otra, le serviría para reforzar la alianza con los dos propietarios anteriores. De M. buscaba un apoyo para lograr ser admitido en los sectores cercanos a Democracia Nacional; de G. le interesaba todo, porque gente dispuesta a lo que sea por unas pesetas y encima intocable por la policía siempre resulta interesante.
La noche de la inauguración de Lili Marleen, esta vez en manos de la <>, se tradujo en un rotundo éxito.
El jefe no dejó un detalle a la improvisación: avisó a los medios, insertó anuncios en prensa y, por medio de circulares, invitó a todos los empleados de Levantina de Seguridad a acudir con sus familias y amigos. Las consumiciones corrían a cargo del fondo social.
Un par de cientos de personas llegaron atraídas por las copas gratis y otros (¡para qué negarlo!) …por la curiosidad.
El interior se hallaba decorado con retratos de León Degrelle, Rudolf Hess, Ramiro Ledesma y grandes banderas falangistas y nazis. Detrás del mostrador, en lugar preferente, una enorme fotografía de Adolf Hitler saludaba a los visitantes.
Durante la ceremonia de apertura se cantaron todos los himnos y canciones habidos y por haber. Se brindó por la restauración de la pena de muerte contra los etarras, por el Führer, por Levantina de Seguridad y por todos nosotros… ¡los verdaderos propietarios del negocio!
La velada finalizó a las tantas. A la mañana siguiente, los periódicos comentaron el inusual festejo y la ausencia total de incidentes. Pero éstos acaecieron y, como casi siempre, fueron absurdos…
Las manecillas marcaban las tres de la madrugada. Me sentía cansado y decidí marcharme a dormir. El intenso ajetreo de aquella jornada me había dejado baldado: acompañé a los periodistas durante su visita, descargué cajas de bebida y colaboré en los últimos retoques. El cansancio acumulado comenzaba a pasarme factura.
Hacía rato que casi todos los clientes habían marchado a sus casas; al otro día tocaba trabajar. En el interior, media docena de empleados de Levantina de Seguridad apuraban sus últimas consumiciones mientras cantaban, una y otra vez, el viejo tema de Interterror: Adiós, Lili Marleen.
Me disponía a despedirme cuando alguien me agarró del brazo; al volverme advertí a una morena espectacular que me hacía señas para que la acompañara al servicio. Podría tratarse de uno de mis sueños secretos convertido en realidad, excepto por una pequeña salvedad… se trataba de la mujer de un compañero y, por tanto, intocable.
La conocía de coincidir en un par de situaciones, aunque no llegamos a hablar. Su marido se llamaba Rafa y se hallaba hartándose de cubatas sentado a escasos cinco metros; a él lo conocía de Falange y me precedió en el ingreso a Levantina de Seguridad. Sus amigos estábamos al tanto de que cuando bebía representaba un peligro; el alcohol siempre sacaba su yo más violento. Ya lo había demostrado en el barrio de Las Malvinas al disparar al aire como un paranoico y en otras circunstancias que no vienen al caso.
Sabía que ella se llamaba Esther y que no aprobaba los modos de su pareja. Me dirigió la palabra con los ojos empañados en lágrimas:
-¿Te vas? -preguntó.
-Es muy tarde y estoy reventado.
-No puedes irte ahora… ¿Has visto el estado de Rafa? Es capaz de hacer alguna gilipollez, hace un rato me ha dicho que esta noche iba a ir de cacería de rojos.
-No te preocupes. Verás como se va a dormir.
-¿No podrías quedarte por si acaso? Me he fijado en que no has bebido y que tienes más sensatez que todos esos juntos -indicó señalando con la cabeza hacia la barra del local.
-¿Te quedarías más tranquila?
-Sí -afirmó tajante.
Accedí a sus pretensiones y me senté, aguardando que los demás acabaran de una vez. En breves minutos remataron las copas y procedieron a abandonar el lugar. Pero Rafa se encontraba inusitadamente agresivo. En la calle comenzó a pegar patadas a los coches estacionados y, al proceder a sujetarlo, se encaró conmigo.
-¡No me agarres, tío! ¡No me agarres! ¡Malditos rojos de mierda!
Intentaba hacerle razonar, pero resultaba imposible. Al final se juntó con tres o cuatro más y, agarrando una bandera con la esvástica del interior del pub, montó en su coche buscando presas. No supe que hacer para detenerlo y opté por seguirle en mi vehículo. A mi lado se sentó Esther llorando.
-Lo van a matar… Lo van a matar… Está loco… Esta loco… -gemía desconsolada.
Comencé a perseguirlo, vigilando sus movimientos para evitar que cometiera alguna salvajada. Su turismo circulaba a toda velocidad por las céntricas calles desiertas con la bandera asomando por una ventanilla. Desde la distancia, podía escuchar nítidamente los himnos nazis que salían reproducidos en la casete.
-O se mata de un piñazo o le mete un puro la policía -sentenció Esther más sosegada.
-Esperemos que no pase ni una cosa ni otra y se canse pronto -opiné.
Llevábamos casi media hora observándolos y no variaban un ápice su actitud. De repente, cambiaron bruscamente de rumbo y se dirigieron al centro histórico de la ciudad, hacia la catedral. Al llegar a la plaza de la Virgen paró el motor y los ocupantes bajaron como una exhalación dejando abiertos los portones. En sus manos portaban porras y la enseña nazi.
-¡¿Qué pasa?! -gritó Esther preocupada-. ¿Qué han visto? ¿Adónde van?
Los seguí con la mirada, observé que corrían hacia un par de parejas que permanecían sentadas sobre la fuente central. Rafa se encaró a ellos mostrándoles la bandera y pidió que la besaran; los jóvenes resguardaron a sus novias con los cuerpos mientras intentaban zafarse de los camorristas que les acosaban. De repente, una porra fue a estrellarse sobre la cabeza de uno de los chavales: en milésimas de segundo se armó el guirigay. Salté rápido de mi auto dispuesto a poner fin a aquella desvergüenza; cuando llegué, todo era un amasijo de piernas y brazos girando por el suelo. Intenté desliar la maraña de extremidades y averiguar qué miembro pertenecía a quién. Al poco pude apartar a ambos grupos. La totalidad aparecían magullados y con chichones. Por suerte se emplearon las defensas reglamentarias de cuero y eso evitó lesiones mayores. El único que seguía empeñado en continuar peleando era Rafa, quien, borracho como una cuba, bastante problema tenía en mantener el equilibrio.
-¿Los conoces? -interrogó uno de los chavales-. ¡Están locos! ¡Nos han atacado por la cara! ¡Son nazis, los muy cabrones!
No quise explicarles que los atacantes tenían de nazis lo que yo de monja, ni que lo único que unía a sus agresores era la pertenencia a Levantina de Seguridad. Me comprometí a llevármelos, aunque los agredidos dijeron que denunciarían esos hechos.
Así finalizó la jornada. Al día siguiente, José Luis se cogió un cabreo de tres pares al enterarse de que habían utilizado, sin su consentimiento, una enseña del pub. Esther se divorció meses después y Rafa fue despedido de la <> cuando sacó su revólver reglamentario en la central del Banco Zaragozano para demostrar al cajero que era quien decía ser cuando éste le requirió el DNI para poder pagarle un talón de Levantina de Seguridad.
Por su parte, Lili Marleen siguió abierto unos años más. A los pocos meses de la inauguración, la gente dejó de acudir y sólo los habituales frecuentábamos el lugar. Entre ellos, considero interesante mencionar de pasada a alguien muy peculiar: Miguel Ángel Bueri-Bueri Zanga-Edu.
Este chaval, guineano de nacimiento y negro como el carbón, se empleó en Levantina de Seguridad como vigilante. Su caso se hizo popular porque apareció en un reportaje de Interviú, junto con otros jóvenes, uniformado con la camisa parda nazi; posteriormente, salió en televisión en un programa de Pepe Navarro. Lo curioso de Bueri-Bueri no es que fuera nazi, ya de por sí sorprendente, lo realmente pasmoso es que… ¡odiaba a los negros! …En fin, un dato anecdótico.
El sueño de Lili Marleen fue breve, pero mientras duró, Roberto soñó con crear una cadena nacional de locales similares y, en principio, estuvo a punto de inaugurar otro en Benidorm. Al final, el negocio no cuajó debido a la innata desconfianza de José Luis en compartir proyectos junto con otros socios. Pero la publicidad que le reportó logró que percibiera en este espacio político un hueco virgen para obtener beneficios a costa de los sentimientos ajenos. A partir de ese instante unió el concepto de política con dinero y comenzó a interesarse por los proyectos ultras del resto de España.
Aquel entonces, un joven madrileño resultó absuelto del atentado contra los diputados electos de Herri Batasuna. Ricardo Sáez de Ynestrillas volvía a dar señales de vida plantando cara…
No lo conocíamos personalmente, aunque sus <> y resuelta militancia nos eran de sobra conocidas. Estábamos al tanto de su abnegada fe en el triunfo de la causa y en el profundo odio que sentía hacia ETA desde que la banda había teñido de sangre su estirpe.
A pesar de la distancia geográfica, algunos vivimos como nuestras sus desventuras: rezamos por el alma de su padre, celebramos con champán en Lili Marleen la muerte de Muguruza, seguimos las jornadas de su juicio y nos alegramos cuando la justicia lo absolvió.
Roberto buscó la forma de contactar con Ricardo y la consiguió por medio de un camarada madrileño que se comprometió a presentárnoslo. Fernando, fiel a su palabra, vino con él a Valencia, donde la dirección de la <> le recibió con los brazos abiertos.
El interés de José Luis Roberto no tenía un fin altruista, sino que buscaba sacar partido de su convidado y quería proponerle que se hiciera cargo de la delegación que pensaba montar Levantina de Seguridad en Madrid. Pero Ynestrillas no tenía un pelo de tonto y desconfió de Roberto nada más verlo; le habían prevenido contra él y sabía que las atenciones recibidas algún día le pasarían factura.
El madrileño también contaba con un plan: maduraba la idea de formar un partido político de ámbito nacional y pretendía comprobar los apoyos con que contaba en las principales ciudades; además de reunirse con nosotros, durante su estancia en Valencia mantuvo contactos con militantes de Democracia Nacional y con antiguos afiliados de Fuerza.
En la visita relámpago, no podía faltar la demostración de poder del jefe hacia su invitado, y ésta se produjo en Lili Marleen, donde celebró una gran fiesta sorpresa en su honor con la asistencia de los empleados más fachas.
Cuando Ricardo volvió a su tierra, Roberto quiso proseguir la relación. Durante meses se produjeron varios encuentros en ambas ciudades, en los cuales fui testigo de excepción. De resultas de ellos, Ynestrillas desveló su aspiración de fundar un partido que aglutinase a la antigua militancia patriota. Pretendía liderar una organización de tipo europeo y apartada de la parafernalia tradicional española; quería erradicar los brazos en alto, la uniformidad y la denostada simbología, y crear algo más acorde con el estilo del Frente Nacional francés. Con esta finalidad viajó al país vecino, donde se entrevistó con Le Pen. El galo vio con buenos ojos el nuevo proyecto y lo bendijo aunque, en principio, no se comprometió a subvencionarlo hasta ver cómo funcionaba.
En otro orden de cosas, José Luis se ilusionó con la idea y le brindó su apoyo económico.
Aunque Ynestrillas seguía sin fiarse de las buenas intenciones del valenciano, optó por ceder. Le urgía comenzar la actividad política y confiaba en que las ayudas prometidas por personas cercanas a su familia supusieran un freno a las intenciones de Roberto.
No tardó mucho en darse a conocer la creación del AUN. El acto inaugural corría a cargo de la <>, que, en palabras de su capo, <>.
La presentación oficial se realizó en un teatro madrileño y, en el discurso fundacional, se plasmaron las líneas principales del partido. El aforo se encontraba casi completo, pero a pesar de lo innovador del evento, el mensaje no cuajó porque semejaba un tanto frío y con un discurso monotemático sobre ETA. Luego tuvo lugar la típica comida de hermandad, donde el resto de fuerzas representadas indicaron sus aspiraciones en torno al eje común que conformaba la Alianza para la Unidad Nacional.
José Luis pensaba que camelar al nuevo cabecilla resultaría sencillo, no sucedió así. De entrada incumplió su palabra de subvencionar el primer mitin, tan sólo donó doscientas mil pesetas que no dieron ni para pipas. De este modo, la reticencia inicial de Ricardo encontró justificación, por si fuera poco, a raíz de ese ridículo aporte, el jefe de Levantina de Seguridad se creyó con la autoridad moral de exigir a Ynestrillas que modificara el discurso político a su conveniencia. Aquello fue demasiado para el dirigente del AUN, que decidió prescindir del apoyo de éste, máxime cuando Jean Marie Le Pen le notificó que contaba con el soporte de su organización para futuros actos.
El <> de Levantina de Seguridad no se dio por vencido y continuó yendo a las manifestaciones que el AUN convocaba en Madrid. Pero, poco a poco, la relación comenzó a enfriarse y Ricardo creyó que cuanto más lejos estuviera del otro, mejor.
Así concluyó el fugaz compromiso entre ambos, pero el de CONS siguió buscando contactos para conseguir un hueco en el panorama ultra.
Sobre las mismas fechas, los informativos nacionales expresaron su desazón por la puesta en libertad de un conocido terrorista de la extrema derecha española. Después de más de quince años preso, acababa de salir de la cárcel uno de los autores materiales de la conocida <>.
En 1977, Carlos García Juliá, en compañía de Fernando Lerdo de Tejada y José Fernández Cerrá, constituyeron un comando ultra y perpetraron uno de los atentados más desgarradores de la transición española: el asesinato de cinco abogados laboralistas en su bufete. Esta acción conmovió a la sociedad y, probablemente, aceleró la legalización del PCE. Desde entonces, permanecía en prisión.
Su libertad originó un intenso debate en los medios, que se preguntaban cómo alguien condenado a tropecientos años podía estar en la calle con sólo una parte de su condena cumplida.
En el despacho de la Gran Vía, Roberto estaba al tanto de la noticia y decidió dar un golpe de efecto cara a la galería. Lo invitaría a Valencia y celebraría una cena homenaje como deferencia a su <>.
Los hilos comenzaron a moverse y se dio con la persona que podría contactar con él: el primer encuentro tendría lugar en Madrid el sábado siguiente al mediodía… y hacia allí nos trasladamos los dos.
Quedamos en la conocida cafetería: California 47, de la calle Goya. Al llegar, nos estaba esperando nuestro camarada Fernando y, a su lado, con traje y corbata, García Juliá.
-¡Arriba España, camaradas! Llamadme Carlos -fueron las primeras palabras que escuché de sus labios.
Después de estrecharnos las manos y de las consabidas presentaciones, subimos a la planta superior para comer algo. Resultó fácil entablar una cordial comunicación con él y en seguida nos declaró que no entendía la hostilidad de los medios hacia su recién conseguida libertad.
-Cuando sueltan a esos cerdos etarras, no montan tanta película -opinó.
-¡Así va España! -dijo José Luis.
Durante la comida hablamos de la cárcel, de sus pensamientos políticos intactos a pesar del tiempo, de su futuro laboral dudoso…
-Estos cabrones no tienen intención de dejarme levantar cabeza -señaló.
-Si lo precisas, puedo darte trabajo en Levantina de Seguridad, tienes la planta que se requiere para ser un buen comercial. Además, nosotros jamás dejamos colgado a un camarada.
-Te lo agradezco, José Luis, pero tengo ofertas en Madrid que estoy sopesando. Lo cierto es que me han hecho bastantes ofrecimientos.
-¡Me alegro! ¡Me alegro! La vocación de nuestra empresa es ayudar a los camaradas que lo precisen, ¡es más!, hemos instaurado el <>, para ayudar económicamente a los que permanecen en prisión. En la actualidad estamos asignando una cantidad mensual para los militantes del Frente de la Juventud encarcelados.
-¿Todavía están en la cárcel? -se extrañó Carlos.
-Acaban de ingresar después de estar más de diez años en sus casas… ¡Así va la justicia española! ¡Ahora que han rehecho sus vidas, los enchironan por <> de cuando eran chiquillos! ¡Esta sociedad es una mierda! -soltó José Luis.
-¿Cuantos han ingresado? -se interesó el de Atocha.
-De Valencia… una media docena más o menos… Todos buenos amigos, ¿no, J. M.? -inquirió mirándome.
-Sí -afirmé-. Creo que han sido encarcelados: Varicelo, Churruca, el Gamba y alguno más que ahora no recuerdo; Jesús el Karateka, se fugó a Sudamérica. ¿Conocías a alguno de ellos, Carlos?
-Alguno me suena de oídas, aunque personalmente no caigo. Tened en cuenta que son unos años más jóvenes y a esa edad representa mucha diferencia. ¡Ojalá tengan más suerte que yo!
-¿Y tú qué tal lo llevas? Supongo que tanto tiempo encerrado debe marcar para siempre, ¿no? -me atreví a preguntarle.
-¡Hombre! Se hace pesado, pero por fortuna siempre he contado con el apoyo de muchos camaradas que no me han abandonado. Sólo por ellos vale la pena continuar en la lucha.
-¿Y de Blas Piñar o de la gente de Falange has tenido noticias? ¿Te han ayudado en algo? Porque creo recordar que militabas en Fuerza cuando pasó aquello -se interesó José Luis.
-De ese tema prefiero no hablar. Todos los líderes de entonces nos dejaron abandonados a la buena de Dios, lo único que les preocupaba es que no les salpicara la mierda. Y en relación a lo otro que me has preguntado, es cierto que estuve en Fuerza, pero cuando pasó <> acababa de afiliarme a Falange. Aunque es igual el sitio donde militaras, en el 77 no existían casi diferencias. De hecho, los dos partidos se presentaron juntos en las generales.
Escrutaba a mi interlocutor atendiendo con interés sus explicaciones. Él hablaba serenamente aunque dejaba entrever cierto grado de timidez. Me llamó la atención una insignia que portaba en el ojal de la chaqueta: representaba el mapa de España con los colores de la bandera nacional y, resaltando en negro, la inconfundible silueta de una metralleta.
-Carlos, perdona que te haga una pregunta un tanto indiscreta… ¿Ese distintivo a qué grupo pertenece? Nunca lo había visto antes.
-Es de mis tiempos, lo solían utilizar los del Batallón Vasco Español. Me lo hizo llegar a la cárcel un camarada, desde entonces siempre lo llevo puesto.
-¿Y no temes que te jodan por apología del terrorismo? Ten en cuenta que acabas de salir del talego y que te están buscando las vueltas por todas partes.
-Si me quieren fastidiar ya encontrarán la fórmula. De todos modos, no niego nada de lo que soy ni me arrepiento de lo que en su día hice. Mi condena la tengo cumplida y ya se acabarán cansando de mí. Me han robado media vida y quiero que sepan que no me han cambiado ni un ápice. ¡Si no les gusta, que se fastidien!
-Me sorprende tanta entereza en tus palabras y es admirable tu entrega a la causa. Si yo estuviera encerrado el tiempo que has estado tú, creo que cuando saliera de la cárcel mandaría las ideas y los camaradas a freír espárragos -dijo José Luis.
Finalizamos la comida y, charlando, comenzamos a pasear por las calles de la capital. Llegamos a la Puerta del Sol y seguimos caminando sin ton ni son. El tráfico, aquella tarde, era intenso, y las vías estaban colapsadas de coches tocando desesperadamente los cláxones; Roberto estaba pendiente por si nos seguía algún reportero.
Seguimos deambulando cuando José Luis se detuvo y señaló con el dedo una placa metálica clavada en la fachada del inmueble junto al que nos encontrábamos. Con una pícara sonrisa preguntó a Carlos:
-¡Qué! ¿Te suena de algo?
La chapa indicaba que estábamos en el número 55 de la calle Atocha y que en ese lugar fueron asesinadas cinco personas en enero de 1977 por un comando de la extrema derecha. A continuación, venían los nombres de las víctimas.
-No había estado aquí desde entonces… -dijo Carlos-. Te advierto que si me has traído para tenderme una encerrona, es de un pésimo gusto.
-¡Qué encerrona ni qué leches! -se defendió el aludido-. ¡Hemos llegado por casualidad! ¡Tú y Fernando sois los de Madrid! ¡J. M. y yo somos turistas y no nos conocemos esto!
Por mi parte callé, pero conocía de sobra a José Luis como para saber que la casualidad para él no existía; quiso probar a García Juliá para observar su reacción, pero le salió el tiro por la culata y consiguió cabrearlo.
-¡Joder, esto no se hace! -protestó el pistolero-. Sólo falta que los de Interviú me hagan una foto con el titular: <>.
Nada más pronunciar estas palabras, Fernando y yo nos giramos escrutando los alrededores por si cazábamos a alguien observando. ¿Habría sido José Luis capaz de jugársela y estaríamos siendo vigilados por algún reportero? Nuestros recelos resultaban infundados. ¡Nada! Ni el más mínimo sospechoso.
Viendo a Carlos un poco más sosegado, me aventuré a preguntarle:
-¡Oye! ¿Qué sientes al estar aquí de nuevo? Supongo que debe de ser muy fuerte, ¿no?
-Pues la verdad es que sí. Esto supuso un cambio muy importante en mi vida.
-¿La historia es tal y como nos la han contado o hay mucho de invención? -indagué.
Y Carlos García Juliá me contó su historia:
-Verás, antes que nada, te digo que no me arrepiento de nada y si se volvieran a dar las mismas circunstancias, actuaría exactamente igual.
-¡Más vale que procedas mejor! -interrumpió Roberto-. Lo digo, más que nada, porque te pillaron.
-¡Claro! ¡Claro! ¡Lo haría mejor! ¡De los errores se aprende! -explicó Carlos molesto por la interrupción-. Bueno, Juanma, te decía que vivíamos otros tiempos muy distintos a los actuales. En esos años creíamos en la inminencia de otra guerra civil y que los comunistas nos estaban conduciendo a ella. Yo me sentía un militante patriota de los pies a la cabeza y, como tal, no estaba dispuesto a consentir que todo se fuera al garete por culpa de unos niños de papá convertidos en rojos. Nunca pretendimos matar a nadie, al menos no en ese momento. Sólo buscábamos darles un fuerte escarmiento para que se les fuera las ganas de convocar huelgas y de tocar las pelotas a las gentes de bien. En más de una ocasión realizamos acciones semejantes. Por lo general, nos limitábamos a encañonarles y a coger toda la documentación que pudiera sernos útil… Ya sabes a lo que me refiero: fichas personales, cuentas bancarias… ¡Bueno, lo habitual por entonces!
-Sé de lo que hablas -añadí.
-Pues si sabes como estaba el asunto en los ochenta… ¡Imagínate recién muerto el Caudillo!
-Supongo… supongo… -expresé.
-Prosigo -señaló Carlos-. Esa tarde fuimos a buscar al jefe comunista que estaba organizando la huelga de transportes en Madrid, un tal Navarro… Pero cuando entramos, el muy cabrón no estaba y Fernández Cerrá me indicó que había un cambio de planes.
-¿El jefe del comando era Fernández Cerrá? -consulté.
-Sí, éramos tres, aunque en las oficinas entramos únicamente él y yo. Cerrá dirigía el cotarro, Fernando se quedó vigilando en el rellano.
-¿Fernando es el que se fugó? -se interesó José Luis.
-Sí, Fernando Lerdo de Tejada se marchó durante un permiso carcelario que le concedió el juez, ¡Menudo follón se lió por eso! -recordó Carlos.
-Algo recuerdo… se comentó que ese juez conocía a su familia… de hecho, creo que le costó la carrera -comentó Roberto.
-Efectivamente, efectivamente -corroboró García Juliá-. Fernando tenía buenos padrinos… Bueno, decía que nos tocó modificar el plan y decidimos esperar a Navarro en las oficinas porque uno de ellos nos dijo que tenía que volver. Mientras tanto, los sacamos de sus despachos y mi camarada se dedicó a controlarlos mientras yo buscaba fichas y documentación por las diferentes estancias. Luego, todo fue muy confuso. No sé cómo… tropecé y, al caer, se me disparó la pistola. En la sala contigua, Cerrá escuchó el estampido, pensó que me atacaban e inició una ensalada de tiros para defenderse de la embestida de los rojos. A su vez, yo oí los <> y acudí a socorrerle creyendo que le agredían a él… En fin, el final de la historia ya lo sabes.
-¿Pero cuando entrasteis en las oficinas, fuisteis con idea de matarlos o no? -indagó José Luis.
- No. La prueba es que cuatro quedaron con vida. Si hubiéramos querido <>, habría sido sencillo.
-Pero si llegáis a pillar a Navarro, si que os lo hubierais <>, ¿no? A fin de cuentas fuisteis a por él… -planteé.
-No lo sé y conjeturar sobre esa posibilidad a estas alturas resulta absurdo. Lo que te garantizo es que de una buena mano de hostias no le habría librado ni la Pasionaria. Quizá se hubiera llevado un balazo en la pierna… no sé… Pero lo cierto es que se salvó de una buena, Cerrá lo tenía fichado.
-¿Qué tal tipo era Fernández Cerrá? -se interesó Roberto.
-Un tío bravo, con los cojones bien puestos y mucha escuela -explicó Carlos.
-¿Y cómo os detuvieron? -me interesé-. ¿Se debió a un chivatazo?
-Fue una situación un tanto pintoresca… Verás, nosotros ignorábamos que cerca del despacho se había celebrado un funeral por un camarada de Madrid. Al mismo acudieron muchos militantes y algunos todavía permanecían por la zona. Cuando salimos a toda leche del portal nos dimos de bruces con algunos de ellos que se nos quedaron mirando. No eran tontos y sabían que en esa finca había un piso que empleaban los comunistas para reunirse. Supusieron que les habríamos dado un susto. Cuando al día siguiente saltó la noticia, ataron cabos y por la tarde Radio Macuto se encargó de propagar a los cuatro vientos nuestras identidades. Lo raro es que tardasen tanto en detenernos.
-¿Piensas que valió la pena? -articulé.
-Sin duda alguna, estoy convencido de que con nuestra acción evitamos otra guerra civil -concluyó García Juliá.
Nos quedamos un instante en silencio contemplando el portal de la vieja finca madrileña.
-¡Venga, vámonos! -dijo Fernando-. Estamos tentando demasiado a la suerte.
Emprendimos paso hacia Cibeles bajo una tenue lluvia que empezaba a dejarse notar. Supe que, aunque con inmensos borrones, la historia es de todos y que conocer de primera mano lo que Carlos me narró me ayudará más a entenderla. No justifico su acción, sé que ninguna muerte tiene lógica posible, sólo me limito a transcribir lo que me contó. Que sea o no verdad, es algo que a estas alturas no creo que importe demasiado.
Al día siguiente nos despedimos de los dos y volvimos a Valencia; semanas después se celebró en nuestra ciudad la cena con que Roberto homenajeó a nuestro invitado y que contó con varios cientos de asistentes. Después de aquella segunda vez quedamos en un par de ocasiones, al final le perdimos el rastro. Nos dijeron que lo habían detenido en un país de Sudamérica portando cocaína, aunque nadie del mundillo creyó esta versión y supusimos, que de ser así, se trataría de una encerrona para apartarlo de la circulación. Hay delitos que nunca se perdonan…
En lo que respecta a José Luis Roberto, continuó buscando desesperadamente su espacio en la ultraderecha española. Entonces, solventó el problema dedicándose a subvencionar a los grupos valencianos.
En los primeros años de los noventa, muy pocos grupos poseían cierta infraestructura. De ellos, quizá el más vistoso resultaba la peña valencianista Yomuss, y Roberto inició un acercamiento. Era consciente de que contaba con la desconfianza natural de estas organizaciones y con el rechazo total de los veteranos militantes de Acción Radical, pero intuía que quizá estarían dispuestos a recibir alguna aportación.
Con esta intención, contactó con Luis Miguel Arechavaleta, alias Yogui, presidente de este grupo y antiguo militante falangista. Pero éste no quería mezclar política con deporte y no quiso saber nada de él, obligando al dueño de Levantina de Seguridad a emplear otra táctica.
Roberto pensaba que todo el mundo tiene un precio y, en ocasiones, no muy alto. Estaba informado de que Yogui contaba con fuerte oposición dentro de sus filas y se aprovechó de ello metiendo a trabajar en su empresa a Teodoro Javaloyes Sánchez, principal candidato a sustituir al anterior.
Por una vez, la suerte estuvo de su lado y en las siguientes elecciones éste salió elegido presidente de la peña. Influido por Roberto, Teo tuvo la intención de volver a politizar la agrupación y llenar el Mestalla de skinheads con banderas nazis. Al principio, aceptó la ayuda que Roberto le brindó en forma de esvásticas para decorar el campo, pero este idilio no duró mucho.
A los pocos meses, se percató del error cometido y procedió a subsanarlo. Abandonó Levantina de Seguridad y prescindió del apoyo de Roberto para cualquier cosa relacionada con los Yomuss; a éste no le sentó bien la actitud de Javaloyes, que consideró traidora, y como rabieta, reclamó las enseñas que había donado… se quedó con las ganas.
Visto lo sucedido y percibiendo que perdía el tiempo con la política, sin recibir más que disgustos a cambio, Roberto decidió esperar tiempos mejores y apartarse momentáneamente de ella para dedicarse de pleno a otras ocupaciones.
<>, esta es la máxima que empleaba para excusarse siempre que alguien le acusaba abiertamente de ser un confidente de la policía. Y una vez que comenzó a prosperar su negocio, intentó valerse de la misma para tener bien cogidos a empleados y clientes. Comprendió que, en su acopio, podía radicar su propio poder y decidió potenciar la búsqueda de talones de Aquiles. ¡Compensaría con ascensos e incluso con dinero todos los testimonios de interés que sus vigilantes pudieran recabar sobre los clientes que lo contrataban!
Así, de esta forma tan vil, consiguió crear un símil de agencia de inteligencia de andar por casa, pero que para sus fines cumplía las expectativas.
En un breve lapso, consiguió reunir fotografías, datos y chismes que podrían servirle el día de mañana como medio de chantaje. Estos movimientos no pasaron desapercibidos para determinadas personas y organizaciones que precisaron su ayuda en lo que a espionaje se refiere.
Corrían rumores de que uno de los primeros en contactar con él fue Juan Carlos Jimeno, diputado autonómico del Partido Popular. En una reunión privada, habría propuesto a Roberto que vigilara los pasos de la entonces Presidenta de la Diputación, Clementina Ródenas, y que tratara de averiguar algún tejemaneje oculto de los socialistas. Si los informes sacaban a la luz algún trapo sucio del gobierno valenciano y se propiciaba la caída de éste a favor de los populares, Levantina de Seguridad podría salir beneficiada en la adjudicación de servicios mediante <>.
Jimeno contrató a esta empresa en la lujosa urbanización El Plantío, de la que era presidente.
A José Luis le pareció perfecta la idea de realizar algún trabajo para el entonces partido de la oposición. Contaba con la persona idónea para el encargo.
Ángel Mayor Muñoz trabajaba como vigilante jurado en la Diputación de Valencia, concretamente, ejercía como responsable de seguridad para el resto de compañeros que compartían servicio. A Roberto lo conocía muy bien, ya que ambos formaban parte de la hermandad secreta Escorpión, en la cual también se incluía a militares y policías. De esta fraternidad sólo sé que sus miembros permanecían unidos por unos lazos de camaradería y que su principal misión consistía en compartir información al margen de cualquier clase de ideas políticas.
Mayor tenía muchas ambiciones y no soñaba con acabar sus días vigilando fábricas o polígonos. Esperaba que pronto le llegara algún trabajillo acorde con sus aptitudes porque su verdadera vocación, de la cual era un verdadero profesional, radicaba en sus enormes conocimientos de electrónica y en el arte natural que desarrollaba fabricando artilugios válidos para el espionaje. Como si de un <> hispano se tratara, se mostraba capaz de elaborar cualquier mecanismo sofisticado con los mas básicos componentes… y Roberto se aprovechó de esto.
El rumor de que podían estar siendo espiados corrió como la pólvora entre algunos altos cargos. Las sospechas radicaban en algunas filtraciones que acusaban al gobierno autonómico, con datos concretos, de cobrar comisiones irregulares. La gota acabó por desbordar el vaso cuando unos misteriosos hilos aparecieron en la alfombra del despacho de Eugenio Burriel, marido de la presidenta y alto cargo socialista. En seguida se acusó formalmente al Partido Popular de ordenar colocar micrófonos y a Ángel Mayor, de ser el autor material de la instalación de los mismos.
La noticia llegó a los medios y fiscalía encontró indicios de delito. Cuando tiempo después se realizó el juicio, en el banquillo de los acusados sólo se sentó Mayor, quien salió absuelto, y las supuestas escuchas quedaron arrinconadas. El famoso hilo de la alfombra resultó tratarse de un vulgar resto que la lavandería había olvidado retirar.
Clementina Ródenas presentó la dimisión al poco de hacerse público este escándalo y, en las siguientes elecciones autonómicas, triunfó el PP.
Viendo que su traición hacia la Diputación se veía recompensada generosamente por Roberto, siguió durante años realizando trabajos sucios para éste y viviendo a todo lujo... hasta que el sueño acabó. En el 2003, la justicia lo encarceló acusado de disparar contra un vigilante de seguridad mientras prestaba servicio en una comunidad de vecinos. La <> consideró al guarda culpable de provocar que dicho cliente rescindiera su contrato con <>. El de seguridad resultó ileso, pero eso no evitó que a Mayor Muñoz lo condenaran a seis años de prisión; una vez en la cárcel, el departamento de balística confirmó que la pistola utilizada en esa acción era la misma que tiempo atrás había asesinado a una persona. Ahora un nuevo juicio, esta vez por asesinato, se cierne sobre quien fue la <> de Roberto.
A través de ANELA, la Asociación Nacional de Empresarios de Locales de Alterne, fue abriéndose al mundo de la prostitución. Cuando leía el libro de Antonio Salas, El año que trafiqué con mujeres, y me imaginaba al autor de Diario de un skin, a quien casi todos mis ex camaradas querrían ver muerto, metiéndose solo y con una cámara oculta en Levantina de Seguridad, no pude menos que admirar su valor. Hay que tenerlos muy bien puestos para atreverse a entrar en el sanctasanctórum de la <>, y encima llevando una cámara oculta.
Roberto participa de un imperio que abarca muchos sectores, ha sabido diversificar sus inversiones y raro es el campo en el que no participa. Su conocida empresa de seguridad es tan sólo la punta del iceberg de los negocios que ha montado con el dinero proveniente del fondo social, en teoría, de sus empleados y donde no estaría de más que la justicia hurgase. Pero está claro que no todos somos iguales ante la ley, por mucho que algunos insistan en ello.
En los noventa, Roberto tuvo otra de sus maquiavélicas ideas: instituir una sociedad gastronómica. La finalidad de la misma era simple: se invitaría a degustar un espléndido banquete a aquellas personalidades que le supusieran un interés personal. El elegido para conducir la misma debía ser alguien de absoluta confianza. Después de mucho cavilar, topó con el hombre clave: Antonio Ordovás Arce, conocido popularmente como el Coronel.
Su currículum era de sobra conocido por quienes lo tratábamos: antiguo militante de Fuerza Nueva, ex mercenario en El Congo, ex empresario de seguridad y, desde hacía tiempo, vigilante de Levantina de Seguridad. Sabíamos que bajo su aspecto bonachón ocultaba un pasado oscuro que tuvo su punto álgido durante la transición. Ahora, más sosegado, vivía de su empleo y siempre fiel a los mandatos de su jefe.
Una vez al mes, solían reunirse en algún prestigioso restaurante valenciano. Los platos eran previamente seleccionados por el Coronel en su papel de maestro de ceremonias, y los invitados rigurosamente elegidos. A cada uno de ellos se le obsequiaba, a los postres, con un pergamino, donde se indicaba que formaban parte del selecto club. Por las mesas de la sociedad gastronómica pasaron jefes superiores de policía, altos mandos militares, prestigiosos empresarios valencianos, políticos <> y personas de nuestro mundillo, como Ricardo Sáez de Ynestrillas y Carlos García Juliá.
La finalidad no residía únicamente en un deseo de cordialidad, sino, sobre todo, en la búsqueda de información beneficiosa para los intereses de la <>. Nada se hacía altruistamente, cualquier detalle buscaba compensación. Roberto jamás dejaba ningún pequeño pormenor al azar.
En diciembre de 1992, después de casi cuatro años en Levantina de Seguridad, comencé a cotizar en la seguridad social. Por mi parte, seguí compaginando política con trabajo, aunque este último no me dejaba demasiado tiempo libre para el resto de mis actividades. Continué fiel a la promesa que hice durante los disturbios de la catedral y evité siempre utilizar la fuerza, salvo para defender lo que consideraba injusticias.
Vida privada casi no tenía, ningún mes dejé de realizar un mínimo de trescientas horas de servicio; toda esa fase de mi juventud, que comprendió más de diez años, la pasé trabajando.
En época estival nos encargábamos de realizar la seguridad en muchos de los conciertos que los artistas del momento realizaban por España y eso me permitió tratar de cerca con alguno de éstos.
Con Joaquín Sabina coincidí en varias actuaciones en la plaza de toros. En uno de ellos, su mánager se fijó en mi manera de trabajar y telefoneó a la empresa para reclamar que me encargara personalmente de la seguridad en las actuaciones que tenían concertadas en la Comunidad Valenciana. A Sabina llegué a tratarlo poco, se le veía un tanto distante con los que no formábamos parte de su equipo habitual, pero la oportunidad de poder escucharlo cantar en tan diversas ocasiones fue algo que me apasionó.
Con los Dire Straits estuve en el campo del Levante. El espectáculo de luces y sonido que creaban en sus actuaciones era algo único e impresionante, sólo superable por el inigualable Marc Knofler cuando hacía brotar de su guitarra eléctrica, unos acordes que llegaban a lo más profundo. Lo recuerdo en los ensayos, con su gorra de béisbol sobre la cabeza y siempre deseándonos los <> en su inconfundible castellano.
Con Jerry Lee Lewis, en un concierto que celebró en el auditórium Arena. Aquella noche, todo el equipo de seguridad nos volvimos locos intentando evitar que el viejo rockero se fuese al hotel con unas quinceañeras que acudieron a los camerinos para pedirle unos autógrafos. Las pobrecillas no sabían cómo negarse ante las pretensiones del veterano ídolo de los sesenta.
Mecano, Francisco, Ketama, El Último de la Fila, Prince, Status Quo, Laura Paussini, Gabinete Caligary, Dun Can Dhu, Loquillo, Alaska, Ella Baila Sola, Héroes del Silencio, Chuck Berry… fueron algunos de los cientos de artistas que conocí en mi etapa de Levantina de Seguridad; probablemente, como apasionado de la buena música, esos conciertos y toda la parafernalia que conllevan hayan representado uno de los mejores momentos de mi profesión. Observarlos detrás de los escenarios, cuando ensayaban o controlaban que todo fuera OK, suponía una gran experiencia.
Todos mostraban una genialidad que los hacía únicos, aunque en bastantes ocasiones resultaban inaccesibles. A algunos, sin embargo, los recuerdo cuando mostraban la faceta humana que el público no veía porque tenía lugar tras los tablados.
Me viene a la memoria un concierto de Alejandro Sanz en el campo de fútbol del Levante, en el verano del 92, cuando comenzaba su carrera y muchos vaticinaban que sería flor de un día. A diferencia de otros, se trataba de un chaval sumamente educado y aparentemente sensible. Una anécdota desconocida por los espectadores ocurrió después de los vises que daban fin a su actuación...
La gran marea humana que acudió a escucharle seguía ovacionándolo, rogando para que cantara una canción más, tan sólo una… Alejandro marchaba a los camerinos reventado y satisfecho por el éxito alcanzado, pero al sentir el griterío se detuvo y le dijo a su mánager que quería a volver a cantar otro tema:
-Ya has salido a hacer los vises… Por hoy ya está bien -dijo su representante.
-Sí, pero la gente me llama… ¡No puedo irme así! -dijo el gran cantante.
-Tienes que acostumbrarte a esto, lo que no puedes es salir una y otra vez. Cuando un concierto se acaba, acabado está. El público tiene que quedarse con ganas de escucharte.
-Quizá tengas razón… ¡Pero mi público no piensa igual y yo me debo a él! ¡Voy a cantar otro tema!
Y dicho y hecho, Alejandro Sanz volvió al escenario y entonó más canciones dedicadas a los miles de fans que lo aclamaban y a los que no quiso dejar así. Detalles como éste son los que crean mitos.
Pero no todos los vigilantes nos sentíamos a gusto en la empresa; algunos de los que llevaban más tiempo, comenzaron a sentirse hartos de tanta explotación y cansados de mentiras.
A A. M. me referí anteriormente. Fue uno de los primeros en vestir el uniforme de Levantina de Seguridad y un referente para todos los que en dicha empresa trabajamos. Roberto supo explotar bien su robusta complexión física y, desde sus inicios, le tocó trabajar en los servicios más conflictivos. En cientos de ocasiones tuvo serios problemas, incluso en algún momento le tocó tirar mano de <>. Una de estas veces aconteció en la antigua discoteca Flash, situada en la Gran Vía de Germanías, en Valencia.
Sucedió una noche de verano, aquella sesión la sala estaba abarrotada de personas de etnia gitana que acudían a escuchar cantar a Currichi, uno de sus ídolos musicales del momento. Casi todos los asistentes eran buena gente, pero aun así nadie pudo evitar que varios de ellos iniciaran una reyerta en la calle con un chico que pasaba tranquilamente por allí. El único que se percató de la delicada situación fue A. M., quien no dudó en interponerse entre el chaval y los más de veinte calés. Al ver al vigilante, uno de los atacantes sacó una enorme navaja de la cintura y saltó contra éste. Su actitud fue secundada por el resto de sus compañeros; en cuestión de segundos, decenas de personas armadas con <> persiguieron al de seguridad con la intención de darle caza. Él se parapetó tras un coche y, sacando su revólver reglamentario, repelió la agresión. Resultado: dos gitanos acabaron heridos de bala. La noticia corrió como la pólvora entre nosotros y salió publicada en los medios de comunicación; en el juicio se apreció la legítima defensa y A. M. salió absuelto, aunque eso no evitó que fuera amenazado de muerte y autorizado por la policía a portar su revólver incluso estando libre de servicio.
Esto supuso una anécdota más entre todas las que A. M. protagonizó trabajando para Roberto. Durante años, lo acompañó en sus viajes y le sirvió fielmente como persona de absoluta confianza... hasta que pidió lo imposible y todo se volvió contra él.
Un buen día, se enteró de que a los vigilantes que desarrollaban su responsabilidad en el resto de las empresas del sector les abonaban horas extras, tres pagas extraordinarias y... ¡estaban asegurados! Y tuvo la <> de reclamarle a Roberto que igualara sus condiciones laborales con las de éstos. Aquello fue poco más que un intento de motín para el jefe de Levantina de Seguridad, quien comenzó a mandar circulares internas a todos los empleados explicando que él pagaba más que nadie y que aquellos que no lo veían así eran traidores al espíritu de la <>. A A. M. no le quedó más solución que afiliarse a Comisiones Obreras y reclamar por vía judicial aquello que le pertenecía y le negaban; varios vigilantes más, entre ellos José Rodríguez Martínez, alías el Sevillano, siguieron sus pasos y exigieron, vía CC.OO., sus derechos legales. Roberto no podía consentir esa desfachatez y optó por quitarlos del mapa.
P. B., Batman para la <>, estaba como vigilante de Levantina de Seguridad desde hacía unos años. Se jactaba de haber luchado como mercenario en el Congo belga y en pocos meses se ganó el dudoso honor de ser el miembro de Levantina de Seguridad contra el que se habían presentado mayor número de denuncias. A su jefe todo esto le gustaba. Él quería tener a la gente enganchada y sabía que cuantos más juicios tuvieran pendientes, más fácil sería dominarlos. En muchas ocasiones, el jefe había solicitado favores especiales a Batman.
P. B. tenía un salón de máquinas recreativas en Alcira y, un buen día, denunció que estos dos compañeros habían acudido a su negocio armados con recortadas y le habían robado seis millones de pesetas. No tenía la mínima duda, habían sido ellos. Roberto dio aviso a la policía y, días después, un grupo de geos los detenían cuando entraban en un hospital. Su antiguo jefe comunicó a los mandos policiales que se trataba de dos individuos muy peligrosos y que seguramente irían armados.
En lo que no habían caído los denunciantes es que el día en que Batman juraba y perjuraba haber contemplado como sus dos ex colegas lo atracaban, A. M. se encontraba muy lejos del lugar de los hechos y con multitud de testigos dignos de toda fiabilidad. El asunto fue archivado y se inició una investigación judicial para resolver si podía haberse tratado de una falsa denuncia. Batman, asustado, intentó suicidarse.